Hay muchas diferencias entre Madrid y Barcelona, y una de ellas suele ser poco comentada. El cielo de Madrid lo preside el capital financiero. El cielo de Barcelona lo preside la Iglesia católica.Cuando te acercas a Madrid por la meseta, lo primero que ves son las torres de la Castellana, los cinco rascacielos del parque empresarial del norte. Esas torres fueron levantadas por la triple alianza tejida por Florentino Pérez en los terrenos de la antigua ciudad deportiva del Real Madrid: grandes constructoras, capital financiero y el club blanco. Hoy son el gran emblema del Madrid DF.La punta más alta de Barcelona se halla a 773 metros sobre el nivel del mar. Es la antena de la torre de comunicaciones de Collserola, diseñada para los Juegos Olímpicos de 1992 por el arquitecto Norman Foster, con el visible propósito de no levantar un mamotreto. Ni Foster ni el alcalde Pasqual Maragall pretendían destronar al Sagrado Corazón de Jesús que abre sus brazos desde la cima del Tibidabo, a más de quinientos metros sobre el nivel del mar, pero ubicaron un elemento civil a su lado. Tampoco las tres chimeneas de la central térmica de Sant Adrià del Besòs querían rivalizar con la Sagrada Família en los años setenta, pero ahí están. La Barcelona industrial y la Barcelona religiosa, una vieja pareja.El cielo de Madrid lo preside el capital financiero; el de Barcelona, la IglesiaLos templos expiatorios del Tibidabo y la Sagrada Família presiden espiritualmente la ciudad. La actual figura del Sagrado Corazón fue colocada en 1960, pero el templo del Tibidabo es anterior y siguió la estela del Sacré-Coeur parisino, levantado después de la insurrección de la Comuna de Paris (1871) y la dolorosa derrota francesa en la guerra franco-prusiana (1870-71). Esa guerra algo tuvo que ver con Catalunya. Uno de sus detonantes fue la pugna por el trono de España después de que el general Joan Prim pusiera en marcha un casting europeo para sustituir a los Borbones tras la revolución liberal de 1868, conocida como la Gloriosa.El papa León XIV, ayer en Barcelona acompañado por el cardenal Juan José OmellaLlibert TeixidóPrim, militar corajudo, intrépido liberal, nacido en Reus, creía que España debía mantener la monarquía –intuía que una república podía acabar mal–, pero debía ser una monarquía renovada. Tras barajar varias opciones, el general catalán ofreció la corona al príncipe Leopoldo de Hohenzollern-Sigmaringen, miembro de la dinastía reinante en Prusia. Al enterarse, Napoleón III entró en pánico en París. Si España pasaba a tener un rey prusiano, se formaría una tenaza contra Francia. Exigió a Berlín que renunciasen a ese plan; el canciller Bismarck, que deseaba la guerra, manipuló un telegrama dirigido a París, para provocarles, y hablaron los cañones. Los franceses fueron severamente derrotados, y Bismarck pudo llevar a cabo la reunificación del imperio alemán. Entretanto, Prim había promovido a Amadeo de Saboya como nuevo rey de España. Mataron a Prim en Madrid, y el piamontés Amadeo abdicó, exclamando: “¡Esto es una jaula de locos!”. Alguien debería explicar esta historia a León XIV durante su estancia en Barcelona. Santidad, estos son los precedentes.La onda de 1848, la comuna de París, la primera guerra moderna entre franceses y alemanes, el malogrado experimento liberal español, el empuje del obrerismo, la aceleración de la vida urbana... llevaron a la Iglesia católica a promover la construcción de templos expiatorios en muchas ciudades. El culto al Sagrado Corazón fue especialmente promovido por el papa León XIII.Lee tambiénBarcelona tiene dos templos expiatorios surgidos de la tensión socialEn 1883, antes de que se comenzase a construir la basílica del Tibidabo, el arquitecto Antoni Gaudí, profundamente católico y profundamente catalanista, hizo suyo el proyecto de levantar por cuestación popular un gran templo expiatorio barcelonés dedicado a la virtud de la familia.Visualmente, Barcelona no la preside el capital financiero; la presiden dos templos expiatorios surgidos de la tensión social. No es un mundo extraño Barcelona, es una ciudad europea, profundamente europea. Laica, aparentemente descreída, contiene mucho catolicismo en formato aerosol. En Barcelona la gente va menos a misa que en Madrid, pero los tonos morales son obsesivos en sus discusiones. El presidente de la Generalitat es católico practicante, así como varios de los principales dirigentes catalanes. Los cuadros empresariales se forman en institutos católicos (Esade e IESE), y la Iglesia controla el espacio aéreo desde Barcelona y Montserrat. Esta noche lo veremos.Adjunto al director de La Vanguardia. Al frente de la redacción en Madrid desde 2004. Anteriormente, corresponsal en Roma y redactor jefe de Información Local. Su último libro: ‘España, el pacto y la furia’ (2024)