Las redes sociales se convirtieron en un verdadero laboratorio de la credibilidad. Abrimos Instagram, X o WhatsApp y ya no sabemos con certeza si estamos frente a una noticia, una opinión, una publicidad, un recorte malicioso, una imagen generada por inteligencia artificial o una escena real presentada como ficción.

Durante mucho tiempo hablamos de fake news como si el problema fuera simplemente la mentira. Pero hoy esa expresión parece quedar chica. El conflicto no está solo en distinguir qué es verdadero y qué es falso, sino también en entender quién recortó una frase, quién editó un video, quién sacó una imagen de contexto, quién eligió ese título y por qué ese contenido llega hasta nosotros justo cuando estamos más dispuestos a reaccionar.

La verdad ya no compite solamente contra la mentira. Compite contra el entretenimiento, la velocidad, la identidad, el algoritmo y el deseo de pertenecer. En la era de la viralidad, la verdad no siempre pierde frente a la falsedad: muchas veces pierde frente a la reacción y al negocio que esa reacción genera.

Cuando la viralidad produce una sensación de verdad

Una de las grandes mutaciones culturales de nuestro tiempo es que la viralidad no reemplaza la verdad de manera directa: hace algo más sofisticado. Produce una sensación de verdad. Si todos lo comentan, lo repostean, se indignan o sospechan, entonces “algo debe haber”. Ese “algo debe haber” es uno de los grandes triunfos del desorden informativo.