La tecnología ha puesto a nuestro servicio todo tipo de aplicaciones de mensajería, videoconferencias y ‘chats’ en grupo. Pero cada vez más jóvenes descubren que, a veces, lo más efectivo es hablar de viva voz
En Oposición, el último libro de Sara Mesa, aparece un funcionario al que expedientan porque agilizaba las gestiones de los ciudadanos comunicándose con ellos por teléfono. Así ahorraba un montón de enrevesados trámites que, a pesar de algunos detalles ficticios, resultan reconocibles para cualquier lector acostumbrado a tratar con las administraciones públicas. Pese a sus buenas intenciones, aquel personaje es sancionado por usar las llamadas para ganar tiempo y algo parecido le ocurre a K, el protagonista de ...
El Castillo, cuando intenta usar los teléfonos de su posada para que le aclaren algo sobre su confuso trabajo como agrimensor. Aunque la novela de Mesa gira en torno a complejos protocolos y servicios online y en la de Kafka (escrita un siglo antes), K. todavía recurre a mensajeros a caballo, en ambas el teléfono, con su inmediatez, representa una posible solución inteligente y rápida para los problemas de comunicación que dos instituciones ineficaces y sordas se niegan a resolver.






