Pobre Iván Cepeda, candidato de un gobierno que lo hizo mal y que ni siquiera en sus últimos estertores fue capaz de al menos reconocer sus errores. Pobres votantes de la oposición, conminados a votar por un abogado que ya no ejerce, pero que mientras lo hizo fungió más como defensor de aquellos que nos han robado la paz. ¿Cómo creer en las buenas intenciones de aquel que durante cuatro años defendió o calló ante las vanidosas y egocéntricas estrategias de un presidente que prometió reconciliar a Colombia y terminó ahogándola en el océano de la división? ¿Cómo creer en el país de ensueño que propone un candidato que, apoyado en los sectores más reaccionarios, promete hacer de Colombia un país en el que se hará lo que las mayorías determinen, cuando lo que la historia ha demostrado a la humanidad es que las mayorías generalmente se dejan llevar por la emoción antes que por la razón? Nunca pensé tener que escribir esto, pero ante el panorama que nos espera el domingo de la próxima semana prefiero sumergirme en esa realidad paralela, feliz y anestesiada, que ofrecen las banderas, las camisetas, la radio con sus grandilocuentes locutores, los televisores todos en el mismo canal, los gritos de gol y las frases prefabricadas que unos y otros repiten como si fueran el eco imposible de un país que no nos tocó vivir: “vamos a ganar”, “hay con qué”, “sí, sí, Colombia”. Pero no. El juego es juego —por eso me molesta la histeria colectiva que genera el fútbol— mientras que la vida es la vida y Colombia es una realidad de 1.140 millones de kilómetros cuadrados y 50 millones de personas infinitamente superior a aquella del rectángulo de 100 metros por 70 metros de un campo de fútbol. En la vida real, en la Colombia despojada de las camisetas y los botines de fútbol, veo difícil ganar, no hay con qué y lo que se siente es una exclamación adolorida que alerta “no, no, Colombia, por ahí no”. ¿Cómo creer en los partidos políticos que durante cuatro años hicieron zancadilla a las reformas del actual gobierno siendo que varias de las iniciativas que llegaron al Congreso eran, son y serán necesarias? ¿Cómo creer en los partidos de la actual coalición de gobierno que durante cuatro años trataron a la oposición como si esta no tuviera ningún valor? Todos tenemos un poco de culpa, pero son los grandes líderes quienes cargan con la mayor parte de la responsabilidad. Álvaro Uribe, el ultracatólico que nunca entendió uno de los principales preceptos de Jesús: perdona a los que te ofenden. Gustavo Petro, el populista que se creyó heredero de Bolívar y por eso libró una guerra contra su propio país mientras en sueños se veía vistiendo una casaca pasada de moda con hilos dorados y charreteras de oro. Los empresarios que se rehúsan a reunirse con uno de los nuevos candidatos sólo porque se trata del candidato del presidente. Los sindicatos, como el de los profesores, que prefieren seguir haciéndose los ciegos, sordos y mudos ante los incumplimientos de un gobierno de izquierda más interesado en derrochar que en repartir bien. Llega la recta final de una elección que como todas las anteriores es definitiva. Pero hay una gran diferencia: ahora creer en un mejor futuro resulta imposible pues el egoísmo triunfó.