Vincent Pons (Francia, 1983) es especialista en comportamiento político, docente en Harvard y fue galardonado como "mejor economista joven francés" en 2023. Conoce las tripas de la estrategia electoral, sobre todo en su país natal, ya que coordinó la famosa campaña de movilización puerta a puerta de François Hollande en 2012 y se implicó a fondo en la creación del macronismo. Está de visita en Madrid para dar una conferencia en la Fundación Ramón Areces sobre "El futuro incierto de la democracia". Con la capital colapsada por la visita del Papa, hablamos durante una hora por videoconferencia. P. Has venido a hablar del futuro de la democracia. Hay muchos estudios que apuntan que vivimos una ola de autocratización. Sin embargo, expertos como Adam Przeworski sostienen que el conflicto y la insatisfacción son componentes habituales del sistema, que no deberíamos dramatizar tanto. ¿Quién se acerca más a la verdad? ¿Estamos ante una crisis terminal o ante un periodo de ajuste? R. Siento una gran admiración por Adam Przeworski y, en particular, por sus teorías sobre la alternancia electoral. He utilizado sus trabajos para demostrar que el relevo en el poder mejora el rendimiento económico de un país y fortalece sus instituciones. Pero si observamos los indicadores actuales, el retroceso democrático es innegable. Instituciones como V-Dem o Freedom House aciertan en su diagnóstico. Más allá de los datos, los síntomas están ahí. La participación electoral ha ido disminuyendo de forma constante desde finales de los años setenta. La única excepción es Estados Unidos, donde la participación era históricamente mucho más baja y ha repuntado un poco desde el año 2000 debido a la propia polarización. Pero no olvidemos que en toda Europa Occidental hubo elecciones en los años ochenta en las que había un 80% de participación. Que hayamos perdido ese suelo es una señal de alarma. Opinión P. ¿Qué otros síntomas le preocupan? R. El aumento sostenido de la insatisfacción ciudadana. Coincido con Przeworski en que es normal que en una democracia existan voces críticas, pero lo preocupante es cuando ese desencanto se vuelve estructural. Hay una desconfianza creciente hacia las élites, particularmente la política. En los años sesenta, cuando las encuestas preguntaban en Europa si a los políticos les importaba lo que pensaba la gente común, la gran mayoría respondía que sí. Hoy en día, la respuesta mayoritaria es un "no" rotundo. P. ¿Se traduce ese clima de opinión en desafíos concretos? R. Sí, en el auge de los movimientos de protesta. Manifestarse es una parte saludable de la democracia; es sano que los ciudadanos se expresen fuera de las urnas. El problema surge cuando las protestas se multiplican de forma disruptiva, porque indica que los ciudadanos sienten que las elecciones ya no bastan para canalizar y resolver los debates políticos. A esto se suma el avance del voto a partidos populistas, ya sean de izquierda o de derecha. Todos comparten el mismo marco discursivo: una élite corrupta frente a un pueblo virtuoso y homogéneo. Y la evidencia nos dice que cuando estos partidos llegan al poder, el impacto sobre las instituciones y el rendimiento económico suele ser negativo. Finalmente, está la polarización. Si miras a Estados Unidos, a Francia o a España, los ciudadanos que se autoidentifican como de izquierdas o de derechas discrepan cada vez más en absolutamente todo: ecología, fiscalidad, exteriores, educación o sanidad. Pero más allá del desacuerdo ideológico, lo destructivo es la polarización afectiva: una animosidad creciente hacia el que piensa diferente, al que ya no se ve como un adversario, sino como un enemigo. "Si odias al otro bando, estás dispuesto a votar por un candidato corrupto o incompetente con tal de no permitir que llegue al poder el enemigo". P. Se están consolidando dos escuelas para explicar esta desafección. Una culpa a los partidos populistas y a sus nuevas herramientas comunicativas, como las redes sociales; la otra sostiene que la democracia liberal simplemente ha dejado de dar resultados, o al menos no cumple expectativas, y los ciudadanos perciben que no es eficaz. ¿Dónde se posiciona usted? R. Es una combinación de ambas, pero me inclino más por el lado de la demanda. Este retroceso democrático comenzó hace tiempo y en países muy diversos, lo que sugiere la existencia de causas estructurales comunes. Entre ellas destacan los factores económicos: el aumento de la desigualdad y una globalización que ha creado ganadores y perdedores, sin que estos últimos hayan sido compensados. Sabemos que los episodios populistas son mucho más probables tras una crisis económica. Cuando las cosas van mal, la gente se desentiende del gobierno de turno y, eventualmente, del propio régimen democrático. En el lado de la oferta, no apuntaría solo a las redes sociales, sino a los medios de comunicación tradicionales. En Estados Unidos, la polarización comenzó a dispararse a principios de los noventa, mucho antes de la eclosión de internet. Entre los culpables iniciales la televisión por cable tuvo un papel relevante. Fragmentaron la realidad en burbujas informativas a la carta para la izquierda y la derecha. P. Hablemos de cómo esa polarización altera el comportamiento del electorado. Por ejemplo, existe la sensación de que la corrupción política ya no penaliza en las urnas. ¿Prefieren los votantes a un corrupto de su partido antes de permitir que gobiernen otros? R. Totalmente. Se ha analizado el lenguaje en el Congreso de los Estados Unidos y la brecha entre bandos no ha dejado de ensancharse en las últimas tres décadas. Es una espiral: cuando las élites se polarizan, el electorado las imita; y cuando el electorado se radicaliza, los líderes tienen incentivos para proponer políticas aún más extremas. Vincent Pons durante la conferencia 'El incierto futuro de la democracia'. (Fundación Ramón Areces) Esto erosiona la deliberación. Cada vez es más común que los candidatos presidenciales se nieguen a debatir con el contrario o que celebren mítines blindados donde se excluye cualquier disidencia. Si odias al otro bando, estás dispuesto a aceptar que tu líder haga lo que sea necesario para evitar que el rival gobierne, incluyendo la manipulación de circunscripciones electorales, la colonización de la justicia o el sabotaje de la limpieza del sistema electoral. La polarización afectiva aborta el debate y engendra sentimientos profundamente antidemocráticos. Los escándalos de corrupción dejan de ser un factor tan importante. P. El tablero europeo mira con atención a Francia, donde el cordón sanitario frente a la Agrupación Nacional (RN) muestra síntomas de agotamiento. Usted ha participado en esa estrategia ¿Fue un error? ¿No ha terminado embalsando un malestar que ahora amenaza con desbordarse? R. Siempre he apoyado el Front Républicain (cordón sanitario) y espero que los votantes lo sigan respaldando, pero es evidente que no puede ser la única respuesta. Hay que entender por qué progresa la extrema derecha y frenar su avance con políticas que respondan a las expectativas reales de la gente. Necesitamos ambas cosas: la estrategia electoral de contención, porque el riesgo de una victoria de la extrema derecha es sustancial para Europa, y una nueva agenda económica y social por parte de los partidos tradicionales de centro-derecha y centro-izquierda que vuelva a unir al país. El espejo de Estados Unidos me preocupa enormemente, porque ilustra lo que sucede cuando llega al poder alguien con tendencias autoritarias como Donald Trump. Las mismas causas que lo impulsaron existen en Francia, pero es que, además, Francia comparte las mismas debilidades institucionales que permiten la invasión de otros poderes. P. ¿En qué sentido? ¿Por la naturaleza de su sistema presidencialista y su centralismo? R. El presidente francés acumula muchísimo poder en comparación con los contrapesos del sistema. Puede, por ejemplo, declarar el estado de emergencia sin apenas control parlamentario. Si un mandatario decidiera abusar de sus prerrogativas, los frenos institucionales sufrirían más que en Estados Unidos. No olvidemos que Francia es un Estado unitario; carece del contrapeso del federalismo norteamericano, donde los estados federados han llegado a demandar al gobierno federal por el uso inconstitucional de las agencias de inmigración. Las regiones francesas no tienen, ni de lejos, esa capacidad de resistencia. La amenaza es muy real. P. ¿Y no cree que la extrema izquierda de Jean-Luc Mélenchon representa un peligro equivalente para el sistema? R. Mélenchon ha mantenido discursos muy problemáticos, con alusiones antisemitas o su resistencia a admitir la derrota en las presidenciales de 2017. En aquel momento me preocupó cómo gobernaría alguien que cuestiona las reglas del juego. Dicho esto, no veo una equivalencia en el nivel de amenaza. No existe ningún escenario real en el que La Francia Insumisa consiga el control absoluto de los poderes del Estado. En cambio, sí es perfectamente plausible un escenario donde la extrema derecha conquiste tanto la presidencia de la República como una mayoría legislativa sólida en la Asamblea Nacional. Foto: Fundación Ramón Areces P. Trump ha exportado su manual de estrategia globalmente, pero su imprevisibilidad exterior también genera recelos entre sus potenciales aliados europeos. ¿Funciona el trumpismo como un acelerador o como un freno para las extremas derechas del continente? R. Su figura radical e impredecible se ha convertido en un lastre demoscópico en Europa; son muy pocos los ciudadanos europeos que lo ven con simpatía. Sin embargo, mi preocupación es metodológica. Los líderes de la derecha radical europea están estudiando el manual de estrategia de Washington. Saben qué recetas aplicar para erosionar el poder judicial y legislativo desde dentro una vez que tomen el control. Ya hemos visto una asimilación similar en Europa del Este con los métodos de Vladímir Putin, especialmente en Hungría. El peligro no es Trump como aliado, sino el trumpismo como guía de instrucciones. P. ¿Sobrevivirá la democracia estadounidense a sus tensiones actuales o avanzamos hacia un modelo híbrido? R. El debilitamiento institucional es severo. Pese a todo, la historia nos enseña que el apoyo a la democracia no evoluciona de forma lineal, sino cíclica. Vivimos oleadas de expansión —tras 1945 o a finales de los setenta— y ciclos de contracción, como en los años veinte o durante los reveses autoritarios en las antiguas colonias durante los sesenta. Estamos en una fase de reflujo, pero no es el fin de la historia; confío en que veremos un nuevo ciclo de democratización. En Estados Unidos, el examen definitivo mediría la limpieza de sus procesos electorales y la capacidad de las instituciones para neutralizar cualquier intento del ejecutivo por subvertir los resultados. P. ¿Puede nuestro modelo democrático actual sobrevivir a la inteligencia artificial y a la fragmentación de las nuevas plataformas y redes sociales algorítmicas? ¿O necesitamos diseñar un sistema institucional completamente nuevo? R. Conviven motivos para el pesimismo y para la esperanza. El riesgo principal es lo que llamo la fragmentación epistemológica: ya no solo discrepamos sobre las soluciones políticas, sino sobre los hechos más básicos de la realidad. La IA abarata drásticamente el coste de producir noticias falsas y deepfakes hiperrealistas capaces de desestabilizar campañas enteras. P. ¿Y la buena noticia? R. Que la élite ya no monopoliza el relato, lo que facilita la rendición de cuentas cuando las cosas se hacen mal. Además, la IA conversacional está mostrando efectos curiosos: se ha comprobado que cuando los ciudadanos discuten de política con un bot, a menudo reciben datos contrastados que limpian sus prejuicios o teorías de la conspiración, forzándolos a moderar sus posturas. El saldo final dependerá de nuestra capacidad para regular a las grandes empresas tecnológicas y exigir un etiquetado transparente del contenido sintético. P. Sin embargo, los dueños de esas megacorporaciones tecnológicas parecen tener una agenda política propia. R. Esa es una de las derivas más alarmantes de los últimos años, especialmente en el ecosistema estadounidense. Estamos viendo a magnates multimillonarios utilizar sus fortunas no solo para hacer negocios, sino para intervenir directamente en el tablero político en favor de candidatos que protejan sus intereses comerciales. La escala que ha alcanzado esta inversión privada en las campañas electorales no tiene precedentes. En Estados Unidos esto se blinda bajo el principio de la libertad de expresión, argumentando que el gasto político es una forma de manifestar ideas. Pero cuando las cifras son tan desorbitadas, ese derecho colisiona frontalmente con el principio de igualdad ciudadana, que es el pilar maestro de cualquier democracia. Foto: Fundación Ramón Areces P. Volviendo a Europa: el rearme del continente y la búsqueda de la autonomía estratégica parecen inevitables. Sin embargo, en Berlín ya advierten de que esto obligará a recortar el Estado del bienestar. ¿Cómo se le explica esto a una ciudadanía ya de por sí desafecta? R. Es el gran debate que debemos afrontar de manera urgente. Los niveles de deuda en Europa son elevados —aunque Alemania mantiene una posición fiscal más saneada que Francia o España, a pesar de las tensiones recientes en el Bundestag para flexibilizar sus límites constitucionales—. No se puede incrementar la deuda indefinidamente: si alcanzas ratios del 150% o 200% sobre el PIB, cualquier repunte de los tipos de interés reales devoraría los presupuestos públicos. Tenemos que financiar la defensa, la transición ecológica, la innovación tecnológica y, al mismo tiempo, sostener el modelo social. Todo a la vez es matemáticamente imposible. P. ¿Por dónde pasa la solución? R. Por abrir debates que hasta ahora eran tabú. Si analizamos las grandes partidas presupuestarias, las pensiones absorben la mayor parte de los recursos mediante una transferencia masiva de renta desde las generaciones activas hacia las clases pasivas. En un contexto demográfico de envejecimiento agudo y contracción de la población activa, mantener el statu quo de las pensiones es inviable. Necesitamos discutir esto con madurez pedagógica. P. Mencionaba antes la abstención como un síntoma de enfermedad democrática. Las elecciones europeas son, tradicionalmente, donde menos se vota. ¿Tiene solución el desapego hacia Bruselas? R. Valéry Giscard d'Estaing sugería que si la Unión Europea solicitara su propio ingreso en la UE, la candidatura sería rechazada por su déficit democrático. Es un diseño institucional que debe corregirse, y es posible hacerlo. Urge solucionarlo porque los grandes desafíos actuales —el cambio climático, la productividad económica o las amenazas geopolíticas de potencias como Rusia— desbordan por completo las fronteras del Estado-nación. Curiosamente, las encuestas reflejan una paradoja: mientras la ciudadanía desconfía cada vez más de sus gobiernos nacionales, mantiene niveles de confianza bastante altos tanto en sus ayuntamientos como en las instituciones comunitarias. El ciudadano entiende perfectamente qué problemas requieren una respuesta local y cuáles exigen una gobernanza supraestatal. En ese vector europeo, soy optimista.