En una de sus sentencias más míticas, el uruguayo Eduardo Galeano escribe: “El fútbol es la única religión que no tiene ateos”. Si los hubiera, estarían en Estados Unidos, uno de los pocos países que se resisten a la universalidad del balompié como fenómeno. Allá donde triunfan el fútbol americano, el baloncesto o el béisbol, los que aglutinan el grueso de espectadores y de inversión, el soccer comienza, sin embargo, a ser uno de los deportes más practicados. Por algo se empieza. No es raro pues que Estados Unidos lleve años preparándose para acoger, junto con México y Canadá, la Copa del Mundo de la FIFA de este verano.Este Mundial de 2026 será, con permiso de los ateos, el mayor espectáculo del mundo. El mayor en número de selecciones participantes (48) y el más largo (cinco semanas); previsiblemente, el más visto; in situ, seguramente, también, pese a ser el más caro. Los precios excesivos son una muestra del tipo de espectáculo al que nos asomamos.El de una Copa del Mundo que es antes negocio que deporte. Más selecciones implica más partidos, más horas de emisión, más canon por los derechos de televisión; los ingresos, pues, están por delante del show. La fase de grupos corre el riesgo de ser un mero trámite; y la eliminatoria extra, la de dieciseisavos, una carga de partidos que se hará notar en la fase final. Los encuentros se disputarán a temperaturas muy elevadas y primará pues la gestión de los minutos. Ese calor extremo ha obligado a incluir pausas de hidratación en cada una de las partes, lo que provocará que la estrategia se anteponga al libre albedrío. Además, jugar en cuatro tiempos beneficiará a las selecciones más tácticas. El orden puede ser también bello en el fútbol, pero nada emociona más que un partido loco, de transiciones rápidas, donde se impone más el vértigo que el control.El formato nos lleva a intuir que se darán partidos más largos incluso que los de Qatar (que pasaron de los 100 minutos), encuentros muy desequilibrados, goleadas insulsas y cierta especulación en la primera fase; entrados ya en harina, será clave la profundidad de las plantillas y la gestión emocional por someterse a una gran presión durante un largo periodo de tiempo.El Mundial vuelve a Estados Unidos, como en 1994. Y, como entonces, parece mandar el espectáculo sobre el juego. Por suerte, la nómina de figuras invita a soñar. A confiar en la espontaneidad y la pureza de los Lamine que salten al césped dispuestos a hacer historia. Sin olvidar que Messi, Cristiano, Neymar o Modric, grandes nombres del universo futbolístico, juegan este verano su último Mundial. Un plus de emotividad.
Un largo y duro camino hacia la gloria
El Mundial vuelve a Estados Unidos, como en 1994. Como entonces, parece mandar el espectáculo sobre el juego. Por suerte, la nómina de figuras invita a soñar













