Imaginen que Cervantes o Tolstoi hubiesen querido que en su epitafio se recordase que habían luchado en Lepanto o Crimea o que las últimas voluntades de los epitafios de Hemingway o Orwell hubieran sido que vivieron en primera persona la Guerra Civil Española. No son pocos los ejemplos de escritores-soldados, escritores-enfermeros o escritores-corresponsales, entre otros Descartes, Nietzsche, Wittgenstein, Jünger o Pérez Reverte. Lo inverosímil, como en la buena literatura, es realidad en Esquilo (525-456 a.C.), que no quiso ser recordado en su epitafio por ser el padre de la tragedia ática, sino por haber combatido contra los persas en Maratón.Marta González González propone una relectura novedosa de Esquilo al ampliar el angular desde la consagrada condición de miembro de la tríada de grandes tragediógrafos formada por él, Sófocles y Eurípides, hacia una dimensión más traumática, vivencial y tan clásica como las otras tramas de sus tragedias: la de testigo —y en cierto modo cronista, si pensamos en su única tragedia histórica, Los persas— de la violencia bélica y las guerras de devastación. Un mérito no menor del ensayo es incorporar la perpectiva de género, porque no siempre es la misma la suerte de los hombres y las mujeres en la guerra, y como defiende la autora, aquí hay tema de reflexión porque ellas, mujeres y niñas, si no son, como los varones, exterminadas, son dominadas y explotadas como cautivas de guerra.La tesis central del volumen es inequívoca: Esquilo no solo dramatizó luchas míticas, sino que articuló una poética de la guerra —como antes Homero en la Ilíada con la bella muerte de Aquiles o Héctor y el trágico destino de Andrómaca o Hécuba— profundamente marcada por su experiencia como combatiente en Maratón y Salamina. González González sitúa ese episodio biográfico en el epicentro de su interpretación, defendiendo que las tragedias de Esquilo, como género ciudadano por excelencia, de la totalidad de la polis, definen un espacio simbólico del trauma colectivo que nos invita también a reflexionar sobre el enigma de lo que el espectador se llevaba consigo a casa de estos espectáculos. No tratan las tragedias únicamente del drama de héroes y de dioses, sino de los aciertos y errores, de elecciones afortunadas o desafortunadas, de la vulnerabilidad del ser humano y de esa pasión irracional por la voluntad de poder que destruye vidas, devasta y arruina comunidades cívicas.Junto a la dimensión política o religiosa de las mujeres en las tragedias de Esquilo, la autora destaca su rol de portavoces de los vencidosMarta González González es una reconocida especialista de los estudios de género en nuestro país y alguien desconfiará por ello de que su libro preste demasiada atención a las voces subalternas, las de las mujeres en particular. Nada más a ajeno a la verdad porque su enfoque es ecuánime desde el principio, incluso cuando denuncia una cierta tendencia a exagerar las polaridades masculino/femenino en los análisis de los textos de la Antigüedad. Sin desatender la dimensión política o religiosa de las tragedias, la autora destaca cómo figuras como Casandra, las suplicantes o las mujeres de Tebas, deben ser vistas también en su rol de portavoces de los vencidos. En este sentido, el ensayo analiza la perspectiva de las víctimas, destacando cuestiones como la violencia sexual, el exilio o el duelo, pero sin caer en lo que lúcidamente Pascal Bruckner ha denunciado como el mal hábito de nuestra sociedad victimista de convertir a la víctima en héroe y erigir el sufrimiento en valor supremo en detrimento de los verdaderos desgraciados.Una estructura que alterna capítulos temáticos con otros centrados en tragedias concretas nos muestra que Esquilo fue un poeta de la guerra porque supo analizar las contradicciones morales del conflicto y el dolor del enemigo o la suerte del vencido. Quizás se podría objetar a la autora que se mueve más cómodamente en el ámbito de la historia cultural que en de la historia político-militar, pero su honesto enfoque nos enseña a descubrir en la lectura de Esquilo un ejercicio de empatía, algo que en su tiempo se definió como simpatía o capacidad de sentir o sufrir con el otro.Al interpretar humanamente a Esquilo como un autor profundamente marcado por la experiencia de la guerra, se lo convierte en un lúcido interlocutor para comprender esa nada complaciente propensión del ser humano, como diría Heráclito, en hacer de la guerra el padre y el rey de todas las cosas.
La tragedia griega desde la visión del soldado Esquilo
Marta González González propone releer al autor griego, uno de los grandes tragediógrafos junto a Sófocles y Eurípides, como testigo de la violencia bélica y las guerras de devastación en Maratón y Salamina











