La Perla Peregrina es una de las joyas más singulares de la historia. Hallada en el siglo XVI en las costas de Panamá por un esclavo cuyo nombre nunca quedó registrado, su extraordinaria forma de lágrima la convirtió en una pieza codiciada por reyes, nobles y coleccionistas. Mientras la identidad de quien la encontró se perdió en el relato oficial, la perla terminó convertida en símbolo del poder de la Monarquía Hispánica. Ese contraste entre lo que la Historia recuerda y aquello que decide olvidar es el punto de partida de La Perla Peregrina, la retrospectiva que el Museo Reina Sofía dedica a Fernando Sánchez Castillo (Madrid, 1970).

A lo largo de más de 200 obras —entre instalaciones, esculturas, vídeos, acuarelas y piezas prestadas—, el artista madrileño despliega una investigación sostenida durante décadas sobre los mecanismos del poder, la construcción de la memoria y las zonas de sombra de los relatos oficiales. Comisariada por Ferran Barenblit, la muestra puede visitarse desde el 24 de junio hasta el 8 de marzo de 2027 en el Palacio de Velázquez del parque de El Retiro en Madrid, un espacio que el propio artista reconoce especialmente cercano y familiar.

La metáfora de la perla atraviesa toda la exposición. Igual que una perla surge de una herida, de la reacción de un molusco ante un cuerpo extraño que se incrusta en él, los monumentos también nacen de conflictos, derrotas y tensiones históricas. “Los monumentos también surgen del daño. La historia no solo se relata, sino que se modela y se funde”, señala Barenblit. Las obras de Sánchez Castillo se sitúan precisamente en ese espacio donde la memoria se solidifica en imágenes, estatuas y símbolos, pero también donde esos símbolos pueden ser cuestionados, desmontados o transformados.