Una sana práctica para ordenar el manejo de las finanzas personales consiste en no gastar más allá de lo que los ingresos permanentes que recibimos. Ello no obsta a que eventualmente podamos recurrir a endeudamiento para, por ejemplo, comprarnos una vivienda, pero ello implica tomar en consideración que los intereses y dividendos a que ello dará origen deberán ser posteriormente financiados con cargo a nuestros ingresos permanentes, y así ajustamos el gasto total. Este principio básico al que nos vemos afectados en forma cotidiana aplica también para los países. La única diferencia es que en caso de producirse un desequilibrio, los gobiernos -en general- tienen mayor capacidad para endeudarse y cubrir la diferencia, pero la mayoría de las veces ello da origen a una bola de nieve que con el transcurso de los años se torna insostenible. Esto es lo que está pasando en Chile.

A pesar de que la regla fiscal que se institucionalizó en Chile hace ya muchos años, basada en el principio básico ya mencionado, ha otorgado grandes frutos al país en términos de estabilidad macroeconómica, por una u otra razón durante 16 de los últimos 18 ejercicios presupuestarios anuales ese sano equilibrio no se ha cumplido. ¿Y cuál es la raya para la suma? A partir de un punto en que prácticamente no teníamos deuda pública, ahora estamos bordeando el 45 por ciento del PIB -considerado un límite prudencial-, con una tendencia que no ha dejado de subir.