Cualquiera que haya estado el fin de semana pasado en Madrid, habrá notado la presencia de dos personajes poderosos, líderes mundiales, antagonistas morales de Donald Trump y las derechas más radicales que se expanden a nivel global. Defensores de los derechos de los más oprimidos, de la migración, la tolerancia y la diferencia, tanto el papa León XIV como Bad Bunny han llevado a la ciudad al colapso, han llenado los espacios radiales, televisivos y los tabloides mientras han lanzado arengas que se han hecho escuchar. El domingo pasado, a pesar de las estaciones de metro y las calles cerradas, no pude evitar perderme en la fiebre de la multitud, yo, que me las doy de laica, terminé llorando junto a 1,1 millones de personas en un punto ínfimo de la avenida Recoletos, entre cantos gregorianos y arengas. La verdad, no sé qué me pasó, no sé si fue porque sufrí un golpe de calor o porque me emocionó toda esa gente reunida alrededor de una figura que representa una esperanza. Quizá fue una mezcla de ambas cosas, no había llevado agua, diré en mi defensa, pero terminé lagrimeando junto a miles de desconocidos apeñuscados como hormigas en un ínfimo sardinel viendo al Papa hablar en una pantalla, pues estábamos a más de un kilómetro de distancia de Cibeles, pero lo sentíamos próximo, humano y a la vez elevado al decir “nadie puede arrodillarse ante el señor y despreciar al hermano”. En la noche volví a estar apretujada entre la multitud, una vez más, pero en esta ocasión para perderme al ritmo boricua del gran Benito en el Estadio Metropolitano. Con mi hija adolescente, mi amiga y su hija, también adolescente, sufrimos una vez más la ola infernal de calor, esta vez en un vagón de metro. Alrededor, muchachas con flores en la oreja, banderas de Colombia, México, Argentina, Ecuador, Puerto Rico, España, las mismas banderas que había visto horas antes en otra aglomeración imposible, la de Recoletos. Porque en ambos casos las banderas de países hispanos ondeaban en un afán de hacerse visibles, de reafirmarse, de hacerse sentir. Una de tantas diferencias es que los jóvenes del tren gritaban, más que cantaban, Debí tirar más fotos, mientras que los de Recoletos gritaban ¡Viva el Papa! y ¡Juventudes con el Papa! Porque una de las cosas que me sorprendieron, no tanto en el concierto pero sí en Recoletos, fue la cantidad de muchachos, veinteañeros, adolescentes, urgidos por escuchar a ese hombre de sotana blanca, el mismo blanco que Benito habría de usar en la noche para su aparición estelar en el Metropolitano. Inmaculados ambos, atletas de la fe, el Benito con diez conciertos seguidos en Madrid, el León XIV con días de entre cuatro y seis eventos cada uno, estos hombres de blanco con sus slogans, sus frases poderosas, su invocación de la luz en medio de las tinieblas, sacuden a las masas de una manera tan feroz que deja muchas preguntas. ¿Estamos tan famélicos de alimento espiritual? ¿Qué une a este par de figuras? Sin duda, un discurso de tolerancia y humildad, el recordatorio constante de que hemos venido aquí para amar al prójimo, dicho eso sí, no en las mismas palabras ni con los mismos ademanes, pero dicho al fin y al cabo por ambos ante multitudes enardecidas que los escuchan bien sea perreando o rezando, en ambos casos con fervor. En el concierto, como en Recoletos, vi gente llorar, sobre todo jóvenes; vi camisetas con mensajes de amor, sentí la urgencia de conectar, el deseo de arroparnos bajo un mismo ritmo, un mismo eslogan, un mismo sentimiento, dejar a un lado aquello que nos diferencia, aunque sea por un momento, olvidarnos de que estamos todos en desacuerdo, olvidarnos de todo eso mientras cantamos una misma canción o rezamos la misma oración que nos sabemos desde niños. El concierto duró tres horas. A la salida había muchísima basura en el suelo, al igual que en la mañana. Un muchacho con una bandera como pareo me recordó a otro que la llevaba igual horas antes mientras rezaba. Por un momento me sentí como la Cenicienta después de la medianoche. En el tren de vuelta ya nadie cantaba y yo no podía dejar de pensar en las quince paradas que me separaban de la mía, más lo que tendría que andar para llegar a casa exhausta y un poco melancólica. El subidón bajaba mientras pensaba en esos hombres enormes, todos poderosos, esos que hablaban de igualdad, reconciliación y humildad desde un púlpito, desde las alturas a las que solo llegan los que han dejado de ser iguales a nadie. De camino a casa, mi hija me pregunta cuál creo que es más famoso, si Bad Bunny o el Papa, y me pongo a pensar en la ciudad invadida de policías, en los sobrevuelos de helicópteros, en las ambulancias. Le respondo que no lo sé, pero en principio, todos somos iguales, incluidos ellos. Al menos, añado, eso es algo que en estos días le he escuchado a ambos. @melbaes