Albacete y su industria cuchillera llevan siglos defendiendo la identidad que a esta tierra le otorga uno de sus símbolos culturales más emblemáticos y sostén de cientos de familias: la navaja. Los embates se han repetido de forma sistemática a lo largo de los años, y el siglo XX fue reiterativo en este campo.

Esta 'hostilidad' se mantiene en la presente centuria. Los últimos acontecimientos son un ejemplo más de la inquina vertida en declaraciones públicas, propuestas normativas y reales decretos que mete a este producto artesanal en un saco (legal) común al hablar de armas blancas. Es algo que ha complicado sobremanera la realidad de una actividad industrial y artesana que, una vez más, ha sido diana de valoraciones subjetivas para resolver problemas basados en datos sacados de contexto e interpretados interesadamente, a pesar de que la cuchillería albaceteña es, desde hace casi una década, Bien de Interés Cultural (BIC).

Pero no es ninguna novedad. Así sucedió en 1920, cuando el sector cuchillero entró en pánico a cuenta de la reglamentación que pretendía aplicar a la cuchillería el presidente del Consejo de Ministros al frente de un gobierno del Partido Conservador, bajo el reinado de Alfonso XIII. El regalo envenenado que venía desde Madrid al día siguiente de concluir la Feria -ese año, el certamen festivo albaceteño se prolongó del 7 al 15 de septiembre- apareció publicado el 16 de septiembre en el número 260 de la Gaceta de Madrid, antecedente del actual Boletín Oficial del Estado (BOE).