Cuando hace 16 años envió el manuscrito de su primera novela a una editorial, Francesca Melandri (Roma, 62 años) no podía ni imaginar el viaje que la esperaba. En poco más de tres lustros, Eva está dormida ha sido traducida a una veintena de idiomas, embarcando a su autora en un periplo que la ha llevado por todo el mundo. La India, Estados Unidos, Alemania y Serbia, pasando por Guinea y hasta Polinesia. Tiene todas las ediciones en su casa de Berlín, donde pasa la mitad del año, cuando no se encuentra en la capital italiana. Cuando empieza la entrevista, saca de un estante la copia en ucranio, “la más curiosa” de todas por su portada juguetona, que retrata a una mujer disfrutando de un día de sol. Es la que menos refleja el espíritu del libro, pero esto no impidió a los lectores conectar con la historia.“Tantos viajes por el mundo me han enseñado que el tema de los conflictos étnicos dentro de un Estado con una lengua o una identidad mayoritaria es algo absolutamente universal”, reflexiona. La historia familiar de la protagonista de esta novela, Eva Huber, resulta tan intrincada como la historia de su tierra natal, el Alto Adigio, antiguo Tirol del Sur, una región singular en el corazón de Europa. En el presente es conocida como un destino turístico por sus bellezas alpinas, pero fue un verdadero quebradero de cabeza durante más de medio siglo. Al término de la Primera Guerra Mundial, Italia se lo arrebató al entonces Imperio austrohúngaro, forzando a sus habitantes a cambios drásticos en sus vidas: el alemán fue prohibido, se prohibieron las vestimentas típicas, italianizaron los topónimos y el gobierno fascista fomentó la inmigración de italianos del sur para cambiar la demografía de la región.El resultado fueron años de tensiones y terrorismo, hasta la firma de un acuerdo político que sentó las bases de la convivencia entre dos culturas opuestas. “La historia del Alto Adigio ha tenido momentos muy oscuros, pero ha tenido una solución política positiva, que ha garantizado paz y prosperidad durante ya casi cincuenta años”, explica la escritora. Después de 16 años, Melandri añade un nuevo tomo a su colección, la edición en español publicada por Périferica, con traducción de Miguel Ros González. “Cada vez que sale una nueva edición hay mucho vértigo, pero he aprendido que los libros son como los hijos. Tienes que dejarlos viajar en el mundo y que tengan su propia vida”.Pregunta. Comenzó a escribir muy joven, primero como guionista, pero su debut novelístico no llegó hasta 45 años después. ¿A qué se debió esa espera?Respuesta. Todo el mundo sabía que tarde o temprano escribiría un libro, pero para mí era importante esperar a tener al menos cuarenta años. Sentía un respeto tan grande por la literatura que sabía que solo daría ese paso cuando estuviera segura de mis capacidades y de tener algo que decir.P. ¿Dónde encontró la inspiración para Eva está dormida?R. Viví muchos años en el Alto Adigio, veraneaba todos los veranos con mis padres y allí nacieron mis hijos. No es una novela autobiográfica, aunque muchos lo crean. Es una mezcla de historias que he oído a lo largo de los años. Se inspira en toda una generación de mujeres que vivieron una transición muy rápida: pasaron de un Alto Adigio muy pobre, atrasado y marcado por un catolicismo de montaña, a una región extremadamente rica y más abierta. Esa complejidad, que la hace profundamente europea, siempre me ha fascinado.P. Y es una historia que muy poca gente conoce, también en Italia.R. Sí, como italiana residente allí percibía claramente que muchos de mis compatriotas desconocían por completo esta historia. Y resulta llamativo, porque el Alto Adigio siempre ha sido un destino turístico muy popular por su belleza. Sin embargo, parecía que a muchos solo les interesaba la geografía del lugar y no su historia.P. ¿Por eso le pareció importante contarla?R. Cuando escribí Eva está dormida lo hice fundamentalmente para mí, sin pensar ni en el éxito ni en su posible recepción. Sentía la necesidad de contar esa historia. En aquel momento pensaba que se trataba de un relato muy local, y que probablemente solo interesaría a lectores italianos. No tenía grandes ambiciones de alcance internacional.P. Sin embargo, ocurrió lo contrario.R. Es la obra que me ha llevado a viajar a más países. Los conflictos identitarios dentro de los Estados son una constante en todo el mundo y generan debates muy ricos allí donde se aborda el tema. No es casualidad que en países como Irlanda el libro haya despertado un gran interés. Tengo muchas ganas de ver cómo es recibida en España, por las similitudes con la historia de Cataluña y el País Vasco.P. ¿Cómo toman forma sus historias?R. Nacen siempre de los personajes. En Eva está dormida fue un triángulo muy claro: la pareja que forman Gerda y Vito y la niña, Eva. Desde el inicio supe que la historia debía contarse desde el punto de vista de la hija. La novela relata un amor imposible visto a través de su mirada: qué significado tiene para su mundo emocional y qué huella deja en su vida. Y luego surgió un cuarto personaje, el propio Alto Adigio. Igual que Eva, es un niño al que le falta al menos uno de sus progenitores. Así es como nace simbólicamente el Alto Adigio. Su trauma colectivo fundacional es haber sido separado de la patria madre, Austria, y haber quedado ligado a un Estado con el que no tenía vínculos previos ni historia compartida, Italia. De ahí surge esa sensación profunda de orfandad política que atraviesa su identidad.P. Es una historia dentro de la Historia.R. Sí, para mí ha sido el comienzo de una reflexión mucho más amplia sobre la historia de mi país. Una sola novela no era suficiente para explorar a fondo la relación entre lo grande y lo pequeño dentro de la Italia del siglo XX. De ahí nace lo que yo llamo la trilogía de los padres, formada por Eva está dormida, Más alto que el mar y Sangre justa [las dos últimas inéditas en español]. Son novelas completamente independientes entre sí, pero nacieron como partes de un mismo impulso creativo.P. Sorprende mucho en el extranjero el sentido de pertenencia que tienen los italianos, sobre todo considerando que Italia es un país relativamente joven…R. Es cierto. No somos nacionalistas, pero sí tenemos un fuerte sentido de pertenencia. Italia demuestra que la identidad nacional y la identidad de pertenencia no son necesariamente lo mismo. Todo italiano lleva consigo una constelación de identidades regionales. En mi caso, aunque nací en Roma, el hecho de que mi madre fuera de Turín y mi padre de Ferrara forma parte esencial de quien soy. Sin embargo, eso no pone en duda nuestra “italianidad”: somos italianos por una identidad cultural profunda, vinculada a una lengua compartida que durante siglos se sobrepuso a las diferencias locales. A ello se suma una identidad cultural extraordinariamente fuerte, que proviene de la antigua Roma y de la Iglesia. Todo ello configura un conjunto de continuidades culturales, lingüísticas y simbólicas muy poderosas y, en cierto modo, únicas en el mundo: no en todas partes existe el Papa, ni hubo un Imperio romano, ni se produjo un Renacimiento. P. Eva está dormida encaja muy bien en esta descripción de Italia.R. La vida en el Alto Adigio se vio gravemente afectada durante el fascismo, un régimen especialmente duro con las minorías. Sin embargo, la historia desemboca en una solución política profundamente positiva: la Constitución republicana antifascista, fruto de una plataforma muy diversa, que incluía desde monárquicos hasta comunistas. Un texto excepcional que ya desde su redacción recoge la protección de las minorías.P. ¿Cree que estas ideas siguen válidas hoy en día?R. En Italia hay claramente un Gobierno que querría una Constitución distinta. Giorgia Meloni ha intentado repetidamente hacer cosas anticonstitucionales, aunque muchas veces esas iniciativas han rebotado. La última vez el freno fue popular: una reforma constitucional que abría la puerta a cambios más peligrosos fue rechazada en referéndum por los ciudadanos. El verdadero proyecto político de Meloni ha sido siempre transformar la república parlamentaria en una república presidencial, algo a lo que los padres constituyentes dijeron no tras veinte años de fascismo. Puede haber países donde eso funcione, pero Italia, como Alemania, no tiene la historia para permitírselo.P. En Sangre justa aborda el colonialismo italiano en Etiopía durante el fascismo, un tema que en Italia sigue siendo profundamente incómodo.R. Me interesaba entender la generación de mis padres, esos chicos y chicas que fueron jóvenes durante la Segunda Guerra Mundial. Una generación de “nativos fascistas”, que no conocían un mundo sin dictaduras. ¿Qué hace esto a las personas? ¿En quiénes las convierte? ¿Y quiénes son después, en democracia? Esa es una pregunta que siempre me he hecho sobre mis padres.P. Cuando se publicó, en 2017, fue la novela internacional del año para Der Spiegel, y vendió muchas copias en Alemania. En Italia no tuvo el mismo éxito.R. La verdadera dificultad ha sido el pudor de una parte importante de la cultura italiana progresista. En mis libros intento decir algo que vaya más allá de las dos grandes “iglesias” culturales de la posguerra: la católica y la comunista. En Italia sigue existiendo un pensamiento muy ligado a la pertenencia ideológica. Yo soy de izquierdas, soy progresista, pero no pertenezco a una corriente cultural concreta, no porque esté en contra, sino porque pienso de otra manera.P. ¿Podemos hablar de una afición por el género de la novela histórica?R. Es verdad que todas mis novelas dialogan con la historia, pero la historia me interesa sobre todo en calidad de ciudadana. Como escritora, me ayuda a comprender mejor quiénes somos hoy. No como una reconstrucción del pasado, sino como una herramienta para pensar el presente.P. Después de cerrar su trilogía, en 2024 volvió a contar la historia de un padre, esta vez el suyo. ¿Qué pasó?R. La invasión rusa de Ucrania. Yo estaba en Berlín cuando ocurrió, y estaba terminando otro libro. Me sentí conmocionada, incrédula y angustiada por esas imágenes. Durante los primeros días de la invasión no conseguía hacer otra cosa que seguir las noticias. Y esos son los lugares donde mi padre combatió su guerra, que, como cuento en Pies fríos, fue una parte tan constitutiva del relato que él hacía de sí mismo y, por tanto, de la historia de nuestra familia. Tuve que dejar el libro que estaba terminando y empezar a escribir este otro.