Llega la primera terraza del año, la primera tarde en el parque en manga corta o, directamente, el primer día de playa. La piel está blanca, el sol no parece tan fuerte como en agosto, y tenemos la guardia baja. Es exactamente el momento en que el sol nos puede hacer más daño, pero también el más fácil de prevenir con dos o tres gestos básicos.
La radiación ultravioleta tiene dos componentes principales con efectos distintos. La radiación UVB es responsable de las quemaduras visibles: el enrojecimiento, la inflamación y piel que se pela horas o días después de una exposición al sol.
La radiación UVA, la misma que se vendía en los centros de bronceado no hace tanto, es más insidiosa. Penetra más profundo en la dermis y es la principal responsable del envejecimiento cutáneo prematuro, de la aparición de manchas y de las alteraciones en el ADN de las células que, acumuladas durante años, aumentan el riesgo de cáncer de piel.
“Los filtros solares nos protegen de la radiación ultravioleta B y también de la ultravioleta A, que es la mayor responsable del daño al ADN de las células, de las mutaciones por alteraciones en los puentes de pirimidina. Cambios que son para siempre”, explica el doctor José Luis López Estebaranz, dermatólogo y director de la Clínica Dermomedic de Madrid.









