Enviada especial a Madrid, Berlín y Vilna. “La repetición de narrativas es incluso más poderosa que una sola exposición: aumenta la percepción de veracidad y la probabilidad de que la gente las crea".En una de las redacciones más importantes de Berlín, un periodista cuenta cómo meses atrás comenzó a circular en redes sociales un video en el que se lo veía a él presentando una noticia. O eso parecía. El hombre se veía cómo él y hablaba con su voz. Pero no era él. Se lo envió a su familia y nadie se dio cuenta de que lo que estaban observando era un “impostor”. En una pequeña oficina de Madrid, reporteros especializados en verificación describen una campaña prorusa "muy curiosa" y compleja de saturación llamada "Matryoshka", en la que los desinformadores empezaron a enviarles a los verificadores cientos de correos diarios pidiéndoles que chequeen noticias falsas. ¿El truco? Que al publicar el desmentido, los verificadores terminaran amplificando involuntariamente el mensaje de la desinformación. Y en Vilna, a pocos kilómetros de la frontera con Bielorrusia, diplomáticos lituanos hablan sobre Rusia con una gravedad que rara vez aparece en Washington: no como un adversario lejano, sino como una amenaza permanente que utiliza información, redes sociales y caos político como armas de desgaste.En conversaciones con investigadores, verificadores, especialistas en inteligencia digital y funcionarios europeos en las que participó Clarín durante diez días durante encuentros por distintas ciudades de Europa por iniciativa de la Fundación Friedrich Naumann (FNF), emergió una preocupación común: que Estados Unidos se convirtió simultáneamente en el principal blanco, amplificador y exportador de una nueva era de descontrol informativo donde propaganda, entretenimiento, inteligencia artificial y política comienzan a mezclarse hasta volver cada vez más difícil distinguir entre realidad y ficción.En algún momento de la última década, la desinformación dejó de ser un fenómeno marginal asociado a teorías conspirativas de internet para convertirse en uno de los principales desafíos políticos y estratégicos de Estados Unidos. Ya no hablamos simplemente de fake news (el gran oxímoron de nuestra era) circulando en redes sociales. Tampoco de propaganda extranjera aislada. Se trata de un ecosistema mucho más complejo.La transformación fue gradual, aunque muchos analistas ubican un punto de inflexión claro en las elecciones presidenciales de 2016. Aquella campaña mostró, por primera vez a escala masiva, cómo plataformas digitales, minería de datos y operaciones coordinadas podían influir sobre el debate público estadounidense. Según el informe “Desinformación: cómo entenderla, combatirla y protegerse de sus efectos”, publicado en el 2024 por FNF, esos comicios hicieron visible “cómo la tecnología puede ser utilizada para influir en la opinión pública y socavar la confianza en las instituciones democráticas”.Las investigaciones posteriores detectaron operaciones rusas vinculadas al hackeo del Partido Demócrata, la difusión estratégica de documentos filtrados y campañas de manipulación digital orientadas a profundizar divisiones sociales dentro de Estados Unidos. Plataformas como DCLeaks fueron utilizadas para apoyar filtraciones obtenidas por inteligencia rusa, mientras WikiLeaks amplificó parte del material robado durante la campaña presidencial.Las emociones y la estética del poder en la era de las redes socialesPero la sofisticación del fenómeno fue mucho más allá de los tradicionales métodos de espionaje político. Según expertos europeos en propaganda digital, Rusia entendió antes que muchos gobiernos occidentales que las redes sociales funcionan como plataformas emocionales dominadas por la viralidad, la indignación y el entretenimiento.“El nuevo enfoque es no hablar tanto de política, sino hablar de emociones”, explicó en diálogo con este medio el científico cultural Gernot Wolfram, profesor de Gestión de Artes y Medios en la Universidad Macromedia. “Hablar de música, de peinados, de comportamientos. Y eso se puede ver desde Trump hasta Putin”. Para Wolfram, la estrategia contemporánea consiste en “convertir la política en ficción”, desplazando el debate desde el contenido estructural hacia el espectáculo permanente.En ese marco, Donald Trump aparece como una figura central por el contenido de sus mensajes y por la forma en que transformó la lógica de la comunicación política estadounidense. “La estrategia de Trump es siempre producir shock”, sostuvo. “Él entiende perfectamente cómo funciona el negocio mediático”.Wolfram utilizó incluso la estética visual de ciertos funcionarios estadounidenses para explicar esa lógica. Mencionó el caso de Gregory Bovino, ex jefe de la Patrulla Fronteriza en El Paso, conocido por aparecer públicamente con un look militarizado y altamente performático: un largo abrigo verde oliva cruzado con botones metálicos, corte de pelo “high and tight” típicamente castrense y una presencia rígida y dominante durante operativos migratorios. En videos promocionales difundidos por agencias federales cuando todavía estaba en su cargo, Bovino aparecía caminando junto a agentes armados y enmascarados en escenas editadas con música de rock y una narrativa visual más cercana a Hollywood que a la burocracia tradicional. La imagen generó controversia internacional, especialmente en Alemania, donde algunos analistas y medios compararon esa estética con imaginarios autoritarios y uniformes asociados históricamente a regímenes fascistas.Para el especialista, este tipo de teatralización desplaza el foco del debate. “En Alemania, ningún oficial puede decidir libremente qué uniforme usar. Eso está regulado por el Estado”, explicó. “Pero en Estados Unidos aparece esta idea de Trump de convertir la política en ficción, donde la gente termina hablando de los elementos teatrales mucho más que del contenido real que ocurre detrás”. La estrategia busca transformar incluso asociaciones negativas en algo “estilizado” y fascinante dentro de la lógica de la cultura pop y las redes sociales.La idea no es nueva, pero en la era digital adquirió una potencia inédita. El experto citó el llamado “teorema de Thomas”, según el cual “si las personas definen una situación como real, sus consecuencias se vuelven reales”. Wolfram utilizó como ejemplo las declaraciones de Trump sobre el cambio climático (el presidente de Estados Unidos lo calificó como una "estafa" en las Naciones Unidas). “Si una persona cree que el cambio climático es un engaño, entonces actuará en consecuencia. Tal vez sienta que no necesita modificar ningún comportamiento porque piensa que todo es mentira”.Cómo Rusia adaptó la desinformación al algoritmoLa política convertida en espectáculo encontró en las redes sociales un entorno ideal. Y en paralelo, las campañas rusas comenzaron a adaptarse a esa dinámica. En lugar de producir propaganda tradicional, las nuevas operaciones priorizaron memes, videos emocionales, cultura pop y contenidos diseñados para maximizar interacción.Agencias rusas como la Social Design Agency, dirigida por Ilya Gambashidze, comenzaron a producir memes, caricaturas y videos virales para insertar narrativas políticas dentro de contenidos aparentemente triviales. El objetivo era volver imposible distinguir claramente entre información, sátira, provocación y manipulación.Según investigadores europeos, la estrategia rusa es amplia y corrosiva: destruir consensos básicos sobre qué constituye evidencia confiable.“Intentan inundar el espacio informativo con versiones contradictorias de la realidad”, explicó un especialista en operaciones híbridas durante un debate sobre propaganda rusa en Vilna. “Cuando todo parece manipulable, mucha gente termina concluyendo que nadie dice la verdad”.En Europa, este tipo de operaciones comenzó a analizarse bajo el concepto de FIMI (Foreign Information Manipulation and Interference), un término utilizado para describir campañas coordinadas de manipulación informativa que buscan afectar procesos democráticos, instituciones y valores políticos sin necesidad de recurrir a acciones militares directas. Según el Servicio Europeo de Acción Exterior (EEAS), el elemento central no siempre es que el contenido sea completamente falso, sino el comportamiento manipulador utilizado para amplificarlo y distribuirlo masivamente.Estas tácticas forman parte de una estrategia más amplia de “guerra híbrida”, donde la desinformación funciona como herramienta para sembrar caos, erosionar consensos y debilitar adversarios desde adentro.Del control moderado al “Lejano Oeste” digitalEn Estados Unidos, ese proceso coincidió con una creciente polarización política y con la erosión de confianza en medios tradicionales, instituciones electorales y organismos públicos. Las plataformas digitales, diseñadas para premiar contenido emocional y conflictivo, aceleraron aún más esa dinámica. El perfecto caldo de cultivo.Twitter -hoy X- comenzó en 2020 a etiquetar publicaciones con desinformación electoral, incluyendo mensajes del entonces presidente Trump sobre fraude en las elecciones presidenciales. El episodio marcó un momento histórico: por primera vez, una plataforma tecnológica intervenía directamente sobre contenido difundido por un presidente estadounidense en ejercicio.Sin embargo, especialistas sostienen que el escenario cambió drásticamente desde entonces. “Antes, plataformas como Facebook estaban mucho más interesadas en colaborar”, explicó Lukas Andriukaitis, experto en seguridad digital y OSINT (inteligencia de código abierto) de la Civic Resilience Initiative de Lituania. “Después de Trump, esto se volvió mucho más parecido a un Lejano Oeste”.Según Andriukaitis, las redes de bots y cuentas falsas vinculadas a propaganda extranjera hoy enfrentan niveles mucho menores de moderación. El debilitamiento de políticas de control permitió la expansión de campañas coordinadas y amplificó la circulación de contenido manipulado.La era de la “slopaganda” en la Casa BlancaLa inteligencia artificial introdujo una nueva dimensión en esa crisis. Durante la campaña presidencial de 2024 comenzaron a circular videos hiperrealistas generados mediante IA de Donald Trump y Kamala Harris. También aparecieron audios alterados digitalmente para desacreditar testigos vinculados a investigaciones judiciales sobre Trump.Pero el uso político de inteligencia artificial no quedó limitado a operaciones clandestinas. La propia Casa Blanca comenzó a publicar contenido generado por IA en sus redes sociales oficiales de manera sistemática.El fenómeno recibió un nombre específico entre investigadores y analistas digitales: “Slopaganda”. El término describe la mezcla entre propaganda política, memes, contenido generado automáticamente y provocación deliberada utilizada por la administración Trump en redes sociales.Entre las imágenes difundidas oficialmente aparecieron representaciones de Trump vestido como rey, papa o caballero Jedi; montajes con estética inspirada en Studio Ghibli vinculados a deportaciones; y contenido satírico dirigido contra opositores políticos. En algunos casos, las publicaciones fueron denunciadas por organizaciones civiles y grupos religiosos por su carácter ofensivo o manipulador.Don Caldwell, editor de Know Your Meme, definió el fenómeno como “shitposting institucional” durante una entrevista con The Guardian: tácticas propias de foros extremistas y subculturas digitales trasladadas a la comunicación oficial de gobierno. El problema, según especialistas en fact checking europeos, es la normalización progresiva de contenido artificial desde canales considerados institucionales.Un periodista especializado en verificación digital del medio alemán Deutsche Welle relató en diálogo con Clarín un episodio particularmente inquietante. Según explicó, un video difundido oficialmente en Truth Social y en las cuentas de la Casa Blanca presentaba características típicas de generación mediante inteligencia artificial.“Tenía movimientos raros y una iluminación extraña”, explicó. “Especialmente las manos; parecía que se derretían en el aire”.La difusión de ese video simbolizó un cambio profundo dentro del ecosistema informativo estadounidense. Incluso las fuentes oficiales comenzaron a ser sometidas a procesos técnicos de verificación similares a los utilizados para analizar deepfakes o contenido manipulado por usuarios anónimos.Para periodistas y verificadores, la consecuencia es un entorno informativo mucho más inestable. “La pregunta ya no es solamente si un video viral es falso”, explicó un investigador europeo especializado en OSINT. “La pregunta es si todavía existe una fuente que pueda asumirse automáticamente como auténtica”.Estados Unidos como blanco y amplificador del caos informativoMientras tanto, Rusia continúa utilizando operaciones de desinformación como herramienta estratégica global. El Departamento de Justicia estadounidense identificó oficialmente en 2024 la campaña denominada “Doppelgänger”, basada en la creación de sitios falsos que imitaban medios legítimos occidentales para distribuir contenido manipulado favorable a figuras republicanas, incluyendo Trump.La operación buscaba profundizar divisiones internas en Estados Unidos y reducir el apoyo occidental a Ucrania. Según investigadores, el sistema utilizaba tácticas conocidas como “lavado de información”: primero publicar contenido en plataformas vinculadas al aparato mediático ruso -como RT o Sputnik- y luego redistribuirlo masivamente mediante bots, influencers y cuentas aparentemente independientes hasta darle apariencia orgánica.Los países bálticos observan este fenómeno con especial preocupación. Para gobiernos como el de Lituania o Estonia, la guerra informativa rusa forma parte de una estrategia más amplia de “guerra híbrida” orientada a debilitar a Occidente desde adentro.“Rusia actúa donde puede sembrar caos y socavar intereses estratégicos occidentales”, explicó a Clarín un alto funcionario lituano durante un encuentro diplomático en Vilna. “No tienen un proyecto positivo para ofrecer. Su estrategia es destructiva”. En esa lógica, Estados Unidos aparece simultáneamente como objetivo y amplificador de la desinformación global. La polarización interna estadounidense, sumada al tamaño de sus plataformas tecnológicas y al peso cultural de su política doméstica, convierte cada crisis informativa local en un fenómeno internacional.En ese sentido, el mismo alto funcionario lituano respondió a este medio que su estrategia frente a Donald Trump es la de “no reacción” frente a sus declaraciones más provocadoras. Según planteó, responder a cada comentario del presidente solo contribuye a amplificar el ruido y la polarización: “Hay que filtrar y no caer en la locura”.El impacto ya no se limita al debate electoral estadounidense. En Europa del Este, funcionarios y expertos consideran que la incertidumbre política en Washington puede tener consecuencias directas sobre la seguridad regional.Esa preocupación también empezó a aparecer en declaraciones de funcionarios estadounidenses. El secretario de Estado Marco Rubio afirmó recientemente que Washington observa “con preocupación” las crecientes tensiones entre Rusia y los países bálticos, especialmente tras acusaciones del Kremlin sobre supuestos ataques con drones coordinados desde la región. Rubio sostuvo que Estados Unidos sigue la situación “muy de cerca” junto a la OTAN y advirtió sobre el riesgo de que incidentes de desinformación o provocaciones híbridas puedan derivar en una escalada mayor. “No queremos que esto termine generando un conflicto mucho más amplio”, señaló.Los gobiernos bálticos rechazaron esas acusaciones y las calificaron como parte de una campaña de desinformación rusa. Estonia sostuvo que Moscú intenta utilizar este tipo de narrativas para desviar la atención de sus ataques contra Ucrania y para debilitar el apoyo occidental a Kiev.Es que cuando Trump sostiene que Ucrania debería “aceptar un acuerdo” para terminar la guerra, funcionarios bálticos interpretan esas declaraciones bajo una lógica existencial completamente distinta. Para ellos, Rusia no representa un mero adversario geopolítico tradicional, sino un actor dispuesto a utilizar desinformación, sabotaje digital y manipulación social como herramientas permanentes de presión estratégica.Por eso, en países como Lituania, la respuesta combina gasto militar récord, alfabetización mediática y preparación tecnológica desde edades tempranas. El país destina más del 5% de su PBI a defensa y desarrolla programas de resiliencia digital para enfrentar campañas de propaganda.La paradoja, según funcionarios europeos, es que mientras los países bálticos perciben la desinformación como un problema de seguridad nacional, gran parte del debate político estadounidense continúa absorbiéndose dentro de la lógica del espectáculo permanente.Y allí reside quizás la principal victoria de la guerra informativa contemporánea: transformar la política en un flujo incesante de emociones, provocaciones y contenido viral donde la verdad pierde centralidad. Porque cuando la política se convierte en entretenimiento constante, distinguir entre propaganda, ficción y realidad deja de ser una tarea periodística para convertirse en un problema democrático.
La guerra invisible en EE.UU.: cómo la desinformación rusa, la “política espectáculo” y la IA erosionan cada vez más la idea misma de la verdad
Se convirtió en el principal escenario de una guerra informativa que combina operaciones rusas, algoritmos, propaganda emocional y redes sociales cada vez menos reguladas. Mientras Europa del Este observa el fenómeno como una amenaza existencial, en Washington la política parece confundirse cada vez más con entretenimiento.










