Las ciudades parecen remodelar el comportamiento de quienes las habitan. Una idea que, de acuerdo con una reciente investigación, incluye a diversas especies de animales. Se trata de un amplio análisis internacional que acaba de reunir décadas de estudios sobre fauna urbana y concluye que los animales que viven en estos entornos son, en promedio, más audaces, más agresivos, más activos y más exploradores que sus congéneres de ambientes naturales. La revisión científica, basada en 81 estudios y 279 comparaciones conductuales, es la síntesis cuantitativa más extensa sobre cómo la urbanización altera el comportamiento animal a escala global. Acaba de ser publicada en el Journal of Animal Ecology, la revista de la Sociedad Ecológica Británica, y abarca aves, mamíferos, reptiles, anfibios e insectos. De acuerdo con los investigadores Tracy T. Burkhard, Ana Charmantier y Ned A. Dochtermann, las ciudades podrían estar actuando como un gigantesco filtro evolutivo que favorece determinados tipos de personalidad. La bióloga Burkhard, profesora asistente en el Lewis & Clark College, Estados Unidos, y primera autora de la investigación, explica que lo que el estudio defiende es que, debido a que identificaron respuestas similares, independientemente de la especie y del lugar del mundo, “las ciudades están creando un conjunto de condiciones ambientales parecidas para los animales”. Según esta investigadora, las urbes cuentan con un contexto ecológico similar: fragmentación de hábitats, aumento de temperaturas, contaminación, ruido y nuevas fuentes de alimento. En este entorno, apunta, “determinados comportamientos tienen ventaja”. “Ya sea porque solo los animales más atrevidos pueden sobrevivir allí o porque incluso para entrar en esas ciudades hay que ser suficientemente valiente”, subraya. Más urbanos, más audacesLa señal predominante encontrada por los investigadores fue el aumento de la audacia. En biología, explica Burkhard, la audacia se define como una mayor disposición a asumir riesgos. Por ejemplo, un pájaro que tolera mejor la proximidad humana puede acceder a comida en plazas y terrazas. Un roedor más atrevido puede aprovechar residuos urbanos. Un lagarto menos temeroso puede sobrevivir en superficies artificiales calientes y expuestas, ejemplifica la investigadora. Desde hace años, subraya el estudio, ecólogos urbanos sospechan que las urbes favorecen a las especies más flexibles. Pero hasta ahora no contaban con una evaluación global capaz de cuantificar el fenómeno entre especies y continentes.Sin embargo, los expertos advierten de que casi tres cuartas partes de los datos procedían de aves. Los mamíferos estuvieron mucho menos representados, y anfibios, reptiles e insectos apenas contaban con unas pocas observaciones. Eso, denuncian, resulta especialmente problemático para estos grupos, organismos extremadamente sensibles a la temperatura y a los cambios ambientales urbanos. “Muchos anfibios y reptiles dependen completamente de la temperatura para procesos biológicos fundamentales”, explica Burkhard. “Es muy posible que estén respondiendo de manera aún más extrema de lo que estamos observando en aves”.Además, Europa y Norteamérica concentran la mayor parte de los datos, mientras que regiones con enorme biodiversidad, como gran parte de África o América Latina, apenas aparecen representadas. “Nos falta mucha información sobre diferentes partes del mundo y sobre muchos tipos de especies”, afirma la bióloga. En esa línea, la bióloga Zaida Ortega, especialista que no participó en la investigación, considera que “hay un sesgo importante hacia ciudades del norte global y occidentales”. “De haber diferencias entre ciudades, es posible que estos efectos se deban a características comunes de los entornos urbanos, como la contaminación y el ruido”, apunta esta profesora de Biodiversidad en la Universidad de León.Un mundo diseñado para ciertas especies El trabajo también refuerza la idea de que la urbanización no afecta por igual a toda la biodiversidad. Las ciudades favorecen a determinadas especies mientras expulsan a otras. Palomas, gorriones, ratas, zorros urbanos o mapaches parecen adaptarse gracias a comportamientos flexibles y tolerancia al ser humano. En cambio, otras especies más sensibles al ruido van desapareciendo progresivamente. Los investigadores describen este proceso como un filtrado ambiental. Aquí las condiciones urbanas actúan como un tamiz que deja pasar solo a ciertos perfiles. El resultado, apuntan, podría ser una homogenización biológica de las ciudades del mundo. Aunque estén separadas por miles de kilómetros, muchas urbes terminan albergando animales con comportamientos parecidos.Para Ortega, lo que han hecho hasta el momento ha sido mostrar el fenómeno, pero no identificar sus causas. “Tendrán que hacerse estudios futuros para dilucidar si es por adaptación evolutiva o por respuesta flexible al entorno urbano”, apunta.La experta comenta que los estudios experimentales podrían confirmar si efectivamente las ciudades podrían estar actuando como una fuerza de selección que favorece determinadas personalidades animales. “Se me ocurre que pudiera testarse con insectos, como las moscas de la fruta, que tienen tiempos de generación rápido y conocemos muy bien su genética, cogiendo poblaciones silvestres y criándolas en condiciones urbanas, para verificar si los cambios, según van pasando las generaciones, son evolutivos y cómo se producen”, sostiene.Ortega explica que, si llegan individuos con perfiles variados, pero sobreviven o se reproducen mejor los más audaces o exploradores, eso indica una selección natural dentro del ambiente urbano; y, si esos rasgos son heredables y aumentan generación tras generación, podríamos hablar de adaptación evolutiva. El factor luz Un componente urbano que preocupa a los investigadores es la contaminación lumínica. Si bien el metaanálisis no evaluó específicamente el efecto de la luz artificial nocturna, Burkhard considera que su influencia modifica el comportamiento de la fauna, un hecho que ha sido documentado ampliamente. Las noches más brillantes e iluminadas han modificado el horario en el que los pájaros cantan y las tortugas marinas no encuentran el camino al mar por la iluminación costera. La luz artificial ha alterado patrones de la actividad diaria, como estos, pero también la producción hormonal e incluso los propios genes.La bióloga recuerda que muchas aves migratorias utilizan las estrellas y la luna para orientarse, y que las luces urbanas alteran esas rutas. “Estamos cambiando prácticamente todo en el ambiente”, resume. “La luz, la temperatura, incluso cómo huele el entorno”. Para Ortega, mejorar la coexistencia entre humanos y animales en las ciudades es todavía una tarea pendiente: “Además de por esos seres, debemos hacerlo por nosotros. Está demostrado que la presencia de muchas especies en las ciudades aporta bienestar psicológico a las personas”.