NEW DELHI— Los bancos multilaterales de desarrollo (BMD), con el Banco Mundial a la cabeza, se fundaron para proporcionar capital a los países en desarrollo que no podían recaudarlo en su propio territorio o en condiciones asequibles en el extranjero. Durante décadas llenaron ese vacío. Pero a medida que más países pasan de la categoría de ingresos bajos a la de ingresos medios (según la clasificación del Banco Mundial), y el entorno financiero mundial se vuelve más desafiante, el papel de los BMD también debe evolucionar. Pensemos en la India, donde ya no existe una brecha apreciable que los BMD deban cubrir. En 1991, según nuestros cálculos, la financiación exterior cubría cerca del 15% del déficit fiscal del gobierno central; para 2025-26, esa cifra había caído al 1,5%. En los años transcurridos, los mercados de capitales del país se han profundizado significativamente, hasta el punto de que el endeudamiento en el mercado nacional cubre ahora más del 70% del déficit. En esto, la India es simplemente un ejemplo destacado de una regla más general: a medida que los países de ingresos medios desarrollan sistemas financieros más sofisticados, los argumentos a favor de la financiación de los BMD se vuelven progresivamente más débiles. El Banco Mundial no concede préstamos a los países de ingresos medios con los plazos de vencimiento largos y los tipos fuertemente subvencionados que se conceden a los países de ingresos bajos, sino en condiciones cercanas a las comerciales. En un momento en que el aumento de los tipos de interés mundiales y la depreciación de las monedas locales han encarecido el servicio de la deuda externa denominada en dólares, el precio ya no es el principal atractivo de la financiación de los BMD.