Lo único que se debatía respecto al proyecto conjunto de Francia, Alemania y España para el desarrollo de un caza de combate de nueva generación (Future Combat Air System, FCAS) desde hacía tiempo era cuánto agonizaría la iniciativa antes de expirar definitivamente. Este lunes por la tarde, Berlín daba la extremaunción al futuro caza europeo, según señalaban fuentes de la cancillería alemana. Es el fracaso de dos compañías, la alemana Airbus y la francesa Dassault, de ponerse de acuerdo respecto a quién mandaba en el proyecto, pero también de los gobiernos alemán y francés, incapaces de gestionar el conflicto, o sin voluntad política de hacerlo. Pero es también la historia del cambio que se está viviendo en Alemania en materia militar. Los intereses económicos y políticos explican el desencuentro que lleva años frenando el proyecto. Dassault lleva décadas haciendo aviones de combate, controla todo el proceso y tiene la tecnología clave. Como tal, la francesa quería manejar claramente el proyecto y desconfiaba de las razones por las que Airbus quería también controlar el FCAS. ¿Acaso no buscaba la alemana una simple transferencia de conocimientos y tecnología de Dassault para poder desarrollar luego un caza? Desde la perspectiva de Airbus y Berlín, ¿acaso pretendía la compañía francesa que Alemania pusiera buena parte de los fondos para que Airbus quedara relegada a una subcontrata de Dassault en el proyecto? Señales preocupantes En Bruselas se ha seguido el colapso del FCAS con mucha preocupación, aunque sin hacer comentarios públicos. La Unión Europea está tratando de canalizar fondos comunes a proyectos conjuntos para el desarrollo de capacidades militares que no dependan de Estados Unidos. En el corto plazo, el primer efecto del fracaso del FCAS, que pretendía poder empezar a producir cazas de combate plenamente europeos a partir de 2040, es que los aliados europeos aumentarán su dependencia de EEUU en los próximos años ante la falta de perspectiva sobre una alternativa a los F-35 estadounidenses. El segundo es que genera una crisis de confianza. Si Alemania y Francia son incapaces de trabajar en este proyecto, ¿qué garantía hay de que el mismo problema no se va a replicar con los futuros proyectos conjuntos de la industria de la defensa europea, que es precisamente lo que está en el corazón del nuevo Programa Industrial Europeo de Defensa (EDIP)? Los ojos se ponen ahora sobre el proyecto de un futuro carro de combate europeo (MGCS, Main Ground Combat System), otro proyecto franco-alemán, porque Europa tiene que demostrar que puede poner en marcha una producción conjunta. Tiene que hacerlo porque es esa fragmentación en líneas nacionales lo que ha sido identificado repetidas veces como el principal freno de la industria militar europea. La autopsia A nivel político, el fracaso del FCAS tiene además un eco especial por el momento en el que se produce. La idea fue lanzada por Emmanuel Macron, presidente francés, y por Angela Merkel, a la sazón canciller federal alemana, en 2017, todavía con la resaca de dos grandes sacudidas para Europa: el Brexit y la elección de Donald Trump como presidente de EEUU, que lanzaba las relaciones transatlánticas hacia un terreno desconocido. Que el proyecto haya fracasado justo en el momento en el que la incipiente amenaza de los primeros compases de la primera presidencia de Trump se ha traducido en una clara ruptura de la confianza entre EEUU y los aliados europeos de Washington, es una muestra de que París y Berlín dan más peso a sus diferencias que a la amenaza conjunta de una pérdida de interés americano por la seguridad euroatlántica en el mejor de los casos, y una creciente hostilidad en el peor de ellos. Daniel Fiott, director de Seguridad del Centre for Security, Diplomacy and Strategy (CSDS) de la Universidad Libre de Bruselas, pide ir más allá de cómo el fracaso va a fortalecer la narrativa de la incapacidad europea. "Las deficiencias del programa ponen de manifiesto debilidades estructurales que, de subsanarse, podrían reforzar, en lugar de socavar, las futuras iniciativas de la UE. La cuestión fundamental es si la UE y sus Estados miembros serán capaces de asimilar las lecciones que se desprenden de las deficiencias del FCAS", escribió hace ya algunos meses en un post del CSDS. Por eso conviene hacer una autopsia al 'caza nonato' y sacar conclusiones. Nacionalismo industrial Hay muchas razones para el fracaso del proyecto, pero la primera es la profunda relación entre las grandes empresas de los sectores de la seguridad y defensa y la política nacional. Es el caso de Dassault en Francia, de Airbus en Alemania y, por supuesto, de Indra en España. Eso hace que los proyectos, como el FCAS, no sean simplemente comerciales, sino profundamente políticos, como demuestra el nivel de implicación de los líderes en los procesos de negociación. Los choques entre la empresa francesa y la alemana eran roces diplomáticos de primer nivel, que involucraban a sus ministerios y a los líderes políticos en cada movimiento. El problema del nacionalismo industrial no irá a menos, sino que irá a más. El compromiso alcanzado en La Haya de aumentar el presupuesto militar hasta el 5% por parte de los miembros de la OTAN va a lanzar cientos de miles de millones de euros sobre la mesa, pero lo va a hacer a través de los presupuestos nacionales. En esta vinculación entre la industria militar y la política nacional, el aumento de los presupuestos de defensa es tanto un reto como una oportunidad. TE PUEDE INTERESAR Entendiendo el FCAS: un supercaza, un enjambre de drones y una nube de combate Juanjo Fernández Enrique Andrés Pretel Formato: María Mateo Formato: Luis Rodríguez Diseño: Emma Esser Diseño: Laura Martín Y en el fracaso del FCAS hay otra capa adicional: Alemania ya no quiere asumir un papel secundario. Francia ha afrontado el proyecto desde la perspectiva de la potencia militar preeminente en la alianza industrial. Como tal, y teniendo en cuenta el rol discreto que históricamente Berlín ha jugado en materia militar desde la Segunda Guerra Mundial, tenía todo el sentido no solo industrialmente, sino que políticamente asumiera el liderazgo. Alemania, en plena Zeitenwende, ya no está de acuerdo. Berlín, a diferencia de París, tiene espacio fiscal y lo está destinando a convertirse en un líder militar en Europa. Es un caza, no un comité Eso explica el segundo problema político, claro que salta a la vista con el FCAS. Aunque cada uno de los actores involucrados en el proyecto tenía sus razones que sustentaban su posición, había algo en lo que Dassault llevaba razón: hace falta un liderazgo claro. El proceso de coliderazgo no ha funcionado, y al estar tan vinculada la industria con los intereses estratégicos de cada uno de los Estados miembros implicados, no hay una manera sencilla de resolver los desencuentros. En última instancia, el FCAS ha fracasado porque ni el Gobierno francés ni el alemán han querido o podido resolver el bloqueo haciendo ceder a su parte implicada. La idea de la unidad europea está construida sobre el concepto de que ningún socio se impone por completo a los demás, y, fundamentalmente, que Francia o Alemania no se imponen a la otra, aunque en materia de defensa Berlín haya asumido voluntariamente un rol muy discreto, apoyado también por un enfoque muy nacional de París. El intentar manejar una igualdad franco-alemana efectiva complica cualquier gran proyecto. En cuanto se ha conocido el fin del FCAS, ha comenzado el ruido de sables respecto a una posible alternativa liderada por Airbus y en la que puedan participar España y Suecia a través de Saab, según una carta enviada a Merz y a Boris Pistorius, ministro de Defensa alemán, a la que ha tenido acceso el Financial Times. "El programa FCAS ha fracasado no porque la cooperación europea esté condenada al fracaso por naturaleza, sino porque la rivalidad industrial, las divergencias políticas y una gobernanza deficiente han lastrado un programa de una complejidad excepcional", ha explicado Fiott. Pero tiene solución, asegura el propio profesor de la ULB. Se trata de simplificar y automatizar procesos y tener posibles árbitros que desbloqueen situaciones. Aunque un caza no es un comité, como se ha visto con el FCAS, un comité sí puede ayudar a hacer un caza: los futuros proyectos de la industria de defensa europea se pueden beneficiar de estar integrados dentro del marco burocrático de la Unión Europea. Disonancia franco-alemana Una gobernanza más robusta, como defiende Fiott, una estructura que permita luchar contra el nacionalismo industrial, y una mejor percepción de los intereses estratégicos antes de lanzar ningún proyecto, esas pueden ser las tres grandes lecciones de la autopsia del FCAS. Aplicarlas en el futuro puede permitir que los proyectos que la UE busca lanzar funcionen. El propio FCAS no está completamente muerto: Berlín plantea seguir trabajando conjuntamente para el desarrollo de una "nube de combate". Además, existen alternativas en marcha que pueden enseñar el camino en el futuro, como por ejemplo es el proyecto de caza liderado por Reino Unido, Italia y Japón, el GCAP, que ha resuelto mejor los problemas de gobernanza y ha creado una estructura basada en una joint venture a partes iguales entre las tres grandes compañías británica, italiana y japonesa. Los analistas coinciden en señalar que hay proyectos de cooperación que sí están funcionando. La mala noticia es que el FCAS pone el foco especialmente en la cooperación franco-alemana, y la imagen no es buena. "Lo que pone de manifiesto el fracaso del programa no son tanto las dificultades de la cooperación europea en materia de defensa como la rivalidad industrial franco-alemana y la oposición entre dos modelos: mientras que Alemania da prioridad a sus propias necesidades con tecnología ya disponible, el modelo francés, caracterizado por el aislamiento de los sectores, quiere conservar todo el saber hacer industrial, pero no puede financiarlo", explicó en febrero Élie Tenenbaum, director del centro de estudios de Seguridad del Institut Français des Relations Internationales. Francia tiene el conocimiento y Alemania el dinero. Pero además, París tiene una concepción de la seguridad y defensa completamente volcada a la autonomía estratégica, y para Berlín está totalmente enraizada en su visión transatlántica. El resto de proyectos puede superar diferencias y encontrar puntos en común de manera mucho más sencilla con una lógica de geometría variable, pero si Europa quiere grandes proyectos franco-alemanes, se enfrenta a estos elementos en conflicto.