Con la llegada del calor ninja -ese que no esperabas y te ataca por la espalda- escribo a Juan Evaristo Valls Boix, filósofo y profesor en la Universidad Complutense de Madrid, porque la modorra del verano puede ser un gran aliado de su último ensayo: JOMO, el gusto de perder (Cuadernos de Anagrama).PublicidadNada más encontrarnos veo el hastío en su rostro. Me señala con el dedo la cafetería en la que hemos quedado y veo tras el cristal una línea perfecta de Macs con sus trabajadores detrás, nuevas formas fancies de trabajar para el capital. Valls Boix intenta huir de eso, busca, como Paul Lafargue, ejercer el derecho a la pereza. Lo persigue a través del JOMO (Joy Of Missing Out, el placer de perderse las cosas) y su antítesis: el FOMO (Fear of Missing Out), término creado por el neoliberalismo para desgastar nuestro deseo.El FOMO es una palabra que aparece hace más de una década, haciendo referencia a esa ansiedad que provoca perder oportunidades, tener que elegir cuando lo quieres todo. Y aunque se usa de forma baladí, usted ve más allá, el FOMO como síntoma de precariedad… Una precariedad que se da de dos formas. De un lado, una precariedad laboral donde en el último ciclo, en los últimos 15 años o así, en nombre de la autorrealización, la flexibilidad y la pasión por el trabajo, se han ido pauperando sistemáticamente las condiciones materiales para un trabajo digno y para una vida digna. ​Entonces, en el sentido laboral, el FOMO se expresa literalmente a través del miedo, es decir, los trabajadores no pueden perder oportunidades laborales porque no pueden pagar el alquiler si las pierden. No es la figura de Steve Jobs, es la figura del rider.​​Y luego la otra forma, por supuesto, es la forma que tiene que ver con nuestra relación con el consumo y la colonización capitalista del ocio y del tiempo libre. Tanto el FOMO como el JOMO ofrecen una tematización de la pérdida en términos afectivos y esa era la gracia. La pérdida justamente es algo que el capitalismo no tolera y eso revela cómo nuestro valor, lamentablemente, es el éxito, la excelencia.Todo el ensayo busca en la idea de perder, de dejar lastrarse… ¿Es el fracaso anticapitalista?Creo que el fracaso es muy anticapitalista, sobre todo señala una falla del sistema en dos sentidos. En primer lugar, efectivamente porque cuando fracasamos y nos desidentificamos con lo que perdemos, que esta es la clave, siempre aparece el recuerdo de que las cosas pueden ser de otra manera. Entonces, en ese sentido, el fracaso es la oportunidad de recordarnos que la vida no coincide con el capital, no tiene que ir con superarse y con crecer, sino también con caer, con decaer, con tumbarse, con perderse en un bosque, etcétera.​​Por otra parte, en una sociedad donde la dignidad de la vida no pasa por ser, sino por ganar, y cuando estamos obligados a ganar para que nuestra vida valga algo, eso quiere decir que nuestra vida no vale una puta mierda. Entonces, ese fracaso estructural, que se observa en la depresión, sin ir más lejos, hay algo como sintomático, como inconsciente, señala que las promesas de vida buena que nos trae el capitalismo no son ni las más racionales, ni las mejores. El cansancio, la depresión, señalan una falla que esta ideología del éxito felicista quiere a toda costa. Y justamente por esas grietas hay luz. Es decir, algo resiste. Ahí hay una alternativa.Las promesas de vida buena que nos trae el capitalismo no son ni las más racionales ni las mejores¿Y cómo podemos bajar esta teoría a la práctica? ¿Cómo crear resistencias desde el gusto de perder?La transición del FOMO al JOMO marca un cambio de sensibilidad social y abre un horizonte emancipatorio de rehabilitación del presente porque se expresa, a mi parecer, de distintas formas. La primera de ellas es como protesta de los inconscientes -una idea de Deleuze y Guattari que habla de respuestas físicas y psíquicas a través de las cuales se expresan en la vida cotidiana los deseos reprimidos-, es decir, depresión generalizada, en plan, mira, nadie soporta esta puta mierda. Y para mí lo indispensable es pensar que es una agencia del cuerpo. O sea, que tiene que ver con hackear, por decirlo así, al sujeto. Cuando digas: "Hostia, qué pereza". Hay algo del cuerpo que está resistiéndose a una imposición de ganar.​​Segundo, a través de un imaginario popular que efectivamente romantiza la tranquilidad, el descanso y que señala que el malestar social requiere no solo de gramáticas terapéuticas o individualistas, sino condiciones materiales dignas, ¿no?Publicidad¿Qué ejemplos existen de ese imaginario popular?Por ejemplo, esos memes que dicen: "Estoy deprimida, necesito orfidal y 50.000 euros" o "¿Y si no voy?". Se observa sobre todo en los memes, pero no solo, vemos también series sobre gente que descansa como The White Lotus.​​Hay toda una oleada -yo he estudiado más el caso español por acotar- de proyectos artísticos vinculados a la mediación artística y las artes vivas que tematizan el descanso justamente: Anne Glasner, Sergi Casero, Colectivo Pompa, Clara López, Taller Placer, Ñam Ñam, Marta Azparren, DJ Sonia, Ángela Milano… ​Ahí se señala justamente que le estamos cogiendo el gusto a perder, que si el trabajo fuera tan bueno los ricos se lo guardarían solo para ellos y que mejor "unemployment for all not just for the rich" (desempleo para todos no solo para el rico).Una de las ideas que trata en el ensayo es que vivimos en la era de la antiambición. Las generaciones más mayores se apoyan en ese dogma de que el trabajo dignifica, mientras que la generación Z rehúye de esto… ¿Dónde queda la vocación en todo esto? ¿Es un constructo social?Vivimos en una economía tercializada, de servicios sobre todo, y ahí es donde se expresa la cuestión de la pasión por el trabajo. Es el lugar donde mostrar nuestra singularidad, donde encontrarnos a nosotros mismos, donde superarnos, donde realizarnos, ¿no? Es decir, el espacio laboral requiere nuestra plena implicación, de modo que trabajamos para la empresa como si lo hiciéramos para nosotros. Así además el sentimiento de alienación desaparece y con él la protesta, la conciencia crítica o la queja, porque no te quejes si trabajas de lo que quieres, ¿no?​​Entonces, sí, claro, en efecto, la pasión por el trabajo, la vocación, el dream job, son la expresión del gobierno a través del deseo, no a través de su disciplina, sino a través de su excitación constante, de su absorción constante, es decir, ser los mejores, triunfar. Y, en suma, no solo trabajar con el cuerpo o la mente, sino también trabajar con el corazón, ¿no? Entender que el entusiasmo y la motivación forma parte de la ética básica del trabajador.PublicidadEs muy interesante que este fenómeno lo estamos viviendo desde hace poco, más o menos desde la pandemia.Ya lo decía Lafargue: "Esta era es la era del trabajo, en realidad es la era de la miseria y de la corrupción". Podríamos decir lo mismo. Le llamaban la era del deseo y es la era en la que nos hemos vuelto indeseables. Todas nos odiamos, tenemos unos TCA locos, no soportamos nuestro cuerpo porque siempre tenemos que dar una versión mejor, siempre hay alguien más hot. Sí. Lo llaman la era de la felicidad y es la era de la de la puta desgracia y de la depresión.Lo llaman la era de la felicidad y es la era de la de la puta desgracia y de la depresiónTambién estamos viviendo en la era de priorizar las amistades, horizontalizar las relaciones en esta idea de revolución de los afectos.Sí, hay que liberar los vínculos, ¿para qué? ¿para reaprovecharlos? No, para perder el tiempo otra vez con nuestras amigas, con nuestros amantes, con nuestras vecinas, con nuestra familia. Entonces, sí, en efecto, todos estos virajes estéticos hacia una consideración de la amistad crítica, hacia un replanteamiento de la ciudad en términos feministas… Habla de un imaginario no del placer superlativo, sino de la placidez. De poder estar tranqui. Y habla de una de muchas formas de una organización política del descanso, es decir, de la vindicación de las condiciones materiales para que sea posible descansar, para que el rechazo no sea un privilegio. O sea, una expresión de vida tranquila.En 'JOMO' aparece otra idea muy interesante, aquella que dibuja al melancólico como una persona con resistencias al cambio... ¿Tenemos que dejar de pensar en el pasado?Para mí la cuestión es que nostalgia, melancolía y -vamos a llamarlo así- pereza son tres formas de elaborar la pérdida. Y esto me parece interesante porque elaborar la pérdida es una forma de hacer comunidad, pero una comunidad muy particular, una comunidad desobrada.​​En el caso que nos atañe, el de la melancolía, sí que considero que es un afecto de resistencia muy poderoso y ha alentado la lucha de las izquierdas durante muchos años y ojalá lo siga haciendo. Sencillamente no es mi posición. La melancolía es el lamento por un objeto perdido que se desconoce. El pasado es un archivo de impensados y de realizados, es decir, está lleno de espectros. Entonces, el melancólico trata de convocar al fantasma, así a lo Hamlet, ¿no?​Cada vez que hacemos una política de memoria histórica, por ejemplo, de investigación de las cunetas, toda vez que hacemos un esfuerzo de memoria histórica por pensar la epidemia del sida o de la heroína, ahí hay una política emancipatoria que es melancólica. Porque yo no no he conocido, me voy a poner un poco sentimental, a mi abuelo. Pero yo milito por su vida y por que eso no vuelva a suceder, ¿me explico, no?​ ​No obstante, me parece que la melancolía puede reinsertase en una dinámica un poco masculina de miedo a la castración, antes era bueno, ahora no lo es, ¿no? De potencia perdida, de impotencia. Y creo, además, que la melancolía requiere muchas veces una articulación generacional que no necesariamente es compartida.