Sale del colegio y va directo a Inglés. Después tiene entrenamiento y, más tarde, clases de música. Y cuando por fin llega a casa, apenas le queda tiempo para jugar. Buena parte de su jornada ha transcurrido en espacios diseñados por adultos, siguiendo horarios fijados por adultos y participando en actividades organizadas por adultos. En una época en la que las familias dedican enormes esfuerzos a elegir colegio, actividades extraescolares o métodos educativos, pocas veces se plantean una pregunta distinta: ¿qué aprenden los niños de los espacios que frecuentan cada día?Para Alexandra Lange, la cuestión no es menor. La crítica estadounidense sostiene que el aprendizaje no se produce únicamente en las aulas. También sucede en las calles, en los parques, en los trayectos cotidianos, en los juguetes que los niños utilizan y en la libertad —o la falta de ella— que tienen para explorar el mundo por sí mismos. El entorno, argumenta, también educa.Ganadora del Premio Pulitzer de la Crítica en 2025 y autora de El diseño de la infancia. Cómo el mundo material moldea a los niños independientes (Capitán Swing), Lange lleva años estudiando cómo los espacios y objetos que rodean a la infancia transmiten ideas sobre autonomía, creatividad, seguridad o riesgo. Y llega a una conclusión incómoda: mientras intentamos ofrecer a los niños entornos cada vez más seguros y controlados, podríamos estar reduciendo las oportunidades que tienen para desarrollar iniciativa, imaginación e independencia.En esta conversación con EL PAÍS, reflexiona sobre el papel del entorno como “tercer maestro”, el valor educativo del juego libre, la creciente dificultad para que los niños se muevan con autonomía por las ciudades y las consecuencias de una infancia en la que cada vez quedan menos espacios para decidir, experimentar y equivocarse.Pregunta. Usted sostiene que el aprendizaje va mucho más allá de la escuela. ¿Qué enseñan a los niños los objetos y los espacios que forman parte de su vida cotidiana?Respuesta. Enseñan constantemente. Los niños no aprenden solo en la escuela o en las actividades organizadas por los adultos. Aprenden cuando caminan por la calle con sus padres, cuando juegan en un parque, cuando construyen algo con bloques o cuando observan cómo funciona la ciudad en la que viven. Todos esos entornos y objetos les transmiten lecciones sobre el mundo, sobre cómo relacionarse con otras personas y sobre cómo desenvolverse de manera autónoma.Creo que muchas veces pensamos en la educación como algo que ocurre únicamente en el aula. Pero tanto la escuela como las actividades extraescolares son estructuras organizadas por adultos, y no son los únicos lugares donde los niños aprenden. Por eso es importante prestar atención no solo a lo que les enseñamos, sino también a los espacios y experiencias que ponemos a su alcance.P. ¿Cuándo empezó a fijarse en la influencia que tienen esos objetos y espacios en el desarrollo infantil?R. Empecé a pensar seriamente en esto cuando nació mi primer hijo, que ahora tiene 18 años. De repente, mi casa se llenó de juguetes, ropa y objetos que supuestamente eran educativos. Y como ya trabajaba como crítica de diseño, empecé a preguntarme qué ideas transmitían realmente todas esas cosas y cómo influían en los niños. Recuerdo que gran parte de la ropa para bebés varones en Estados Unidos estaba relacionada con el deporte. Me preguntaba por qué asumimos determinadas cosas sobre los niños desde tan temprano. Busqué respuestas y descubrí que no existía un libro que abordara todas estas cuestiones de forma conjunta. Ahí comenzó a dibujarse El diseño de la infancia.P. En su libro recupera una idea muy presente en algunas corrientes pedagógicas: el entorno como “tercer profesor”. ¿Qué significa exactamente?R. Es un concepto procedente del sistema educativo de Reggio Emilia, en Italia. La idea es que, además de los docentes y las familias, los espacios también enseñan. Creo que es una forma muy útil de pensar los entornos que creamos para los niños: su habitación, la zona de juegos de la casa o los lugares que visitan. Todos esos espacios les enseñan cosas sobre su cuerpo, su mente y la forma en que interactúan con la cultura. Y lo hacen tanto si somos conscientes de ello como si no.Por eso merece la pena reflexionar sobre qué experiencias y oportunidades les estamos ofreciendo. Eso incluye pasar tiempo en la naturaleza, pero también algo tan sencillo como mirar el plano del metro cuando viajan por la ciudad para empezar a comprender cómo funciona el lugar en el que viven.P. Muchos padres buscan juguetes que ayuden a sus hijos a aprender. ¿Qué hace que un juguete sea realmente educativo?R. Hay un principio muy importante que formuló el arquitecto Simon Nicholson en un ensayo titulado How Not to Cheat Children (“Cómo no engañar a los niños”). Su idea era que los diseñadores deberían dar un paso atrás. Muchas veces son ellos quienes se divierten diseñando entornos de juego muy completos, pero dejan poco espacio para que los niños construyan su propio juego.A menudo, los juguetes más simples son los que más enseñan. En mi libro cito The Block Book, que muestra todo lo que los niños pueden aprender con simples bloques de madera: matemáticas, estructura, cooperación, arquitectura... Son objetos que no representan nada concreto, pero precisamente por eso permiten que cada niño los convierta en algo distinto. Si le gustan los animales, construirá animales. Si le interesa el zoo, construirá un zoo. Utilizan esas herramientas para crear su propia versión del mundo, y ahí es donde empieza la imaginación. Si damos a los niños todas las piezas ya definidas, dejamos muy poco espacio para que desarrollen la suya propia.P. Cuando uno entra hoy en una juguetería encuentra cientos de productos que prometen estimular el aprendizaje. ¿Estamos complicando algo que en realidad debería ser mucho más simple?R. Lo que más me llama la atención cuando entro en una juguetería es el exceso: demasiados colores, demasiados tipos de juguetes y demasiadas versiones de la misma idea. Vivimos en una sociedad de abundancia y eso también afecta a la infancia. Creo que tendríamos que volver a lo esencial. Bloques, Lego y algunos materiales de construcción ofrecen posibilidades casi infinitas. El desarrollo infantil no ha cambiado, así que los niños pueden aprender hoy las mismas lecciones fundamentales que aprendían hace cien años con juguetes mucho más sencillos. Si un juguete es bueno, suele ser también atemporal. Cuando mis hijos eran pequeños, cada vez que llegaba a casa una caja grande la dejaba en la zona de juegos. Al poco tiempo empezaban a dibujar sobre ella, a cortarla, a unirla con otras cajas o a convertirla en algo completamente distinto. Varias veces acabamos teniendo enormes construcciones hechas únicamente con cartón en medio del salón. A menudo, la imaginación necesita mucho menos de lo que creemos. P. Usted defiende que los niños necesitan espacios para desarrollar su independencia. ¿Estamos diseñando entornos que fomentan esa autonomía o que la dificultan?R. Podemos diseñar entornos que fomenten la independencia, pero no estoy segura de que lo estemos haciendo en la mayoría de los casos. Si un niño participa únicamente en actividades organizadas por adultos y solo se desplaza de un lugar a otro acompañado por adultos, estamos creando una situación de dependencia.La cuestión es qué ocurre después. ¿Cómo pasa ese niño a hacer cosas por sí mismo cuando tiene 14 o 15 años? ¿Vive en un lugar donde puede moverse con cierta autonomía? ¿Tiene oportunidades para tomar decisiones o explorar el mundo por su cuenta?Creo que deberíamos hacernos esas preguntas mucho más a menudo. Porque la independencia no aparece de repente a una determinada edad: se construye poco a poco a través de las experiencias que ofrecemos a los niños. P. Usted llega a afirmar que hemos hecho la infancia “demasiado segura”. ¿Qué quiere decir exactamente?R. Creo que, en algunos casos, hemos reducido tanto los riesgos que también hemos reducido las oportunidades de aprendizaje. Los niños necesitan enfrentarse a ciertos desafíos para descubrir de qué son capaces. Eso puede significar trepar a un árbol, intentar algo nuevo o asumir pequeñas responsabilidades acordes a su edad.No estoy hablando de exponerlos a peligros graves, sino de permitirles experimentar riesgos razonables. Cuando un niño se cae, se equivoca o fracasa en algo, obtiene información valiosa sobre sus propias capacidades y limitaciones. Así desarrolla confianza en sí mismo. Además, no todos los riesgos son físicos: también existen riesgos emocionales y sociales como hablar con alguien que no conocen, moverse por un entorno nuevo o resolver un problema por su cuenta. Son experiencias que pueden resultar incómodas, pero que forman parte del proceso de crecimiento. P. ¿Qué cambia cuando una sociedad piensa en los niños como consumidores en lugar de como ciudadanos?R. Creo que el mejor ejemplo es la calle. Cuando pensamos en los niños como ciudadanos, empezamos a preguntarnos para quién estamos diseñando realmente el espacio público. ¿Queremos calles pensadas para que los camiones circulen lo más rápido posible y entreguen mercancías con mayor eficiencia? ¿O espacios donde un niño de cinco años pueda cruzar con seguridad y moverse con cierta autonomía?Esa diferencia parece pequeña, pero cambia muchas cosas. Cambia la forma en que diseñamos la ciudad y las prioridades que establecemos como sociedad.