Nadie duda a estas alturas de que la Sagrada Família es uno de los edificios más reconocibles de Barcelona. La obra del arquitecto Antoni Gaudí es también la construcción más alta de la capital catalana, además de la iglesia más alta del mundo. Desde que el pasado febrero colocaran la Torre de Jesús, el templo mide 172,5 metros. Es la construcción humana más alta de la ciudad, pero tiene unos pocos metros menos que la montaña de Montjuïc. Todo porque Gaudí quería evitar superar la obra de Dios.
La construcción de la Sagrada Família sigue en marcha –calculan que queda aproximadamente una década para acabarla completamente–, pero este año es especial. En 2026 se cumple el centenario de la muerte de Gaudí y para conmemorarlo, el Año Gaudí cuenta con la visita del papa León XIV, que ha acudido a Barcelona para bendecir la basílica.
El templo es una de las atracciones turísticas más visitadas de Barcelona, por donde pasan cada año casi cinco millones de personas. Pero más allá de admirar las fachadas, la curiosa forma de las columnas o el espectáculo de los colores de sus ventanales, pocos salen de su visita conociendo esas historias menos conocidas. Como por ejemplo, que hay una familia en Llinars del Vallès (Barcelona) que, cuando mira a la Sagrada Família, puede reconocer la huella de su estirpe. Son los Barbany, un linaje de picapedreros que llevan más de 130 años dedicados al oficio y que, durante cuatro generaciones, han suministrado su artesanía al templo de Gaudí.













