El encargado general, Jaume Oromí, recorre los peculiares espacios de trabajo del templo, que en breve medirá 172,5 metros: “Siempre tenemos a los visitantes por debajo”

La Sagrada Familia de Barcelona es desde noviembre pasado la iglesia más alta del mundo. Poco antes, en agosto, se convirtió en el edificio más alto de la ciudad. Pero Gaudí no quiso que una obra humana superara una creación de la naturaleza, “una obra de Dios”, decía. Así se ...

acerca la obra a su altura máxima, sin superar la montaña de Montjuïc, que mide 173 metros.

A 85 metros de altura, David, picapedrero francés, da los últimos toques a una pieza que formará parte del puente que unirá la torre de Jesús con la del evangelista Lucas. La piedra está suspendida de la grúa que opera José Encina desde una cabina a 140 metros. El encargado general de las obras del templo es Jaume Oromí, el director de una orquesta de unos 150 trabajadores, a quien le gusta definirse como “maestro de obras”. Casco, vaqueros de trabajo y camisa de manga corta un martes de febrero, recorre todos los días la obra, desde el patio de materiales a pie de calle, hasta el puente de acceso a la grúa, a 131 metros, pasando por ascensores, montacargas, escaleras, aperturas que serán ventanas con vitrales, andamios interiores, exteriores, pasarelas. Vela por que todo esté en orden y en condiciones de seguridad. Y con la peculiaridad de una obra que convive con el público: “Siempre tenemos a los visitantes debajo”.