A día de hoy no me haría ninguno de los tatuajes que llevo. Pero no pienso ni pagar ni sufrir el trámite de borrar ninguno de ellos

En algún sitio le leí a mi querido Dani de Fernando, editor de Monóculo, que el sentido de los tatuajes es obligarle a uno a amar quien fue. O, al menos, recordárselo. Tiene razón, pero cada vez son más quienes reniegan de ello: la pandemia de las pieles tatuadas en mi generación ha traído como contrapartida el auge de los centros de láser para borrarlos. Supongo que no todo el mundo está dispuesto a asumir que hubo un tiempo en el que le pareció buena idea estamparse un Piolín en la nalga, o un tribal en la espalda baja, o un símbolo de infinito en la nuca. Para borrarse un tatuaje no solo hay que mirar con condescendencia o escándalo a quien uno fue cuando decidió hacérselo: hay que estar ...

en abierta rebelión contra ese yo pretérito.

A mí me ocurre que a día de hoy no me haría ninguno de los tatuajes que llevo. Como en tantas otras cosas, también en esto he tenido que darle la razón a mi padre: lo original ha acabado siendo tener la piel impoluta. Pero no pienso ni pagar ni sufrir el trámite de borrar ninguno de ellos, no sé si porque como dice Dani de Fernando he aprendido a querer a la veinteañera que se los hizo o porque un garabato en la piel en el fondo no es tan importante. Ni como para hacérselo ni como para quitárselo.