En el arte de dejar un dibujo a priori inmutable y para toda la vida en la piel, las cosas han cambiado. Lo que hace no tanto era un tabú, se ha convertido desde hace ya tiempo en un asentado fenómeno económico y social. En él, la marca personal y el marketing juegan cada vez un papel más fundamental. Detrás de las líneas que van marcando con su característico zumbido las máquinas de tatuaje hay de todo y de nada. Hay capricho y símbolo cuasi religioso. Pero, sobre todo, hay un creciente negocio con una competencia feroz y un mensaje detrás. A veces, el significado de los tatuajes puede ser paradójico. Joan Tahull, profesor de la Universidad de Lleida, habla de dos ejemplos que ha visto a lo largo de sus investigaciones sobre este campo. Uno, un chico que se tatuó un pepinillo estando borracho como parte de una apuesta. El otro, el caso de una persona que esperó a tatuarse a los 18 años aunque quería hacerlo desde los 16 porque sus padres no le dejaban. “En una sociedad en la que la barrera entre niñez y adultez no está definida y tenemos personas que con 40 años siguen comportándose como niños, los tatuajes pueden ser hasta una marca de transición”, identifica. Acto banal impulsivo o profundo y premeditado, lo que sí es innegable es que el cambio de percepción social ha venido acompañado de un auge del sector. Su magnitud exacta en España no es fácil de medir. Aunque existen estimaciones hasta de qué porcentaje de la población está tatuado –bastante inverosímiles–, la realidad es que el tatuaje es parco en números y está muy atomizado. Cada comunidad autónoma fija sus requisitos legales para tatuar. Tampoco hay un registro central de estos negocios, y solo la Comunidad de Madrid lleva un censo público. En 2006, cuando lo instauraron, había 55 establecimientos dedicados a ello. En 2023, alrededor de 500. En la actualidad, la capital y el resto de ciudades de la comunidad dan cobijo a 753 salones de tatuaje. El bum se está acelerando, y todo apunta a que no solo es cosa de Madrid. “Hasta la pija más pija de Sarria lleva un tatu”, ilustra la tatuadora Xenia Ortí desde Cataluña. De la mano de esta floreciente actividad, la manida pregunta de “¿qué quieres ser de mayor?” ha sumado un nuevo tipo de respuesta. “Todos los chavales quieren ser tatuadores”, señala Fidel Prieto, secretario de la Unión Nacional de Tatuadores y Anilladores Profesionales (Untap). A falta de una FP oficial incluida en el catálogo (existe una formación aprobada por el Ministerio de Educación impartida a instancias del Instituto Nacional de las Cualificaciones, pero no está incorporada aún), diferentes alternativas cubren esta demanda. El problema, según Prieto, es que no todas son buenas.“Hay mucha oferta formativa. A mí me parece bien, pero hay gente que vende humo. Les dicen que se van a hacer ricos y que van a trabajar cuando quieran. Les dan 20 o 30 horas de formación y hay cursos que son solo online. Es como si quieres ser mecánico, te mandan las instrucciones del motor y sales diciendo que eres mecánico. No es así como va”, advierte el secretario de Untap.El tatuador orquestaOtra de las paradojas que dan forma a este sector es que tatuar ya no solo consiste en tatuar. Berta Madueño es la CEO y cofundadora de Tattoox, una academia de tatuaje. Aunque primero ejercía como una red ­social para poner en contacto a tatuadores y clientes, viraron a la enseñanza cuando detectaron el nicho. En solo tres años, han formado a 6.000 alumnos. Con un método en su caso mayoritariamente online pero con examen final presencial, Madueño explica los distintos módulos de formación que imparten. “Primero damos la teoría. Qué estilos hay, cómo han ido evolucionando en los últimos años. Colores, líneas, sombras. Después va una parte técnica y luego va transicionando a una parte más actual que consiste en cómo promocionarse a través de Instagram y redes sociales para crearse una marca propia. La marca personal es lo que hace triunfar a un tatuador. Es un artista. Un freelancer. Un autónomo. Un influencer”, enumera Madueño. Lejos de los cantos de sirena de ganar mucho y trabajar poco, la empresaria cuenta que, aunque es cierto que hay tatuadores estrella que ganan 20.000 euros al mes y que son auténticas celebridades, el grueso de ellos en España se mueven con unos ingresos de entre 1.000 y 1.500 euros. Cuando son buenos, según Madueño, pueden rondar entre 2.000 y 3.000 euros. Todos ellos, independientemente de lo que cobren, comparten en común muchas horas de trabajo. Preguntada por cómo es la vida de un tatuador, Xenia Ortí responde que “es muy libre y eso es una cosa que disfruto mucho, pero también hay mucha inestabilidad porque yo no sé cuánto voy a cobrar el mes siguiente”. Además, da la clave que determi­na en cuál de los anteriores rangos de ingresos se enmarcan estos profesionales: “Un factor superimportante es tener una marca personal y una visión propia. Si no publicas lo que tatúas, no tatúas. Tatuar realmente es el 50% del trabajo. El otro es hacer los diseños, crear la marca personal, llevar las redes, gestionar las citas, hablar con los clientes, hacer gestiones”, describe la artista. Sobre el cómo de viable es hoy en día dar el paso de hacerse tatuador, por su parte, Prieto avisa de que hay más oferta que demanda, que los tatuadores clandestinos y el intrusismo hacen mucho daño, y que los precios van a la baja. “Ponerse a tatuar para vivir de ello es posible porque muchos vivimos de esto, pero es un negocio más arriesgado que antes”, valora.Lo que dice un mensaje en la pielEl auge de los tatuajes y de los tatuadores no es un fenómeno fortuito. Tampoco una moda (ahora, precisamente, la moda es no tatuarse con corrientes como el clean look, una tendencia estética de colores poco agresivos, de poco maquillaje y de aspecto no recargado). Los tatuajes son, y nunca mejor dicho, todo un símbolo de la persona que se ha tatuado y también del conjunto de la sociedad. Así lo ve el profesor Joan Tahull.El experto explica cómo los tatuajes se relacionan con el concepto de sociedad líquida de Zygmunt Bauman. Según decía el sociólogo, en la actualidad los vínculos sociales se han vuelto más débiles. Como consecuencia, el individuo vive aislado rodeado de gente dentro de una sociedad en la que los valores e instituciones tradicionales han dado paso a una versión mucho más cambiante y volátil. Tahull ve una relación entre la popularización de los tatuajes y este cambio social que hemos atravesado. “Estamos en una sociedad cada vez más individualista”, razona el profesor. “Se ha producido una pérdida de referentes políticos, religiosos e ideológicos y, al mismo tiempo, nos transmiten que es el propio individuo el que tiene que construirse él solo su identidad. El tema de los tatuajes para mí no es otra cosa que una forma más de las múltiples que existen de construir una marca personal. Una manera de construirnos a nosotros mismos, de dejar huella en el cuerpo de momentos e hitos importantes. El nacimiento de un hijo. Un viaje con un amigo. Un rito de paso. Algo importante en tu vida”, ejemplifica.Cuando algo deja de ser motivo de estigma y pasa a ser tan popular, conocer los motivos por los que se perseguía puede ayudar a entender el cambio. Tahull refiere que estaban relacionados con castigos. En medio de una sociedad muy influenciada por el cristianismo como es la nuestra, el cuerpo era visto como un regalo de Dios y cualquier modificación como un pecado. Al igual que en otros ritos modernos como, por ejemplo, es el caso de los conciertos, donde el individuo entra en comunión con los demás a través de la música, el experto aprecia algo de ritual en el hecho de marcarse el cuerpo. “Es una marca que se consigue con dolor. No es una cosa fácil y accesible. En un momento donde todo es efímero, las noticias, la religión, los valores… Yo me hago en el cuerpo algo que, en principio, es para siempre”, apostilla.Y llegaron los ‘chiquitattoos’Si bien –como atestigua el chico pepinillo del arranque del artículo–, no todo el mundo que se tatúa lo hace por motivos trascendentales. De hecho, según estima Prieto, aproximadamente la mitad de los tatuajes se hacen por motivos solo estéticos. “Antes sí que la gente se hacía piezas. Te hablo de diez años para atrás. Ahora, con los chiquitattoos (un tipo de tatuaje que consiste en hacerse algo pequeño de prácticamente cualquier cosa) es otra película. El mundo se ha vuelto muy superfluo. Tienes que tener un iPhone, llevar las zapatillas blancas, el corte de pelo idéntico. Hay una mayor uniformidad que antes, sobre todo entre los chicos. Estamos muy influenciados por las redes sociales”, opina.A ojos de Tahull, en el fondo, los tatuajes, al igual que muchas otras facetas de la vida, “tienen el significado que tú le quieras dar”. Entre quienes se tatúan el nombre de un hijo y quienes se graban un pepinillo tras una noche de fiesta, la tinta se ha convertido en uno de los lenguajes de la sociedad. También en el sustento de miles de profesionales que compiten por dejar una marca en la piel ajena mientras construyen la suya.