Ahí donde naturaleza y cultura se juntan, bailan y se pelean, la literatura de Gabriela Jauregui florece. Hay algo siempre animal en los libros de la escritora mexicana, algo también siempre humano. “Ese espacio de fricción, de falsa separación, es mi obsesión”, dice ella, y sus aretes de cara de zorro tintinean y confirman su argumento. Por si quedaban dudas, es la hembra de este mamífero quien pone el nombre y el misterio a su enigmática segunda novela, Zorra (Sexto Piso en México, Lava en España), una suerte de fábula que transcurre en un futuro tan próximo que es casi presente. “Entre las pandemias sin fin y las guerras en países cada vez más cercanos en el mapa”, resumirán sus protagonistas, Ella y Él, desprovistos de cualquier nombre propio. Podríamos ser cualquiera. “Para explorar el presente, me sirve mucho generar cierta ilusión de distancia. Todo está un poquito fuera de lugar, pero suficientemente cercano para que no sea fantasía total”, desarrolla la autora (Ciudad de México, 47 años), que conversa con este periódico en una céntrica cafetería de la capital mexicana, días antes de desembarcar en Madrid para la Feria del Libro. Allí estará firmando este fin de semana antes de viajar por varias ciudades españolas para la promoción del libro. Los personajes de Zorra son una pareja que decide huir de la ciudad y el mundo del trabajo asociado al entorno urbano e instalarse en un pequeño rancho donde tratan de cultivar y criar lo justo y necesario para poder mantenerse ellos y su bucólico modo de vida. Pero el sueño se resquebraja pronto: la naturaleza se resiste a darles lo que ellos quieren y la rutina arrasa cualquier resquicio de deseo que quedara entre los dos. “Viven demasiado de ellos mismos, de sus palabras que cada vez son menos, de sus cuerpos”, dirá el narrador. “Me di cuenta durante la pandemia de que nunca había pasado tanto tiempo con las mismas personas desde que me fui al kinder [educación preescolar], con cuatro o cinco años”, completa la escritora, que aprovechó la coyuntura pandémica para mudarse al campo. “Era una rata chilanga y me volví un ratón de campo”, se ríe. Ese entorno rural que hoy regresa con fuerza y es romantizado en redes sociales no es siempre tan idílico como parece en la imaginación o las fotografías. “Una cosa es el campo de Instagram y las tradwives [esposas tradicionales], y otra cosa es lo que implica materialmente estar, trabajar y vivir en esa naturaleza con toda su ferocidad. Y su belleza, en muchos casos, pero también su dificultad”, reflexiona la autora, que ve en ciertas narrativas dulces una forma de esconder realidades más incómodas. “En México, específicamente, quienes defienden el territorio son asesinados por arraigarse y defenderlo y no quererse mover del campo”, ejemplifica.Con la misma naturalidad con la que navega en esa fricción entre lo natural y lo humano, Gabriela Jauregui se adentra en las zonas grises de la intimidad y el deseo. También ahí se desdibujan los límites de lo animal. “Hice un esfuerzo por que quedara lo más ambiguo posible”, dice ella, en el límite exacto entre el realismo y la fantasía. Tanto la zorra del título del libro que merodea por el rancho para robarse las gallinas (una criatura que le interesaba especialmente porque “existe en todas las mitologías de todos los continentes”) como una extraña visitante que llega para agitar la instalada rutina de la pareja protagonista, despiertan en ellos algo más que la curiosidad. ¿Puede una pareja sobrevivir a la soledad total y al aburrimiento? “Es una gran pregunta y también es un cuestionamiento de lo que se espera de las parejas heterosexuales. Es una pésima idea que todo dependa de la familia nuclear. ¿Qué pasa cuando eso se resquebraja?”, se pregunta la autora, y se responde seguidamente: “Pueden surgir cosas mucho más bellas”.Después de Feral (Sexto Piso, 2022), una primera novela que la catapultó al éxito, Jauregui buscaba algo más acotado, corto y lejos de las voces corales o los puntos de vista múltiples que destacaban en su libro anterior. Fueron nueve años para escribir aquella historia en la que unas archivistas del futuro reconstruían desde su madriguera el feminicidio de una joven. Otra vez los tiempos y la animalidad. La escritora mexicana ha explorado todos los géneros, de la poesía al ensayo, y en todos salen a flote, de una forma u otra, sus preocupaciones. Por ejemplo, dice, “el deseo de lo femenino”. El experimento de hacer algo manejable, sin embargo, comienza y termina con Zorra. La nueva novela en la que ya trabaja se le está “desbordando” como la primera, ríe, pero espera no volver a tardar tanto tiempo en escribirla.Autora del libro de cuentos La memoria de las cosas (Sexto Piso, 2025) y del poemario Leash Seeks Lost Bitch (Song Cave, 2016), entre otros, la narradora salta con frecuencia al papel de editora en la colección Tsunami, de la misma casa editorial que su última novela. Ese es, dice, “el gran privilegio” de su vida. Porque ahí se dan cita algunas de las autoras mexicanas contemporáneas más importantes para reflexionar sobre los problemas más acuciantes de cada momento, de la violencia de género a la territorial. Por ella han pasado Cristina Rivera Garza, Margo Glantz, Daniela Rea, Aura García-Junco, Lydia Cacho o Valeria Luiselli, entre tantas. A veces le reclaman cuándo llegará el cuarto número, pero ella se sacude la pregunta con humor: “No son enchiladas, joven”. Tampoco “una franquicia de Starbucks”. Saldrá cuando sientan la necesidad de armarse con palabras.Muchas de las escritoras que desfilan por esas páginas impulsaron en 2019 un Me Too en México que señalaba los comportamientos de sus compañeros escritores. En 2020 se produjo una poderosa marcha y luego, la pandemia como un vendaval. “De pronto, todas estábamos ahí encerradas o, quienes no, ultraprecarizadas y puestas en riesgo”, rememora. Algunas cosas han cambiado desde entonces, dice esperanzada, empezando por “el chistecito misógino” que ahora despierta incomodidad también entre sus pares masculinos. Otras, no tanto. “Tratamos de poner reglas del juego en nuestros ámbitos, en las editoriales… y luego el mundo viene y te da una bofetada inmensa, como esos sitios web”, dice en alusión al caso de Gisèle Pelicot, la mujer francesa que fue explotada sexualmente por su marido durante años sin que ella, drogada e inconsciente, lo supiera. “Todo se siente pequeñísimo contra esa monstruosidad”, completa. Aún así, esas cosas que parecen pequeñísimas van marcando la diferencia, apunta también. “Cada vez hay más autoras jóvenes que están publicando, autopublicándose, haciendo pequeñas editoriales o siendo invitadas a escribir en las grandes”, enumera: “Eso no sucedía cuando yo tenía 30 años. Somos muchísimas autoras en un país en el que ocurren 10 feminicidios al día. Es un triunfo inmenso”, señala, y agrega: “No solo estar aquí, publicar nuestros puntos de vista, nuestros imaginarios, nuestros deseos”. “Se deben celebrar esas cosas para seguir encontrando razones para batallar”, valora. La tristeza y la frustración desmovilizan y desarticulan políticamente los movimientos: “Hay que nombrar la belleza, la alegría, lo bonito y todos los logros”.
La voz feminista de Gabriela Jauregui entra en la feroz naturaleza: “Cuando se rompe la familia nuclear surgen cosas más bellas”
La escritora y editora mexicana disecciona en ‘Zorra’, su nueva novela, las raíces del deseo y la intimidad







