A Emmanuel Macron le encanta la estrategia de seducción diplomática y no duda en utilizar el rico patrimonio nacional para sus objetivos. Este modo de hacer llegó quizás a su máxima expresión con la cena en el palacio de Versalles ofrecida a Donald Trump, el miércoles por la noche, al término de la cual el presidente de Estados Unidos firmó, por sorpresa, al filo de la medianoche, el memorándum de paz con Irán.Trump ha llenado de fantasías doradas la Casa Blanca y su residencia de Mar-a-Lago, en Palm Beach (Florida), pero hasta un hombre con su singular gusto estético sabe apreciar lo que es genuino, el aura que dan la exquisitez artística y el poso de los siglos.Fue una imagen que quedará en la retina de los diez años de presidencia de Macron, con opiniones dispares. El jefe de Estado y su esposa Brigitte, con elegante vestido largo, esperaron durante largos minutos, en el exterior, e intentando disimular cierto embarazo por la situación, hasta que la aparatosa caravana de vehículos traídos desde Washington -como en todos los viajes del líder de la superpotencia- apareció y la limusina presidencial, The beast, rodó majestuosa, con los viejos adoquines poniendo a prueba la suspensión del pesado vehículo.Después de las fotos de rigor y de los gritos lejanos de algunos periodistas norteamericanos, los más pugnaces, que aún le hacían preguntas políticas, el trío entró en el palacio para un breve tour que incluyó la célebre Galería de los Espejos. A Trump debieron recordarle que allí se firmó el célebre tratado después de la I Guerra Mundial -una chapuza diplomática que derivó en otro conflicto planetario veinte años después- y que en 1783 se rubricó en el mismo lugar el tratado después de la guerra que llevó a la independencia de Estados Unidos. De hecho, la excusa oficial de la cena fue celebrar juntos los 250 años de la declaración de independencia, que se cumplen el 4 de julio, y el decisivo apoyo francés al nacimiento de la república americana.Aunque ya era muy tarde, se sirvió el menú previsto, obligadamente sofisticado pese las querencias del huésped por el fast food. Entre los manjares había espárragos con langosta y caviar, pollo asado con trufas y tarta caliente de chocolate con helado de vainilla. En la mesa se sentaron una treintena de personas, entre colaboradores de Trump, miembros del Gobierno francés y algunos hombres de negocios.Horas antes del ágape versallesco, en la rueda de prensa final de la cumbre del G-7 en Évian-les-Bains, Macron hubo de dar explicaciones a un periodista francés que le planteó sin ambages lo que tantos en Francia piensan, si no le parecía exagerado el trato a Trump, teniendo en cuenta sus desplantes, su actitud cambiante y las continuas amenazas a Francia en la cuestión arancelaria.Macron se defendió con vehemencia. “Siempre he sido muy claro en la expresión de mis desacuerdos”, dijo, en referencia a la crisis de principios de año por la pretendida anexión de Groenlandia o las diferencias sobre el apoyo a Ucrania. “Siempre he mantenido el diálogo porque esto es la diplomacia”, agregó, y para dar más argumentos a su favor recordó la aproximación de Trump a sus aliados durante la cumbre en todos los temas, incluida Ucrania, la inteligencia artificial y la protección de los menores en el ciberespacio.Para Macron, “el papel de Francia es mantener su posición y asumir su voz cuando hay desacuerdos o intereses que no son tenidos en cuenta, pero es también ser acogedora y saber honrar a sus invitados”. Quiso destacar que no solo ha tratado bien a Trump, sino a los presidentes de Indonesia, de Kenia o de Nigeria. “No tengamos vergüenza de lo que somos -subrayó-. Versalles es un instrumento diplomático y un instrumento de potencia”. El presidente francés no tuvo empacho en reconocer que a veces esta estrategia no ha funcionado. Putin es el caso más flagrante, pues lo invitó a Versalles en junio del 2017, poco después de instalarse en el Elíseo. “El cualquier caso, yo lo asumo totalmente porque cada vez, al mantener una posición de firmeza o al acoger calurosamente, defiendo los intereses de mi país -concluyó el presidente-. Es esto lo que cuenta. Y cuando defiendo los intereses de mi país, de Francia, me esfuerzo por acoger bien a la gente, para que se porten bien con nosotros y que, después, tomen buenas decisiones para vosotros. Creo que es eso lo que los franceses esperan de mí. En el fondo soy como los bleus (la selección nacional). Juegue fuera o en casa, mi objetivo es marcar goles. Voilà!. Y cuando acojo a los equipos, procuro acogerlos bien”.Corresponsal de 'La Vanguardia' en París desde el 2018. Anteriormente fue corresponsal en Alemania (1994-2002), en Estados Unidos (2002-2009) y en Italia y ante el Vaticano (2009-2018)