La primera vez que Fernando Sánchez Castillo (Madrid, 56 años) vio el Guernica de Picasso en una visita escolar no estaba en blanco y negro sino en tonos verdes, y era una gran joya resplandeciente. Era 1981, el cuadro acaba de llegar a España tras 40 años en el MoMA, y la institución neoyorquina había exigido que, para resguardarlo durante su estancia en el Casón del Buen Retiro, se instalase en una estructura protectora. El arquitecto José María García de Paredes, encargado de diseñarla, presentó una urna de acero y vidrio, facetada como una gema, cuya superficie generaba matices verdosos sobre la obra de Picasso. “Era un cristal a prueba de granadas”, recuerda el artista. “Solo unos meses antes, España había sufrido un golpe de estado militar. La urna la firmó García de Paredes pero quien de verdad la diseñó fue su hija Ángela, que acababa de salir de la carrera, así que la nueva generación de españoles estaba ocupándose de proteger el Guernica. Y ella hizo esa urna-joya que al mismo tiempo era como un gran relicario. Algo muy español, lo de venerar las reliquias. España es ese lugar donde lo muerto se preserva y se le rinde culto como si estuviera vivo”.En su estudio de Madrid, un amplísimo espacio industrial que en otro tiempo fue una imprenta y que comparte con su pareja, la también artista Cristina Lucas, proliferan las reliquias: esculturas ecuestres de Franco con el jinete cercenado; una reconstrucción del cráneo de Lorca con el agujero del fusilamiento; la maqueta del búnker nunca construido en el que la República española quería preservar el patrimonio artístico durante la Guerra Civil; la réplica hiperdimensionada del bolígrafo Inoxcrom 77 que salvó la vida de Alejandro Ruiz-Huerta, uno de los abogados de Atocha, cuando se interpuso entre él y la bala que le correspondía en el atentado. También los planos originales del diseño original de la urna blindada del Guernica, que Sánchez Castillo enmarcó. Todas formarán parte de su exposición para el museo Reina Sofía La perla peregrina, comisariada por Ferrán Barenblit, que del 24 de junio de 2026 al 8 de marzo de 2027 podrá verse en el Palacio de Velázquez del Retiro, que reabrirá tras una larga restauración. Durante el tiempo que dure la muestra, además, él convertirá el edificio en su estudio, y se le podrá ver realizando actividades creativas en horario laboral: “Será como un gran set de cine donde habrá muchas cosas, a veces sin orden histórico, sino basándose en asociaciones peregrinas entre los objetos”.Utiliza el término “peregrina” en su acepción de excéntrica, no en la de errante: “Como cuando nos dicen de niños que tenemos ideas peregrinas”. O como la de esa perla que da nombre a su exposición y que le sirve de núcleo temático. Una perla barroca, de forma no esférica perfecta: el término, que viene del portugués, se aplicó al arte del siglo XVII, caracterizado por sus excesos y dinamismo. “Barroco, de barro, como si estuviera modelada”, explica Sánchez Castillo. “De esa etimología procede toda mi obra”. En efecto, los juegos intelectuales, la fabulación, los cambios de escala o la teatralidad, tan característicos del Barroco, son los que también aparecen en el trabajo del creador madrileño, que ha expuesto en lugares como la Tate Modern de Londres, el MoMA PS1 de Nueva York o el CA2M de Móstoles, y que también estuvo presente en la última bienal Manifesta de Barcelona.Pero volvamos a La Peregrina, cuya historia merece ser esbozada.La encontró en 1577 un esclavo de origen africano en el golfo de Panamá, y por su extraordinaria belleza ―en forma de pera, su superficie, muy lisa, procuraba hermosas irisaciones― se convirtió en la perla más célebre de su tiempo. Pronto pasó al patrimonio del rey español Felipe II, y atravesó las décadas en poder de las dinastías reinantes españolas, los Habsburgo y los Borbones. Varios retratos reales la muestran, a menudo acompañada del diamante azul llamado El Estanque, otra joya mítica desparecida. Hasta que en 1808 se apropió de ella José Bonaparte, hermano de Napoleón designado para gobernar España durante la ocupación francesa. En 1969 La Peregrina salió a subasta, y la adquirió Richard Burton para regalársela a su esposa, Elizabeth Taylor, que la montó en un aparatoso collar diseñado por Cartier. Tras la muerte de la estrella, volvió a subastarse en 2011; esta vez se la adjudicó un comprador desconocido por 11,8 millones de dólares. “La corona española siempre trató sin éxito de recuperarla”, recuerda Sánchez Castillo. “Primero Alfonso XIII, se supone que para hacerse perdonar por las infidelidades a su mujer, Victoria Eugenia. Y después Alfonso de Borbón, al que ella, su abuela, lo envió a pujar en 1969. Pero aquella realeza ya no tenía ningún poder frente a la de Hollywood. Sobre la última venta, tengo una teoría. Se cree que la compró alguien de la región del Golfo Pérsico, quizá de los Emiratos Árabes Unidos, donde vive actualmente Juan Carlos I…”—¿Cree que ahora la Peregrina podría tenerla el rey emérito, y nosotros sin enterarnos?―Sería un regalo ideal para la monarquía española. Y si la tuviera él, o si llegara a tenerla algún día, por todas sus infidelidades al país nos la debería traer de vuelta.Este relato de patrimonio y desagravio recuerda al que se planteó sobre el Guernica cuando el museo Guggenheim de Bilbao y el gobierno vasco solicitaron recientemente al Reina Sofía el préstamo de la obra de Picasso como “reparación simbólica” al País Vasco por el bombardeo sobre la localidad vizcaína cometido por la aviación alemana aliada del bando franquista hace cien años. En esto, Sánchez Castillo sí manifiesta interés en distinguir entre ficción y realidad: “Hay muchos mitos sobre el Guernica. Por ejemplo, no parece que Picasso se inspirara solamente en el bombardeo de Guernica. Él ya había recibido mucho imaginario de la guerra civil a través de la prensa. Y cuando se presentó en el Pabellón de España en la expo de París, hubo voces que desde el nacionalismo vasco decían que debió ser un autor vasco quien representara el bombardeo, no Picasso. El Guernica es otra perla que se va llenando de significados con el tiempo. Yo lo vería mejor de nuevo en el casón del Buen Retiro, con su urna, aunque tampoco está mal en el Reina Sofía, que durante la guerra fue un hospital de sangre”. Pero, en un registro más poético, su propuesta sería otra: “Lo ideal sería que el Guernica viajara por todos los lugares del mundo que han sufrido guerras hasta que se deshiciera completamente, como en una gran comunión colectiva. Si con eso desaparecieran las guerras, habría cumplido el que en teoría era uno de sus objetivos”.La Guerra Civil aparece aludida en muchas de sus obras. Sus trabajos sobre las estatuas ecuestres de Franco, a veces desmembradas, a veces en miniatura, son algunos de los que han provocado más discusiones. Pero también ha vuelto con recurrencia a Federico García Lorca (“las perlas son lágrimas”, se decía en La casa de Bernarda Alba), intelectual víctima por antonomasia del bando republicano, y que en el centenario del crimen estará presente en la exposición: sonriendo de oreja a oreja mientras alza un bastón en una escultura realizada a partir de una vieja foto de La Barraca, envejecido artificialmente en un retrato que expone la ucronía de un Lorca que hubiera sobrevivido a la guerra, o en el falso cráneo realizado a partir de sus rasgos faciales, que Sánchez Castillo porta en su mano como Hamlet la calavera de Horacio (o Perseo la cabeza de Medusa). “Como tantos artistas de esa generación que murieron en la guerra, Lorca es un proyecto inacabado. Y uno tiene el impulso de continuar lo que ellos no pudieron hacer, o recomponer lo que no llegaron a ser”, explica.Para él, toda obra de arte es una perla, y el artista hace el papel de ostra. “Partes de un cuerpo extraño, algo que te molesta, te excita o te sugiere, y a partir de él vas desarrollando tu trabajo, creando capa sobre capa de nácar. Siempre esperamos que la perla sea preservada después, que tenga utilidad para alguien. Aunque sea como ornamento, que no es poco”.