Los análisis documentados del infame pasado franquista se llevan mal con los relatos fáciles o de autobombo

A las 14.15 del domingo 23 de noviembre de 1975, una losa de granito de 1.500 kilos cubrió la fosa preparada para dar sepultura a Francisco Franco en la basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos.

Lo que entonces empezaba no tenía un curso ni un plan determinado. El grueso del caparazón de esa dictadura de cuarenta años, salida de un golpe de Estado y de una guerra de exterminio, no contenía el embrión de la democracia y tampoco el nuevo jefe del Estado, el rey Juan Carlos, ofrecía las mejores garantías. Poseía en sus manos un poderoso aparato represivo y había muchos fieles todavía dispuestos a defender sus privilegios, presentes en el ejército, en las Cortes, en el Consejo Nacional del Movimiento, en los sindicatos verticales, en los consejos de administración de las empresas públicas y en los medios de comunicación.

Carlos Arias Navarro, último presidente del Gobierno con Franco, continuó en el puesto en el primer Ejecutivo de la Monarquía. Los ministros que comenzaron su mandato el 13 de diciembre de 1975 habían acumulado un amplio y largo currículum como servidores del Caudillo. Arias les dijo que se les llamaba “para preservar y continuar la gigantesca obra de Francisco Franco, perfeccionándola y adecuándola a las exigencias de cada momento”. En realidad, fueron años sembrados de conflictos, de obstáculos previstos y de problemas inesperados, en un contexto de crisis económica y de incertidumbre política.