Las poderosas pinzas de demolición van engullendo los edificios militares como si fueran mantequilla. Llevaban años sepultados por los grafitis y el olvido. Entre escombros y hierbajos, yacen vestigios de vieja iconografía castrense. En semanas, este complejo quedará demolido y sus terrenos dedicados a la construcción de 10.700 viviendas asequibles. Son los últimos restos en el barrio madrileño de Campamento de las decenas de cuarteles que cerraban como un candado los accesos a la capital. Era la concepción franquista de la defensa: unas fuerzas mastodónticas, sin capacidad de proyección, mal formadas y equipadas, y destinadas a la ocupación del territorio contra un fantasmal “enemigo interior”. Con poca tecnología y mucho cuerpo a tierra. Lo contrario al modelo actual, que apuesta por fuerzas profesionales, tecnificadas y móviles, donde el soldado, hombre o mujer, es un especialista que opera sistemas, analiza datos, interpreta imágenes, se bate cibernéticamente, gestiona software, maneja inteligencia y pilota drones. “Aunque, al final, para vencer, haya que poner las botas en el suelo enemigo, de lo contrario, no ganas la guerra, como le ha pasado a Estados Unidos en Irán. No se puede ganar al enemigo con esa idea extendida durante las pasadas décadas de cero bajas”, describe el almirante Fernando García Sánchez, jefe del Estado Mayor de la Defensa (jemad) entre 2011 y 2017, que continúa: “Y ese factor humano es el que ha logrado que Ucrania (más allá de la tecnología que ha desarrollado) lleve resistiendo a Rusia cuatro largos años. Es la voluntad de vencer. No hay que olvidar que la razón de las Fuerzas Armadas, pese a quien le pese, es el uso de la fuerza”. O, como explica el soldado Marco Antonio Gómez, presidente de la Asociación de Tropa y Marinería Española (un simulacro de sindicato con voz pero sin voto que defiende los intereses de 76.000 soldados y marineros): “Los militares no vamos por el mundo a repartir peladillas, estamos de misión en lugares complicados, tenemos una vida dura y nadie se acuerda del veterano que con 45 años se va forzoso a su casa con 700 euros al mes y un currículo no homologado para la vida civil”.Desde 1940 hasta su suspensión por un real decreto de 2001 firmado por el presidente Aznar, en torno a 400.000 jóvenes nutrieron cada año las filas de aquel ejército de leva y sin sueldo. Pasaron por él no menos de 17 millones de hombres. Los reclutas eran todos iguales, sin privilegios, fueran de donde fueran o fueran lo que fueran, esa era en teoría la virtud de aquel modelo de servicio militar: la igualdad, la uniformidad; ser una escuela de patriotas a la que las mujeres no estaban llamadas. Por el contrario, su operatividad era nula, y los medios y sistemas de armas con los que contaban, míseros. Ante la escasez de material, un tanque enemigo podía ser sustituido en unas maniobras por un jeep ondeando una bandera roja. Los baqueteados fusiles cetme se disparaban solos. “Y un chaquetón duraba cinco llamamientos, apestaba a desinfectante, se caía a cachos, siempre fue un ejército de miseria”, recuerda el general Félix Sanz Roldán, exjemad y exdirector del CNI, que concluye: “El problema es que la nación no tomaba en serio a ese soldado como un servidor público; nunca hubo un euro para ellos. Y los oficiales trabajábamos con lo que teníamos. Era otro modelo, con sus ventajas e inconvenientes. Y tuvimos que hacer la transformación de obligatorio a profesional con el mismo presupuesto, cuando un ejército de profesionales es infinitamente más caro. Se creó un ejército profesional sin querer pagarlo. Bueno…, pagó el soldado”.—¿Está usted a favor del regreso del servicio militar?—No, no lo estoy. Aunque hay que decir que con el modelo profesional hemos ganado en eficacia, pero hemos perdido en capacidad de integración. Yo creo en un modelo voluntario, y eso no es volver a la vieja mili. Pero el uso de la fuerza nunca ha estado bien visto en España.En aquellos años ochenta y los noventa, un recluta ocupaba el escalón más bajo de la sociedad, pero si se negaba a serlo, el Estado ponía en marcha toda su maquinaria administrativa para castigarle: era detenido, juzgado y condenado como desertor a cumplir una pena de prisión. Se les consideraba elementos disolventes. Los primeros casos de objeción de conciencia organizada en España datan de los sesenta, una mezcla de grupos cristianos y libertarios con elementos independentistas en Cataluña y el País Vasco, educados en la no violencia a imagen y semejanza de la revuelta que se estaba desarrollando en Estados Unidos contra la guerra de Vietnam, y que provocó la eliminación de la conscripción por Nixon en 1973.Aquel embrión de movimiento de objeción en España, sin cabeza visible ni teledirigido por ningún partido (ni siquiera Herri Batasuna en Euskadi), se iba a convertir en el mayor ejercicio de desobediencia civil pacífica en Europa y desencadenar un tsunami que se llevaría por delante entre mediados de los ochenta y finales de los noventa el servicio militar. Fue un largo camino, un caso inédito de cómo una generación se negó a cumplir sus obligaciones con el Estado por considerar que colisionaban con su conciencia e intereses. Y ganó. En esos tiempos, el desprestigio de lo castrense, que arrastraba los ecos de la Guerra Civil, la dictadura y el golpe del 23-F, era mayúsculo. En el referéndum de la OTAN, en 1986, el “no” al ingreso ya había obtenido siete millones de votos, algo así como el 40% de los sufragios. Allí nació Izquierda Unida y cogió músculo el antimilitarismo.“Y en el País Vasco, Navarra y Cataluña ganó el ‘no”, recalca el profesor Fernando Mendiola, que cumplió por insumiso 15 meses de prisión en la vieja cárcel de Pamplona, ya derribada y convertida en el parque de la Insumisión. Mendiola define en ese mismo lugar el desenlace de la lucha del movimiento de objeción: “Fue una victoria, logramos acabar con la mili, vencimos, pero no nos dimos cuenta de lo que habíamos conseguido y todo se desinfló. En cualquier caso, logramos confrontarnos con el Estado y lo derrotamos. La desobediencia civil no violenta es un instrumento que hoy se podría usar contra las crecientes dinámicas militaristas”.¿Es España un país antimilitarista? Responde en Madrid su compañero de fatigas Juan Carlos Rois, abogado y activista contra el militarismo: “No, España es más bien antibelicista, hay un claro sentimiento contra la guerra, pero el antimilitarismo va más lejos de quitar la mili, quiere que no haya ejércitos y las crisis se resuelvan de otra manera. Los políticos en España reverencian a los militares, invierten miles de millones en armas, pero saben poco de otras alternativas”. El jemad entre 2008 y 2011 y excandidato de Podemos José Julio Rodríguez, aporta su definición de militarismo: “Es la utilización del armamento como un activo económico. Y en el escenario actual, con más presupuesto militar que nunca, el floreciente complejo militar-industrial de turno se ha vuelto a olvidar de los soldados, que hoy son profesionales, y si quieres fichar a los mejores, tienes que pagarlos. Y nunca se ha puesto el dinero sobre la mesa. La vuelta del servicio militar es impensable, pero si el planteamiento es que es voluntario y lo pagas, estamos hablando de otra cosa, y habrá que estudiar ese modelo”.Aquellos reclutas forzosos no iban a luchar contra nadie. España llevaba siglos sin ser invadida, no había participado en las guerras mundiales ni las coloniales, ni pertenecía a la OTAN. No tenía enemigos. “Éramos más de matarnos entre nosotros, como en las campañas carlistas y la Guerra Civil”, explica el politólogo y militante contra el militarismo Rafael Ajangiz, cuya imprescindible tesis doctoral leída en 2001 trata del final de la conscripción en Europa. En aquellos cuarteles del tardofranquismo y la Transición, algunos reclutas aprendieron a leer, otros consiguieron el carné de conducir, y unos pocos, los rudimentos de un oficio. Según explica Narciso Michavila, sociólogo electoral y comandante de Artillería retirado: “Como joven oficial, yo veía que aquella mili vertebraba, pero esa no es la razón de ser de un ejército. Esa no es su misión. Tampoco ser una guardería para meter en vereda adolescentes ni una escuela de patriotas. Ninguna razón de ser de aquella mili es la razón de ser de un ejército moderno ni en su objetivo ni en su función. La razón de ser del ejército es defender si te atacan. Pero nadie en nuestro país es consciente de las amenazas, es un tema del que no se habla”.—¿Por qué?—Porque no da votos. Los políticos no lo mencionan, pasan de puntillas. Importa tan poco el tema militar a los partidos que no lo toca en sus encuestas ni el CIS.No lo hace la demoscopia pública desde 2017, pero sí lo hace la empresa de investigación sociológica 40dB para EL PAÍS. Su directora, Belén Barreiro, aporta estos datos de una encuesta de 2025 sobre amenazas, en la que en relación con la posibilidad de reimplantar el servicio militar en España se ofrece este análisis: “Un 35,2% apoya implantarlo de nuevo, un 57,7% está en contra y un 7,1% no sabe. Por género, el 38,9% de los hombres apoya el servicio militar frente al 31,9% de las mujeres. Por edad, se alcanza el pico a favor entre quienes tienen de 35 a 44 años (41,3%), seguidos de quienes tienen entre 18 y 24 años (37%). El mínimo se encuentra en el grupo de 55 a 64 años (32,2%). Vox es el único partido con un mayor número de votantes a favor de recuperar la mili que en contra: 58,6% de acuerdo frente al 38% en desacuerdo”.¿Quiere Vox que vuelva el servicio militar obligatorio? No hay una respuesta oficial del partido de Abascal. Pero el diputado de la formación y general retirado Alberto Asarta aporta su opinión durante una conversación en el Congreso: “No veo viable ni necesario el servicio militar. Ahora que… todos nuestros jóvenes y jóvenas, ante una realidad de amenazas, deberían tener una formación no ya militar sino de servicio a España. Convivir con otras realidades y compartir tienda de campaña. Salir cada uno de su huevo. Esa formación de valores sería para siempre. Tres meses no serían nada en tu vida. Mi pregunta es: ¿estarían esos jóvenes dispuestos a morir hoy por la Constitución?”.En contra de la opinión del general Asarta, la inmensa mayoría de aquellos viejos reclutas de la mili no aprendió gran cosa durante su servicio a España. Era un ejército que no tenía sentido, aunque el adoctrinamiento que recibían en no menos de 12 meses fuera clave para inocular en ellos una concepción machista, jerarquizada y autoritaria de la nación. Los derechos civiles no cruzaban el umbral de los cuarteles. Por más que lo intentara con sus denuncias la Oficina del Defensor del Soldado, una organización nacida en 1988 entre un grupo de jóvenes seguidores de Adolfo Suárez. El escritor Antonio Muñoz Molina, que publicó en 1995 el relato de no ficción Ardor guerrero, que supuso un crudo Yo acuso contra el servicio militar, describe en esas páginas la única utilidad de la mili que vivió a finales de los setenta: “El arte que nos correspondía aprender no era el de la obediencia instantánea, ni el de la encarnizada competitividad, sino el del arte sutil, aunque nada heroico, del escaqueo o acción de escaquearse”. Hoy, 30 años después, mientras paseamos por el barrio madrileño del Retiro, Muñoz Molina desmenuza: “Era un mundo cerrado, que para mí era útil narrativamente, porque contaba con un espacio y un lenguaje propios: el lenguaje de la delincuencia y la masculinidad, que era el reflejo de cómo te ibas convirtiendo en un bruto y un machista dentro de aquel territorio aislado del mundo. Algunas veces sueño que vuelvo a la mili y siempre es una pesadilla”.De pronto, en marzo de 2001 se acabó el mal sueño. Reventó la mili como una pompa de jabón. Sin discursos ni proclamas. Fue cuestión de días después de dos siglos de existencia bajo el imaginario de la “nación en armas”, heredado de la Francia revolucionaria. Se liquidó incluso un año y medio antes de lo previsto por el Partido Popular en la investidura de 1996. Había prisa. Era una patata caliente. Apenas se mantuvo tibiamente en contra de la profesionalización el Partido Socialista: no quería un ejército de mercenarios. Puesto en marcha el proceso, también huyeron los socialistas de la mili como de la pólvora. Postularse a favor restaba votos.En España, la mili no daba para más. El sistema de conscripción se encontraba al borde del colapso con un millón de jóvenes apuntados a la objeción de conciencia, 10.000 insumisos a la espera de juicio y centenares de jóvenes en las cárceles con penas de dos años, cuatro meses y un día por negarse a entrar en los cuarteles. Y miles de boomers de perfil, aguantando la respiración, con prórrogas y artimañas varias para no ser los últimos en comerse el marrón castrense. Era un ejército zombi. En 2001, solo el 10% de los llamados a filas respondió a sus deberes con la patria. Ni siquiera lo defendían los oficiales y suboficiales: “Año tras año, como en el día de la marmota, regresábamos a la casilla de salida para volver a instruir a otros reclutas en las mismas cosas que a los anteriores y que no les servirían de nada cuando se marcharan, estuvimos a favor del cambio a un modelo profesional”, recuerda el senador del Partido Popular y general retirado Fernando Gutiérrez Díaz de Otazu.Aquellos oficiales fueron los primeros en recibir el final de la conscripción con ilusión pero sin entusiasmo. “El cambio de modelo se hizo mal, rápido, sin dinero y por motivos electorales. No se tenía un plan de qué ejército necesitábamos y seguimos sin tenerlo”, reflexiona Miguel Ballesteros, general retirado y exdirector del Departamento de Seguridad Nacional con Pedro Sánchez, que continúa: “Lo que faltaba y falta no son soldados, sino cultura de seguridad. El servicio militar hoy sería inasumible, tendría que explicarse muy bien y haber una amenaza muy cierta, como padecen los Estados del Báltico. No se puede volver al pasado, y no es una cuestión del BOE, sino de aceptación por la opinión pública. España no está en primera línea de fuego, luego no hace falta la mili. Pero hace falta una reserva y un proceso de movilización rápido y eficaz que no existen”. El exdirector de Seguridad Nacional no se equivoca en cuanto a las carencias del actual modelo: la paupérrima reserva voluntaria apenas cuenta con 3.000 efectivos no aptos para el combate y España carece de una ley de movilización.La comandante de Ingenieros en situación de retiro y exdiputada socialista Zaida Cantera, que abandonó las Fuerzas Armadas tras denunciar el acoso sexual sufrido por parte de su superior inmediato, coincide con el general Ballesteros en que el proceso de suspensión del servicio militar en 2001 estaba cogido con alfileres: “Se hizo deprisa y corriendo. Desde entonces falta personal de forma crónica, hay unas plantillas teóricas y luego están las reales, y siempre hay escasez de gente, aunque la digitalización ha sido provechosa para adaptarnos. Los soldados, por 1.300 euros al mes, son unos esclavos muy baratos para el Estado, sin horarios ni ayudas sociales. Y, además, carecen de sindicatos, luego nadie lucha por sus derechos. El número de gente que se postula cada año para entrar en las Fuerzas Armadas en España es inversamente proporcional al ciclo económico: cuanta más prosperidad, menos soldados se presentan. Hoy, con un ciclo económico expansivo, a la gente no se le ocurre entrar en el ejército. Hay 13.000 soldados menos que en 2013.—¿Ve factible el regreso del servicio militar?—No lo necesitamos. Hacen falta entre 10.000 y 15.000 soldados más, y si les tratas bien, pueden ser suficientes. La pregunta es: ¿necesitamos unas Fuerzas Armadas ante los riesgos y amenazas que tenemos? Si la respuesta es afirmativa, hay que crear conciencia de su necesidad y, después, instruirlas, entrenarlas, dotarlas y pagarlas. Pero no hay un pacto político en el horizonte porque la izquierda las demoniza y la derecha las patrimonializa.¿Cómo y a quién reclutamos y con qué dinero les pagamos? Aquellos oficiales de 2001 ya tenían en la cabeza la siguiente etapa del nuevo modelo profesional rubricado por la ley, que marcaba una horquilla de efectivos entre 130.000 y 140.000, a los que nunca se ha llegado. Federico Trillo, que fue el ministro de Defensa que anunció con desparpajo la suspensión de la mili y que implementó el giro hacia el ejército profesional, recuerda en su despacho madrileño, rodeado de libros y condecoraciones, cómo él redujo el asunto de la profesionalización a una ecuación con tres incógnitas: “Eran tres letras R: reclutamiento, que tenía que ser suficiente para cubrir el objetivo de fuerza, retención del talento y reincorporación digna a la vida civil. Y se podía sumar una cuarta, la reserva. En aquel momento, ya tuvimos problemas para reclutar y retener, y la reserva voluntaria no ha funcionado. Es el mismo paisaje de hoy”.Según el jurista Mariano Casado, presidente del Observatorio de la Vida Militar, un órgano vinculado a las Cortes Generales que evalúa las condiciones de vida de los militares y las pone a disposición de las cámaras, “desde 2015 abandonan las Fuerzas Armadas más soldados de los que ingresan”. Y sigue: “Estamos en el mínimo de aspirantes por plaza. Habría que llegar a los 140.000 profesionales y estamos en 116.739, de los que solo 76.000 son soldados. Nos faltan entre 15.000 y 23.000 efectivos de tropa. Y hay que atraerlos en estos tiempos de incertidumbre en materia de seguridad, porque son necesarios. Pero la imagen que aún tiene la sociedad de los soldados está determinada por la de aquellos viejos reclutas sin prestigio. No son ni siquiera funcionarios como los guardias civiles, sino asimilados. Son invisibles, desconocidos y poco valorados. Hay que darles salarios dignos, condiciones de vida y salidas. Así se reclutará gente, de forma inteligente, no con elucubraciones patrióticas. Lo primero que hay que resolver es la dicotomía entre cantidad y calidad: saber exactamente qué necesitamos antes de ofrecer plazas, y dar una oportunidad de vida militar a las mujeres, que lo vean como un proyecto atractivo, porque son solo el 15% de la tropa y de ahí no pasan”.La importancia del factor humano en los nuevos conflictos vuelve a estar sobre la mesa por varias razones. La más importante son las guerras de alta intensidad en Ucrania, Oriente Próximo e Irán que coinciden con la amenaza de Trump de retirar de Europa a miles de soldados estadounidenses. Sintiendo el aliento de Rusia en la nuca, muchos socios de la OTAN, en especial los tres bálticos y los cuatro nórdicos, además de Grecia y Turquía, están recuperando a toda máquina cualquier modelo posible de servicio militar (obligatorio, voluntario, híbrido, selectivo, cívico-militar, por sorteo). El gatillo de respuesta de Europa a Rusia es el artículo 5 de la OTAN, que obliga a todos sus socios a acudir en defensa de un país miembro que sufra un ataque. Es un seguro de vida. De esa forma, la siempre neutral Suecia ingresó en la Alianza a marchas forzadas en 2024 y, ya antes, en 2017, había puesto en marcha un nuevo modelo selectivo de servicio militar para hombres y mujeres que se observa en Europa con cierta envidia.La UE vive una era de rearme acelerado. Según datos de la Comisión Europea, “en 2025, el gasto en defensa alcanzó los 381.000 millones de euros, con un crecimiento del 62,87% en comparación con 2020”. De ellos, 34.000 millones (como confirmó el presidente Sánchez en enero) corresponden a la precipitada inversión de España en esa partida, enfrascada en la búsqueda de su autonomía estratégica y con el objetivo de satisfacer el compromiso de inversión del 2% del PIB con sus socios de la OTAN. Y con el posible escenario del 5%. Ese flujo de efectivo ha provocado un torbellino de fusiones, adquisiciones, inversiones y especulaciones en el sector español de la defensa. El portavoz socialista en la Comisión de Defensa del Congreso, José Antonio Rodríguez Salas, niega que eso sea armamentismo: “Toda la tecnología desarrollada es de uso dual, incluso los drones. Esas compañías crean puestos de trabajo de calidad y bien pagados y, además, exportamos. Nuestra idea es la disuasión, no el ataque. En cuanto al personal, es mejor que el dinero que costaría montar un servicio militar se lo diéramos a los soldados, en mejores condiciones de vida, para que vengan y se queden, y no se los lleve Telefónica ni la Guardia Civil, que les pagan más. Hay que atraer talento, profesionales de la IA, expertos cibernéticos, del espacio… Resucitar la mili supondría poner a la opinión pública en contra de la defensa y sería peor el remedio que la enfermedad”.El soldado vuelve a ser clave en el marco de unas contiendas multidominio (tierra, mar, aire, espacio, ciberespacio y marco cognitivo), más letales que nunca. El general David Petraeus, que dirigió las operaciones de Estados Unidos en Irak y Afganistán y fue después director de la CIA, define en su tratado Guerra a los ejércitos que se necesitan hoy como “una masa altamente tecnificada: “Un gran ejército de profesionales expertos, con fortaleza mental y voluntad de vencer”. Y con una gran reserva, “que mantenga a la población unida a su defensa”. Se ha acabado la era de los microejércitos.Las iniciativas de refuerzo de efectivos en los ejércitos europeos van en paralelo a la carrera de armamento. La misma veintena de países que a partir de 1992 (Bélgica) hasta 2011 (Alemania) fueron cayendo como fichas de dominó en la supresión del servicio militar en un mundo donde la Guerra Fría había terminado, hoy o lo han reimplantado o buscan atraer nuevos soldados con ventajas de bienestar social (como Estados Unidos con un welfare específico para soldados) o, como Francia y Alemania, lanzan globos sonda a la opinión pública a propósito de la resurrección de algún tipo de servicio militar. Ha pasado incluso en Portugal. En España, el asunto no parece ser motivo de controversia. En el Senado en marzo de 2024, la ministra de Defensa, Margarita Robles, lo dejó claro: “En España no va a haber servicio militar obligatorio, ni creo que se le haya pasado por la cabeza a nadie”.El tratado del general Petraeus viene recomendado por José María Aznar, el presidente que dio la orden de acabar con la mili. Estaba atrapado en una pinza entre la revuelta del movimiento de objeción de conciencia y los nacionalistas catalanes de centroderecha, que le exigían el final de la mili a cambio de su voto en la investidura de comienzos de mayo de 1996. El PP había conseguido 156 escaños y necesitaba los 16 de CiU (precedente de Junts) y los 5 del PNV. Aznar, al que el exministro Trillo define en nuestra conversación como “un político de convicciones y, a la vez, pragmático”, actuó rápido. Y lo suspendió antes de lo previsto. Veinticinco años después, Aznar, en su despacho de FAES, describe la tormenta perfecta en torno a la mili cuando fue investido presidente: “La objeción de conciencia se había convertido en un fenómeno brutal que sumada a las campañas de insumisión formaron un cóctel explosivo. Para mí era otro problema más en el marco de las transformaciones políticas y sociales de la Transición. El final del servicio militar era lógico, estaba pasando en toda Europa. A partir de 1992, con la caída del Muro y la desaparición de la URSS, Occidente va a la desmilitarización, a los ejércitos pequeños, a las nuevas misiones de reconstrucción y a los dividendos de la paz. Era la tendencia. Yo, en ese momento, donde tenía el ojo era en estar entre los fundadores del euro y me alineaba con la Francia de Chirac, que suprimió la mili por sorpresa. No había riesgos para España. Tras la invasión de Ucrania, hemos vuelto a la defensa territorial y se comienza a invertir a tope. Estamos en otro momento”.—¿Fue complicada la negociación con los catalanes en el hotel Majestic de Barcelona para acabar con la mili en España a cambio de ser investido presidente?—No hubo la mínima tensión. Tuvimos tiempo para reflexionar. Hoy, un pacto así sería impensable. Aquellas reglas de juego ya no existen. Se discutía de temas importantes conforme a los consensos básicos de la Constitución, y la Constitución estaba en los compromisos.—¿Me lo puede explicar?—Lo del Majestic es transparente, tengo el pacto colgado en mi web. Para nosotros, el acuerdo con Pujol era factible porque era un pacto general para todas las comunidades autónomas. Valía para toda España, era para todos, y CiU participaba en eso. Era un pacto dentro del compromiso de la Constitución. Y, entre otros asuntos que acordamos, quitar la mili era bueno para toda España, no solo para Cataluña. Si hubiera sido un pacto parcial o de privilegio para un territorio, no hubiera funcionado. Pero suponía mejorar la democracia y ser un país más abierto y con más peso. Y en 1999 entramos en el euro y en 2000 logramos la mayoría absoluta.—¿Ve factible el regreso del servicio militar a España?—No. Y crear un sistema mixto es complicado. No podemos tener dos ejércitos, uno que funcione y otro B que no funcione, porque es carísimo. Además, si la mili regresara a España, solo irían los que no tuvieran más remedio de las comunidades gobernadas por el PP, porque los vascos y los catalanes no iban a ir. Lo que España necesita es un debate de cómo se expresa el nivel de compromiso del ciudadano con su país. Y eso es previo al diseño de unas nuevas Fuerzas Armadas. No es cuestión de dinero, sino de decisión política y ser fiel a nuestras alianzas. Y yo quiero una España ambiciosa.La contraparte del PP en el Pacto del Majestic fue el veterano político catalán (antes en CiU y hoy en ERC) Carles Campuzano. En 1996 era presidente de las juventudes de Convergència, la palanca indepe de la coalición. Él y su organización apretaron las tuercas a los santones del catalanismo para que exigieran el final de la mili a Aznar. “Si no, nos negábamos a ese pacto de investidura”, dice Campuzano, que afirma que no hubo ninguna tensión con la derecha española. “Para el PP, quitar la mili con el objetivo de lograr la investidura fue tener un sentido de cesión que tendría que ser habitual en toda política”, concluye.Raúl Molleda, de 57 años, aún recuerda con desazón cada noche de aquel año largo que estuvo encarcelado en el penal del Dueso entre 1994 y 1995. Era el único insumiso en la cárcel. El único preso que estaba por su voluntad: “Era como si me pusieran cada noche una sábana de cemento más pesada y que me aplastaba más”. La imagen de Molleda en aquella cárcel fue portada de El País Semanal en julio de 1994, en un reportaje sobre la lucha de los insumisos en España titulado ‘Rebeldes contra la mili’. No nos habíamos vuelto a ver desde entonces. En una silenciosa placita santanderina, el joven luchador de 1994 es hoy un maduro razonablemente desencantado: “No veo que los chavales se junten para luchar, pero no me arrepiento de nada”. En una frase de aquella entrevista aún concentra su forma de entender el mundo: “Mis enemigos no son los marroquíes, sino el paro, la destrucción del medio ambiente, la pobreza, las malas condiciones de vida… De todo esto no me puede defender ningún ejército”. Hoy, piensa igual: “Aquello valió la pena, pero los avances sociales de cada momento no se regalan”.Nadie en este reportaje ha apostado por la resurrección del servicio militar. Pero podría volver mañana sin grandes avatares legislativos. Para empezar, el artículo 30 de la Constitución indica de forma ambigua: “Los españoles tienen el derecho y el deber de defender a España”. Por si fuera poco, la Ley de Régimen del Personal de las Fuerzas Armadas no “suprimió” el servicio militar, sino que lo “suspendió”, por iniciativa del entonces subsecretario de Defensa, Adolfo Menéndez, encargado de redactar la ley. Hoy, lo explica: “Lo de suspensión en vez de supresión fue mío. Yo no quería que fuera algo fijo e inamovible y suspender es una medida cautelar. El problema era que los nacionalistas aceptaran, pero se aprobó. Al solo suspenderse, podría reactivarse mediante esa misma ley. No era un punto final, si pasaba algo catastrófico teníamos un elemento de eficiencia rápido. Suspendíamos, ya no había reclutas, pero no se cerraba el tema. Se le dio muchas vueltas, el efecto práctico era que se acababa, pero jurídicamente se suspendía, lo que es diferente”.Hay aún otro tercer motivo que podría poner en marcha el reclutamiento obligatorio, concentrado en el artículo 136 de la Ley 39/2007 de la Carrera Militar, que crea la figura del “reservista obligatorio”. El artículo dispone: “El Gobierno, obtenida la autorización, establecerá, mediante real decreto, las normas para la declaración general de reservistas obligatorios que afectará a los que en el año cumplan una edad comprendida entre 19 y 25 años”. En algún lugar recóndito de la Administración deben andar esas listas de los llamados a servir a España. ¿Habrá mujeres? Y, llegado el caso, ¿lucharían esos jóvenes por España?
¿Lucharías por tu país? Los nuevos retos de España en defensa 25 años después del fin de la mili
Tras la guerra en Ucrania, Europa se rearma y el servicio militar ha vuelto a los vecinos de Rusia y centra el debate público en Francia y Alemania. Nadie cree en su reimplantación en España, pero en tiempos de amenazas la cuestión es qué tipo de ejército necesitamos
España abolió la leva en 2001 tras masivo movimiento de objeción de conciencia, transformando reclutas generalistas en fuerzas profesionales, tecnológicas y especializadas. Transición institucional con presupuestos reducidos que priorizó especialización sobre cobertura de población.








