Cuando hace calor, Mercedes Álvarez no puede abrir las ventanas de su casa. El olor que entra es tan putrefacto que le cuesta describirlo. “Un día, una amiga vino al banco, que está un poco más arriba. Mientras esperaba en el coche, abrió la ventanilla y vomitó. ¿Merche, cómo puedes vivir aquí?”. Ella siempre ha vivido en As Conchas, como su marido, sus padres y sus suegros. En este pueblo de 20 habitantes en la provincia de Ourense no hay nada extraordinario, salvo uno de los embalses más contaminados del país por cianobacterias, peligrosas para la vida.

Sentados en la mesa de su cocina, María del Carmen Recouso y Pablo Álvarez, también vecinos, relatan el mismo infierno de vivir con miedo a caer enfermos, ellos o sus familiares, por el estado del agua que tienen a unos 50 metros de sus casas, justo al otro lado de la carretera. Un día de mucho calor de 2011, la superficie del embalse se puso completamente verde, con una capa espesa. “Como cuando haces filloas”, describe Merche señalando por la ventana. Pablo cuenta que tiraba una piedra desde la presa, que está a la altura de su casa, y no se hundía.

El hedor alcanzaba tres o cuatro kilómetros. Fue entonces cuando empezaron a pelear contra un enemigo sigiloso, como es la contaminación, y a defenderse de las administraciones que podían evitarla y no hicieron nada. Un puñado de personas mayores, algunas de ellas ancianas, que decidieron enfrentarse solas al dragón con espadas de madera. La contaminación no ha parado. Ellas tampoco han dejado de luchar, convirtiéndose en un ejemplo de que resistir unidos tiene sentido.