Me encanta esa crónica que Dino Buzzati escribió la víspera de que el Giro de Italia volviese a las carreteras de un país deshecho por la guerra y el fascismo. Era 1949. El Corriere della Sera le había encargado al novelista la crónica literaria de cada etapa. Él no tenía ni idea de ciclismo y por eso son tan brillantes esos artículos. En el primero, publicado antes de empezar el sudor, los calambres y las pájaras, Buzzati imagina a ese gregario que la noche anterior a la salida sueña con el imposible.Ese esclavo de la bicicleta, que nunca ha oído a la multitud gritar su nombre ni jamás ha visto sus letras pintadas en el suelo, fantasea con protagonizar una escapada absurda en la primera etapa. El pelotón deja marchar al desgraciado a cien kilómetros de meta. Se desentiende de él. Pobre idiota, qué puede hacer. Y así, pedaleando puerto arriba como un loco, llega a meta con una hora y cinco minutos de ventaja, un margen que sabrá administrar hasta la victoria final para desesperación de Coppi, Bartali y los demás. Y eso sueña el proletario de la carretera en la litera de su estrecho camarote antes de que el Giro arranque en Sicilia y la realidad brumosa de la mañana deshaga todas sus fantasías.Cómo no soñar este Mundial con Uzbekistán, Cabo Verde o el Congo. Cómo no ilusionarse con Bosnia y Herzegovina, Curazao o Haití. Solo tienen que pasar la fase de grupos como sea y luego, con cuatro victorias de penalti o carambola, plantarse en la final de la Copa del Mundo y ver ahí, sobre el césped de Nueva York, a Haití y toda su pobreza. A Curazao y sus ciento cincuenta mil isleños. A Bosnia y Herzegovina con su cruda historia a cuestas. Al Uzbekistán de los Lobos Blancos. A los congoleños perseguidos por sus guerras. A Cabo Verde y su archipiélago despoblado.Soñemos. Y mientras, miremos esa clasificación sin pompa que ni siquiera existe y que debe sacarse a mano. Los últimos de cada Mundial. México en 1930, Estados Unidos en el 34, y en el 38 las Indias Orientales Neerlandesas, cuyos jugadores tuvieron que hacer una penosa travesía en barco durante varias semanas para perder 6-0 ante Hungría y marcharse a casa noventa minutos después. Bolivia acabó la última en el 50 y Corea del Sur, en el 54, encajó 17 goles en dos partidos y terminó el Mundial sin marcar. Vinieron más colistas: México (58), Suiza (62 y 66) y El Salvador (70), que salía de esa cruel Guerra del Fútbol contra Honduras que Kapuscinski tan bien relató.A partir de ahí, las historias se enriquecen. La de Zaire en el 74: después de verse burlados en el campo por el Brasil de Jairzinho y Rivelino, al volver a casa son repudiados por la dictadura de Mobutu, que prohibió que nadie fuese a recibir al aeropuerto a los perdedores del Mundial. México volvió a ser la maglia nera en el 78. Y en el 82, en Elche, El Salvador protagonizó un momento hiperliterario: su país estaba partido por la guerra civil, los salvadoreños se ilusionaron con el Mundial y el debú acabó con un 10-1 a favor de Hungría. Era la mayor goleada de un Mundial, pero ese solitario gol de Luis Ramírez Pelé Zapata –el primer gol salvadoreño en una Copa del Mundo— ha servido para el documental Uno, la historia de un gol.La lista sigue con Canadá (1986), Emiratos Árabes Unidos (1990), Grecia (1994), Estados Unidos (1998), Arabia Saudita (2002), y retoma el sendero poético en 2006 con Serbia y Montenegro: el país, nacido en 2003, había sido disuelto cuatro días antes de que empezase el Mundial. Como el Estado ya no existía, sus jugadores defendieron un recuerdo de himno y bandera extintas. Jugaron por un país fantasma.En el siguiente Mundial la historia fue aún más kafkiana. Corea del Norte se había clasificado para Sudáfrica 2010. En la memoria norcoreana seguía viva aquella hazaña del año 66, cuando derrotaron a Italia y empataron con Chile antes de caer por poco en cuartos de final. En 2010, su clasificación alimentó la ilusión de Kim Jong-il. La dictadura iba a emitir el primer partido de una Copa del Mundo en directo: Corea del Norte-Portugal. Sin embargo, cuando llevaban quince minutos del segundo tiempo y los coreanos perdían 4-0, el régimen tuvo bastante y cortó la retransmisión. Nadie en Corea del Norte vio perder 7-0 a su selección. Nadie se enteró de ello después. Los últimos últimos fueron Camerún (2014), Panamá (2018) y Qatar (2022).Escribe Buzzati, al final de su crónica magistral, que ese gregario que él imagina que sueña con escapadas victoriosas tal vez ni siquiera pueda permitirse soñar. Sabe bien que no tiene ni derecho a la esperanza. Y que por ello es mejor que se limite a dormir, a dormir nada más; y que no sueñe nada. Un poco así es el Mundial con más selecciones de la Historia: más gregarios correteando para engordar el dinero del capital. Qué mal, no poder ni soñar.
Los últimos del Mundial
Cómo no soñar este Mundial con Uzbekistán, Cabo Verde o el Congo. Cómo no ilusionarse con Bosnia y Herzegovina, Curazao o Haití
Revisión de selecciones últimas en Mundiales desde 1930: México, Indias Neerlandesas, Zaire, Corea del Norte, historias de pobreza, guerra y represión. Reflexión literaria sobre cómo el deporte global niega incluso el derecho a soñar a naciones pobres y guerreadas, reduciéndolas a engranajes del capital.














