14 de junio, 2026 - 07h00En ese mundo de fantasía las palabras son solo de quien puede comprarlas. El resto se mira en silencio. De vez en cuando, los pobres encontramos alguna palabra en la basura o compramos en los saldos palabras desabridas o descartadas. La fábrica de las palabras las produce de todos los colores y sabores, y quien tiene dinero puede tragárselas y decírselas a los otros, penetrar en su mente, conquistar y construir sus sueños: sugerir, convencer, insistir, narrar la realidad a su manera. En este mundo vive el niño Bruno, que, pobre como es, no tiene palabras para decírselas a Andrea, de quien está enamorado. A esa chica a quien Óscar, un niño rico, le habla sin parar de amor, futuro y matrimonio, con parrafadas que un humano común no podría jamás adquirir. Bruno se entristece al pensar que las tres palabras que ha encontrado flotando en el aire, y que ha logrado cazar como se atrapa una mariposa, no significarán nada para esa niña acostumbrada a los halagos de su admirador de bolsillos y boca llena. Y sin embargo un día visita a Andrea y le regala sus palabras, una por una, dejándolas deslizarse entre sus labios como quien acaricia un tesoro, y así le dice “cereza, polvo, silla”. Hechizada al escuchar estas palabras, la niña le dio un beso, un beso que todos los discursos del niño rico no habían logrado concebir.La gran fábrica de las palabras, de la francesa Agnès de Lestrade, es una historia así de sencilla y grandiosa, escrita para niños con esa sabiduría que brota del reflejo de sus almas devolviéndonos a lo esencial. Mis lectores lo saben: la fantasía es una forma de observar más afinadamente la realidad, desde el mirador de la imaginación y la intuición, que todo lo comprenden y lo presagian. Porque políticamente siempre fueron y serán las palabras de quien puede comprarlas: los medios de los intereses de sus dueños e inversores, los libros de las editoriales que más los publicitan, los videos viralizados para servir a ciertos Gobiernos y grupos económicos. Pero de repente algún pobre logra cazar palabras que volaban en el aire como mariposas, huellas de una realidad que se revela, y entonces la denuncia, abre la boca y dice cosas que no debería decir porque las palabras no le pertenecen. Aparece un buen día muerta esta gente, o encarcelada, o se vuelve blanco de los feroces insultos de políticos endiablados que tragan y escupen palabras a ritmo de metralla. Pero en la intimidad del amor y la conexión de la comunidad las palabras son de todos, como el polvo desperdigadas, vuelan si las soplamos, las ignoramos y se acumulan, parecen tan ligeras, invisibles como si no existieran, pero sentados sobre ellas como en una silla convertida en trono se vuelven cárcel aquellas historias que cómodamente nos repetimos sobre nosotros y el mundo. Compartimos palabras dulces como cerezas y entre tanta dulzura se oculta el gusanillo. Hay palabras que te rompen los dientes, duras como pepas de cereza, atoradas en la garganta nos asfixian. Son gratuitas y livianas las palabras, van y vienen, se olvidan, son afiladas y definitivas, una vez tragadas y escupidas dejan huellas imborrables. Invisibles, lo ocupan todo. (O)