Gout Gout debuta con los mayores en la Diamond League de Oslo y y es como chocar a en la curva de salida de los 200m con un muro de hormigón que se mueve a casi 40 kilómetros por hora, relajado, perfecto de movimientos, sin aspavientos, llamado Letsile Tebogo, un campeón olímpico de 200m que si compasión le muestra físicamente la distancia que les separa. Gout Gout, hijo de refugiados somalíes en Australia, llega a los 18 al gran escenario del atletismo precedido de una fama tremenda sembrada y crecida en las redes que bombardean de madrugada a los aficionados con sus proezas. Es el hijo de Usain Bolt, proclaman extasiados, porque es muy alto y desgarbado, y corre muy deprisa, tanto que hace dos meses, una tarde de abril y viento a favor en Sidney (+1,7 m/s en la recta) le ha quitado al jamaicano insuperable el récord del mundo júnior de los 200m (19,67s), y es aún la mejor marca mundial del año. No la mejora Tebogo, que se queda en 19,84s en el Bislett Stadium un atardecer de Oslo sin viento, nublado y muy frío para la velocidad (14 grados), y se relaja en los últimos 30 metros, sin llegar a fondo. Al fondo de la clase, Gout Gout, se pierde en la curva, agita los hombros, mueve los brazos desacompasados, parece un pajarito frágil, flaquito. Termina en 20,60s, ocho metros más atrás, y Tebogo se acerca y le dice, que no se te llene la cabeza de pájaros, niño, olvídate de las redes, no te creas todo lo que lees, vuelve a correr contra los juveniles, trabaja duro y llegarás. No tendrá tiempo de asimilar el consejo. El australiano desafiará la spróxima semana a su amigo Noah Lyles en una carrera de 150 metros.Cuando ven llegar a un joven a robarles la gloria, los viejos campeones, más asustados de lo que hacen ver y creen, suelen ser condescendientes, hermanos mayores con aires paternalistas que saben de qué va la cosa, crece chaval, dale duro y llegarás, pero no te atrevas a desafiarme. Algo así le dijo en 2024 el campeón olímpico Grant Holloway, el gigante de las vallas la última década, a un jovencito de 18 años llamado Ja’Kobe Tharp, un estudiante de primer año de Auburn, que acababa de batir el récord estadounidense juvenil en los 110 m vallas, con un tiempo de 13,18 que borraba un nombre mítico, el de Renaldo Nehemiah, que llevaba campando imbatido 46 años. En las gradas del estadio de Gainesville (Florida) aplaudía Holloway, que se acercó al ganador. “Me dio la mano y me felicitó”, contaba Tharp. “Me dijo: “Sigue trabajando, y muéstranos todo lo que tienes que ofrecer”. Tharp, un joven muy espigado (1,94m y apenas 76 kilos), había intentado entrar en el equipo de baloncesto del instituto para imitar a sus padres, ambos jugadores de baloncesto en Tennessee, pero le rechazaron. Se fue al atletismo, donde su ligereza de pies, sus largas piernas y su potencia y capacidad de salto –era capaz de machacar la canasta en mates espectaculares saltando desde la línea de tiros libres—le condujeron no al triple salto, tan dañino, sino hacia las vallas altas, pese a que le asustaban y temía tropezarse en todas, y se pasaba horas viendo vídeos de Holloway para aprender la técnica. En la universidad de Auburn (California) se integró en el equipo de velocidad dirigido por Leroy Burrell, velocista de salida atómica, amigo y compañero de Carl Lewis en Santa Mónica y también plusmarquista mundial de los 100m (9,85s). Allí le resetearon. Le hicieron olvidar todo lo que había aprendido. Le enseñaron a salir como es debido, a llegar a la primera valla en siete pasos y a acelerar fluido, no una racha de viento violenta, sino un huracán permanente que se intensifica según avanza y a partir de la quinta valla deja un vacío entre él y el resto del mundo. “Lo desmontamos hasta los tornillos y lo reconstruimos para que quedara como está ahora”, explicaba Ken Harnden, su entrenador de vallas, en el Track and Field News. “Lo que hacía en el instituto no tiene nada que ver”.Aunque en el Mundial de Tokio en el que Llopis fue cuarto, Tharp terminó sexto y llegaba a los campeonatos con una mejor marca de 13,01s, al prodigio se le venía venir desde lejos –campeón del mundo júnior, campeón universitario de Estados Unidos, imbatido en 110m y 60m vallas, campeón nacional, 7,32s en los 60 vallas este invierno, la tercera mejor marca de la historia--, pero nadie esperaba que el huracán alcanzara la velocidad con que sopló esta madrugada en la pista de Hayward Field, en Eugene (Oregón), la catedral del atletismo en Estados Unidos, donde batió el récord del mundo (12,75s, +1.0 m/s) en las semifinales de los campeonatos de la NCAA, a donde llegaba imbatido todo el año. Europa se despertó boquiabierta leyendo las noticias que llegaban del oeste, y viendo los vídeos de una carrera en la que Tharp, sin dar la impresión realmente de que estuviera haciendo algo excepcional, dejaba al segundo a más de cinco metros, un abismo en vallas, y rebajaba en cinco centésimas la plusmarca de 12,80s que su compatriota Aries Merritt había clavado en 2012. Y, de paso, batía el por 23 centésimas el récord universitario (12,98s) que mantenía desde hacía siete años el mismo Grant Holloway que tan paternal fue con él.“El entrenador solo me dijo: ‘Hazlo’, pero mis tres últimas vallas fueron un desastre. Pensaba, “vale, he corrido en 12,98, 12,97 he batido el récord de Holloway. Estoy tranquilo, más para mañana [madrugada del sábado en España]”, declaró en la ESPN el nuevo plusmarquista. “¿12,75? Tengo más en las piernas. No tengo palabras. Me he quedado sin habla. No ha sido una carrera perfecta. De verdad que no sé qué decir. No sé, no sé”.Como Tharp, como quizás haga Gout Gout, ningún joven suele picar en los sermones de los mayores, como el niño prodigio del medio fondo Cooper Lutkenhaus, un rubito tejano que inesperado irrumpió bruscamente en la elite mundial clasificándose para los pasados Mundiales a los 16 años. Cayó eliminado en la primera ronda, y a su alrededor brotó un coro, liderado por el campeón intocable, Emmanuel Wanyonyi, tienes que aprender, chaval, está bien que te enfrentes a nosotros, hombres hechos y derechos, pero tómate tu tiempo. Menos de un año después, este junio, Lutkenhaus desembarca en Europa para debutar en la Diamond League. Llega ya coronado campeón del mundo en pista cubierta, pero aún no se ha cruzado con los mejores al aire libre. En Estocolmo, en el primer mitin, el domingo pasado, el tejanito ganó tranquilo; en el segundo, los Bislett de Oslo este miércoles pasado, se enfrentaba por primera vez a Wanyonyi, el keniano que aterroriza los 800m desde hace dos años, campeón del mundo, campeón olímpico a los 20, su hermano mayor. Como es su costumbre Wanyonyi se pega a la liebre (49,80s el 400), preparado para cambiar largo a los 600m e irse solo, toda la pantalla para él, como siempre. Sin embargo, algo, quizás un rayo, un pájaro, un avión, le sorprende al inicio contrarrecta, cuando la liebre le ha dejado al frente, una sombra rubia que sin casi abrir la boca, sereno, acelera y le adelanta y toma unos metros de ventaja (1m 16,10s los 600m). Wanyonyi, dueño de uno de los mejores finales que se conocen, un vendaval, espera, se carga y a 50 metros esprinta hacia Lutkenhaus. Nunca ha perdido en una de esas. Alcanza al tejano en la línea final, pero no le supera. Como si le fuera la vida en ello, el juvenil se lanza sobre la raya y cae al suelo. Ha ganado por una centésima, 1m 42,08s, la mejor marca de su vida, la mejor marca mundial del año que comienza. Wanyonyi, consciente de que el niño ya no es un niño, se acerca y le ayuda a levantarse del suelo. Le reconoce como uno de los suyos. Es la sexta victoria del año de Lutkenhaus, imbatido. Ya le llaman Superman con zapatillas de clavos.