“La pesadilla de la esquizofrenia es no saber qué es verdad”, le dice el doctor Rosen a la esposa de John Nash en la película Una mente brillante, dirigida por Ron Howard. La frase describe uno de los síntomas más angustiantes de esa enfermedad y, usada aquí en sentido metafórico y no clínico, nos ofrece un punto de partida para pensar una complejidad muy real de la sociedad del siglo XXI. Una cultura visual de circulación vertiginosa en redes sociales, donde abundan imágenes y videos que parecen verdaderos, pero son completamente falsos, y alimentan potentes dinámicas de desinformación. Si solo habláramos de datos imprecisos, el problema sería manejable. Pero cuando esas piezas falsas se insertan en conflictos entre países —como Israel-Palestina o Rusia-Ucrania— y se diseñan para suscitar temor, repudio, estigmatización o división, la situación cambia de escala. Ya no se trata solo de errores informativos, sino de dispositivos que modelan emociones, identidades y posiciones políticas. Ahí vale la pena hacer un alto y preguntarnos hasta qué punto la inteligencia artificial (IA) generativa está reconfigurando la cultura, la vida cotidiana y la propia idea de verdad compartida. En América Latina, la frontera entre lo verdadero y lo falso dejó de ser un dilema futurista. Brasil estrenó reglas contra los deepfakes en sus elecciones locales de 2024 mientras circulaban montajes; en México, el ciclo electoral de ese mismo año estuvo atravesado por debates sobre audios y videos sintéticos; y el mundo corporativo ya ha enfrentado intentos de estafa con voces y rostros clonados. El resultado es una vida cotidiana más incierta, en la que la verificación suele llegar tarde y el daño se propaga rápido: primero circulan las emociones, después —con suerte— aparecen las evidencias.