Los dos que antaño hablaban por teléfono (o los dos que hoy en día hablan, aunque es más raro que eso pase) no sentían ni pensaban ni suponían que estaban juntos. Existía, por así decir, una conciencia de lo separado. Incluso en el singular efecto de cercanía que aquella tecnología era capaz de producir (la voz del otro en el oído, concretamente), persistía pese a todo lo real de la distancia, la evidencia de que la otra persona, para bien o para mal, como ventaja o como desventaja, para preferirlo o para lamentarlo, en verdad no estaba ahí. A las videollamadas, en cambio, que es lo mismo pero con imagen, se las suele llamar “reunión” (el propio dispositivo así lo hace e induce a hacerlo). Ya se ha dicho, y es notorio, que esa clase de maniobras verbales son frecuentes en esta clase de cosas: que eso que en Facebook se llama amistad no expresa sino su puesta en crisis, que eso que se llama aula en la educación por computadora no es sino su abolición de hecho, que en las citas de los sitios de citas lo que en principio se suple es precisamente la cita, que la palabra contacto recae a menudo justo ahí donde no existe contacto alguno. El recurso a la videollamada puede ser muy valedero en reemplazo de la reunión, ya sea porque la reunión resulta imposible de concretar, ya sea porque no se la desea y es bueno evitarla; lo raro es en cualquier caso que se la siga llamando reunión, cuando es justo lo que la impide. La palabra no es inocua (las palabras en general no lo son) y puede suscitar entonces la impresión de haberse reunido, la ilusión de haberlo estado; figuración de cuerpos concretos compartiendo un mismo espacio y respirando un mismo aire (como observó Bifo Berardi: de ahí viene la palabra conspiración), cuando en verdad lo que imperó es el aislamiento, el estar solo de cada cual, el apartarse unos de otros, el no haberse ni siquiera acercado.