Ángel Valdés se ha levantado esta mañana con una determinación absoluta: acercarse lo más posible al Papa. Por delante se le presentan varias complicaciones. Vive en una ciudad a las afueras de Madrid y no tiene coche ni carné de conducir. Eso lo primero. Tampoco facilita las cosas que su esposa no lo quiera acompañar. A lo que hay que sumar que ni ve ni escucha. Resulta que Ángel nació sordociego hace ahora 60 años. En las siguientes horas, la misión de ir en busca del nuevo Papa enfrentará todo tipo de dificultades, pero logrará sortear todos los obstáculos que se interpongan en su camino. Pareciera que hay algo invisible que lo protege como a Dominó, una superheroína de Marvel cuyo superpoder era contar con la suerte de su lado.Subido al tren de Cercanías, se ha enterado de que han cortado la estación de Recoletos, la más cercana a la plaza Cibeles, donde León XIV va a celebrar la misa. La toca entonces bajarse en Sol y caminar unas calles, algo con lo que no contaba. Acaba, sin quererlo, en Neptuno. Lleva escrito en un papel su destino final, una zona acordonada para personas con discapacidad, muy cerca del púlpito. Pero los accesos están cortados y nadie lo puede guiar hasta allí. Desorientado, acaba detrás de una pantalla gigante, junto al Hotel Palace. La ceremonia empieza y Ángel se encuentra de pie, al sol, a más de 30 grados, con una gorra de Decathlon y dos gafas, unas de ver y otras de sol, colgadas del cuello con una cadena.Da la sensación de flotar solo en el espacio, como un astronauta. La voz del Papa retumba con fuerza en los altavoces, sin que esto le produzca nada. Ni la música litúrgica de después. Ni el rezo colectivo. No forma parte del culto comunitario. De un momento a otro se siente indispuesto y se tambalea. Es una persona muy grande, así que hacen falta varios para acomodarlo en una silla que se han apresurado en traerle. Le traen agua y un refresco energético. Una galleta de chocolate. No entienden su acento sordo. Le hablan como si escuchara y le hacen señas a unos metros como si pudiera verlos. Nadie conoce el lenguaje de signos. Reina la confusión hasta que Ángel parece encontrarse mejor y la gente de alrededor vuelve a concentrarse en la misa. Se puede hablar deletreándole en la mano, pero eso podría llevar siglos entre dos desconocidos. Así que mejor por WhatsApp.—¿Crees en dios?—Dios —responde—.—Bueno, DIOS.—dIOs. —¿Sí o no?—A veces sí, a veces no.Está casado desde hace 28 años con una mujer a la que conoció en Barbate durante la comunión de un sobrino. No hay forma de arrancarle el nombre de ella. Juntos han creado una asociación de personas sordociegas, OISSCE, de la que él es presidente-fundador y ella vicepresidenta; se desconoce si fundadora o no. No tienen hijos. Viven en Pinto. Dice que nació sordo y que perdió la vista a los cinco años, por lo que le quedan algunos recuerdos de la forma que tienen las cosas. Tiene hermanos y sobrinos sordociegos, aunque no quiere ahondar en eso. Pasa minutos completos en silencio, segundo a segundo, sin moverse, solo tocado por el aire de los abanicos que se agitan al lado. De repente, cae en la cuenta de que el tiempo se le escurre entre los dedos y no se encuentra ni remotamente cerca de Robert Francis Prevost, el enviado de Dios en la tierra.Ocurre entonces algo que parece un giro de los acontecimientos, un golpe de suerte. Ángel ha logrado abrir su email en el teléfono y da con un mensaje de la organización con un código de acceso, el S67S, y un código QR. Con eso podrá entrar en la zona especial, un lugar que a estas alturas, una hora desde que arrancó la misa, ha idealizado en su cabeza. Cabe la posibilidad de que una vez ahí se pueda acercar el Papa, de que pueda tocarlo con la yema de los dedos. No tan deprisa, dice una voluntaria. Según un mapa, esa zona, próxima al altar, es la iQ, a cuatro sectores de este. En el camino se interponen decenas de miles de personas, una marea humana.Bueno, vamos, intentémoslo, propone la voluntaria. Ángel se agarra a su brazo y caminan despacio, casi pasando por encima de la gente. Sortean personas de rodillas, monjas, ancianos, niños. Parece encaminado a verse con el Santo Padre, pero todo es un ilusión: llega un momento en el que no pueden avanzar más. “No caben más personas. Imposible pasar”, dice un encargado de la organización que custodia una valla. Ángel no quiere creerlo y su cuerpo empieza a emitir vibraciones. En efecto, empieza a asomar en él algo parecido a la furia. Llama por videollamada a un amigo y, por la velocidad con la que mueve las manos, queda claro su disgusto. El amigo traduce igualmente: la organización es un caos, todo está mal, se va a acabar el evento y estoy perdido. Llama a unos teléfonos de los monitores que se encuentra dentro del espacio para discapacitades, esa tierra prometida. La llamada a buzón: no hay suficiente cobertura. Tampoco hay Internet. Funcionan las comunicaciones tradicionales. La información de que un hombre sordomudo sufrió un golpe de calor y anda a la deriva ha debido filtrarse por las radios de los voluntarios y la policía. Ángel acaba en una tienda de campaña del Samur-Protección Civil, donde le toman la tensión y consultan su historial médico con su DNI. Pone cara de qué hago aquí, pero a estas alturas ya parece resignado. Los trámites se demoran una media hora. La gente se da el saludo de la paz, señal de que la ceremonia continúa sin Ángel, sin esperarle. “Está perfecto”, concluye un enfermero joven después del chequeo. Hay adolescentes vomitando, señoras mayores a las que se les han subido los calores y un cincuentón al que se le ha bajado la tensión. En medio, un hombre silencioso y misterioso que se encuentra en perfecto estado. Su misión parece condenada al fracaso, hasta que llega un tercer voluntario, un hombre alto y decidido a que las cosas no se queden así. Por un lateral despejado se lleva a Ángel del brazo y lo coloca en primera fila, a unos diez metros del altar. Se han tenido que hacer a un lado cofrades vestidos de chaqué y mujeres con mantilla a los que estos privilegios no les han hecho mucha gracia. Unos técnicos de TVE le dejan una silla para que esté más cómodo. Por primera vez, no tiene nadie delante. Nada se interpone entre él y el Papa. Se ríe a carcajadas y se toca el rostro. Quiere decir: “Vaya cara que tengo”. Sin embargo, en ese punto el altar hace una curva y no permite ver nada del interior. Es un lugar tan ciego como el del principio. Se ve todo mejor por las pantallas, que muestran a León XIV, un señor flaco y pálido, sentado en una poltrona blanca, con una casulla también blanca y un solideo que le oculta las canas. “¿Se ve bien al Papa?“, pregunta Ángel, quien sabe si temiéndose lo peor. No, nada. Pero debes estar, como mucho, a menos de 20 metros de distancia.
La misión especial del sordociego Ángel Valdés para acercarse lo más lo posible al Papa con un código QR en su móvil
Sin ver ni oír, viajó él solo desde Pinto para asistir a la misa de León XIV. Este es el relato de una aventura extraordinaria











