Hija de la gran dudaEn este mundo raro cualquier brizna de sentido com�n se nos vende ya como revolucionariaEl Papa saluda a la multitud congregada en el Santiago Bernabeu.EFEActualizado Martes,
junio
23:05Audio generado con IANunca he tenido la fe suficiente como para ser fan. Jam�s he sentido la llamada uterina, esa que impulsa a diluirse en la masa gelatinosa y acompasar el propio pulso al del elegido, ll�mese el Papa, Bad Bunny o Chiquito de la Calzada.Desconf�o de la multitud -que te aclama un domingo y te lincha un martes-, me produce fr�o. La supuesta comuni�n me inquieta m�s de lo que me aquieta. La masa, en lugar de insuflarme fraternidad humana, me embrutece, me tensa, hace que se me afilen las garras. Y no es elitismo sino defensa de la peque�ez, apolog�a de mi propia insignificancia, que no desea engrosar ninguna figura ya inflada de devoci�n.No niego que el Papa dijera bonitas y necesarias obviedades, que Bad Bunny pusiera a Trump en su sitio. Pero en este mundo raro que nos ha tocado habitar, donde la mezquindad se reviste de valent�a y glamour, cualquier brizna de sentido com�n se nos vende ya como revolucionaria. Hemos ido bajando tanto el list�n que esto empieza a parecerse a una competici�n del limbo en una despedida de soltero: se nos va a romper la espalda de tanto agacharnos.Y me viene a la cabeza el libro de Jeanette Winterson �Por qu� ser feliz cuando puedes ser normal?, que es justo lo que le pregunt� su terrible y evang�lica madre adoptiva cuando, a los 16 a�os, Jeanette le confes� que se hab�a enamorado de una chica.�Por qu� empe�arnos en la felicidad cuando existe la normalidad? Esa pregunta me ha rondado estos d�as al ver tanta masificaci�n sobreactuada, empuj�ndome a una conclusi�n inevitable: somos seres de fingimiento.Nos empe�amos en fingir que somos un pa�s moderno, laico, racional y de un escepticismo de lo m�s europeo. Fingimos que nos gusta la tontada del reguet�n, pero no como nos gustaba La barbacoa de Georgie Dann -para hacer un rato el fr�volo-, sino con �nfulas intelectuales, con un postureo moderno que chorrea caspa.Finge el Congreso de los Diputados al aplaudir las palabras del Pont�fice, cabeceando ante su discurso con una unci�n casi m�stica, como si acab�ramos de tomar asiento en el espect�culo.La exposici�n p�blica de la fe, sea al dios del Vaticano o al dios del perreo, acaba siempre por marchitar su verdor. La fe no es un abono de tribuna. La fe no prospera bajo los focos, es una planta de interior.Por eso me conmueve Mary Karr, que tras contarnos una vida devastada por la violencia familiar -su madre acab� disparando a su padre- y su descenso a los infiernos del alcoholismo, nos explic� su fe con una lucidez de ara�a:�No vine a Dios por virtud, sino porque mis propios m�todos me hab�an quebrado. La fe es el lenguaje que aprend� cuando me qued� sin palabras para salvarme�.Solo creo en esa fe, la de los n�ufragos. La que aparece cuando el decorado se derrumba y uno se queda a solas entre sus escombros. La que no se exhibe, la que no necesita organizaci�n ni se convierte en espect�culo. Lo dem�s es coreograf�a colectiva, liturgia de estadio, puro postureo.












