Un día me contó Valdano que a Londres llegan todos los fines de semana turistas que junto al British Museum, Picadilly y el Soho tienen como visita obligada Highbury, el campo del Arsenal, ahora rebautizado con un nombre comercial del que renuncio a hacer publicidad. Podrían escoger otro estadio londinense para sentir la emoción de la Premier: el del Chelsea, Tottenham, Westham, Crystal Palace, Fulham... Pero en ninguno de ellos tendrían la posibilidad de encontrarse a Nick Hornby, autor del mejor libro que se haya escrito nunca sobre el fútbol, Fiebre en las gradas. Por resumir, el pequeño Nick era un niño colchón, hijo de padres separados. Cada fin de semana alterno su progenitor trataba de distraerlo llevándolo al cine, al circo o al zoo. No tuvo mucho efecto, y el crío, de apenas 6 años, seguía igual de melancólico, incapaz de superar el divorcio de sus padres... hasta que una tarde lo llevó a ver un partido del Arsenal. A casa llegó esa noche con el olor de la grada impregnando sus ropas, con la retina aún impactada por los colores de aquel maravilloso espectáculo, el rojo intenso de las camisetas del Arsenal sobre el verde del césped, con los sonidos del estadio zumbando en sus oídos. Su padre le pidió entonces a su exmujer que la custodia compartida se ajustase a los días que el Arsenal jugase en casa. Gracias a eso hoy tenemos ese maravilloso y delirante relato de amor por el fútbol, una pasión desatada y borrascosa que bien pudiera haber firmado Emily Brontë. El joven Nick nos cuenta su vida profesional, familiar y afectiva, que orbita en torno a los partidos del equipo londinense. Nada define mejor la ácida ironía del personaje que su decisión de romper con su novia al descubrir que se ha hecho más hincha del Arsenal que él, y hasta ahí podíamos llegar.El fútbol fue el deporte de los barrios, de las fábricas, de los obreros con visera, de los colegios y por supuesto de las tabernas. En una de ellas, la legendaria Freemason’s Tavern, se establecieron sus reglas básicas en 1863, con las que se colonizaron primero los descampados ingleses y luego todo el mundo, excepto precisamente las antiguas trece colonias británicas. Allí llamaron football a algo que se jugaba con las manos. Algún día alguien tendrá que explicar semejante dislate lingüistico. La élite británica disfrutaba más del polo o del cricket, pero en las tabernas se hablaba de fútbol. El resultado está a la vista. No es una exageración decir que entre la rueda, la imprenta y la penicilina, el fútbol debería figurar como uno de los grandes inventos de la humanidad. Es muy posible que si Gianni Infantino hubiese estado rigiendo los destinos del fútbol británico cuando los Hornby se divorciaron, el padre de Nick no hubiera podido llevarlo al Highbury Stadium, el niño no se habría hecho hincha del Arsenal, y como consecuencia no se habría escrito Fiebre en las gradas. Nada, ni siquiera ese engendro tumoral llamado VAR, ha hecho tanto daño al fútbol como los modos de chamarilero del actual presidente de la FIFA. No ya por haber otorgado el premio FIFA de la paz a Donald Trump (que hay que tenerlos cuadrados) o por permitir con un servilismo propio de Mark Rutte que se vete o humille a árbitros, a equipos o aficionados en el mundial más inclusivo de la historia, como él mismo pregona. Ha sido su política de actualización en escalada del precio de las localidades lo que ha provocado que la media de las entradas más baratas ronden ya los 1500 euros. Es como si hubiese expropiado el negocio de los reventas para seguir haciendo caja. De seguir así, los estadios pronto acabarán siendo un coto privado de millonarios más atentos a salir en un contraplano con sus mejores galas que a sentir la fiebre en las gradas.