Durante el primer tercio del nuevo siglo, la historia política se ha dado la vuelta: no hemos presenciado el declive del populismo latinoamericano, condición necesaria para la maduración de unos regímenes que siguen sin cumplir los estándares que definen a las “democracias plenas”, sino la extensión del populismo a las democracias europeas. Esto se ha llevado a cabo de maneras diversas, pero en todos los casos se tira de una retórica que los latinoamericanos conocen de sobra: unas élites perversas se han apropiado del Estado, aliándose con los enemigos del pueblo y perjudicando sus intereses legítimos; solo la victoria en las urnas de un líder capaz de representar a los excluidos y regenerar las instituciones hará posible la realización de una verdadera democracia al servicio del “pueblo genuino”.Pero mientras el virus del populismo se transmitía a las sociedades europeas, aunque no todas ellas hayan demostrado ser igual de vulnerables, ¿tal vez se ha curado por fin América Latina de su vieja enfermedad? Por desgracia, no es el caso; la ironía queda incompleta. Si se repasa el estado de la región, podrá comprobarse que los patrones tradicionales no han cambiado a pesar de algunas novedades llamativas: el libertario Javier Milei derrotó al peronismo en Argentina y el derechista José Antonio Kast hizo lo propio con el izquierdista Gabriel Boric en Chile. ¿Son populistas? No está claro, aunque ambos sean —cada uno a su manera— extremistas. También en Brasil y Colombia reina la polarización: si el insurrecto Bolsonaro dejó paso al retornado Lula en Brasil, la situación en Colombia es preocupante después de que Gustavo Petro se negase a reconocer la victoria del candidato derechista Abelardo de la Espriella en la primera vuelta de las elecciones.Por lo demás, el populismo clásico que habla del pueblo y sus enemigos sigue gozando de buena salud al sur del Río Bravo: la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha profundizado en el legado de su mentor López Obrador con una reforma “democratizadora” del poder judicial que le priva de su necesaria independencia; Nayib Bukele continúa imponiendo en El Salvador una agenda de ley y orden que casa mal con las garantías esenciales del Estado de derecho; la democracia peruana se ha convertido en un esperpento donde los presidentes electos se suceden unos a otros a gran velocidad y la estabilidad política solo es ya una fantasía irrealizable. Por su parte, Nicaragua sigue siendo una dictadura y Venezuela no ha dejado de serlo pese a la captura estadounidense de Nicolás Maduro. De modo que el populismo no ha desaparecido en la mayoría de las sociedades latinoamericanas, ni parece que vaya a hacerlo en el futuro. Y es que no puede hacerlo si no desaparecen, a su vez, las condiciones que lo propician. Sobre cuáles son estas condiciones, huelga decirlo, hay discusión. Pero es oportuno recordar que el populismo es un estilo político —le falta contenido sustantivo para ser una ideología propiamente dicha— característico de la democracia: el líder populista invoca la soberanía popular y las democracias pasan por ser el gobierno del pueblo para el pueblo. Asunto distinto es que el líder populista se convierta en una amenaza potencial para la democracia cuando detenta el poder y reclama para sí la representación exclusiva del pueblo, negando así tanto el pluralismo político como el deber constitucional de reconocerlo y protegerlo. En ese sentido, el populismo es una tentación democrática; de ahí que exista en casi todas partes, aunque no en todas partes tenga la misma fuerza.¿Y a qué obedece su proliferación en el interior de un sistema democrático? El historiador italiano Loris Zanatta señala que el populismo es propio de las sociedades que sufren conflictos derivados del proceso de modernización, lo que parece encajar con un subcontinente latinoamericano donde la mayoría de sus países siguen sin superar la célebre “trampa de la clase media”, que les impide convertirse en economías avanzadas una vez abandonada la pobreza. De acuerdo con esa premisa, la irrupción del populismo en Europa sería consecuencia de la gran recesión que sacudió al mundo entero en 2020. A las viejas tensiones redistributivas se añaden hoy las que derivan de la desigualdad intergeneracional y la combinación de crisis de natalidad e inmigración masiva, que avivan los temores nativistas del populismo etnocéntrico de derecha. Este último ha triunfado asimismo en la vieja democracia norteamericana, y aunque Donald Trump es quizá menos excepcional en la historia política norteamericana de lo que se ha dicho, no deja de representar a un populismo radicalizado y antiliberal.Claro que el impacto del populismo no es el mismo en todas las democracias, por lo que urge discernir por qué. Al margen de factores tales como la prosperidad compartida o la existencia de una genuina cultura política liberal, que limitan el impacto del populismo, conviene hacer hincapié en una variable decisiva y sin embargo poco señalada: la forma del sistema político. El efecto del populismo se ve atenuado allí donde la democracia es parlamentaria y los ciudadanos votan a partidos que luego eligen a un primer ministro que depende del poder legislativo para aplicar su programa. Aunque también las democracias parlamentarias son cada vez más personalistas y un primer ministro elegido por el parlamento puede adoptar maneras presidencialistas, el reparto proporcional de los escaños permite relegar a las formaciones populistas a los márgenes del sistema o bien —cuando esto no es posible— armar coaliciones que lo frenen o debiliten. Va de suyo que un partido populista puede asimismo lograr la mayoría absoluta de los escaños en un sistema parlamentario, pero lo cierto es que quienes han llegado al poder en Europa lo han hecho formando coaliciones con otros partidos.En los regímenes presidencialistas, por el contrario, los populistas han triunfado ya: llevan décadas haciéndolo en América Latina. ¿No será entonces que las democracias presidencialistas son inherentemente populistas y polarizadoras? Los ciudadanos eligen en ellas de manera directa a un presidente que asume la tarea de representarlos; eligen casi siempre en segunda vuelta entre dos candidatos enfrentados entre sí y pocas veces hay terceras vías. Pensemos en Estados Unidos, la sociedad más rica del mundo, donde, sin embargo, todos los candidatos prometen dar power to the people y hacer prevalecer los intereses de la gente común ante los grupos de presión y la casta washingtoniana.¿Y acaso no es el presidencialismo la forma política característica de las sociedades latinoamericanas? Las jóvenes repúblicas nacidas de los procesos independentistas imitaron al vecino norteamericano y desecharon la alternativa parlamentaria. No se quiere decir con ello que los problemas de América Latina deriven exclusivamente del presidencialismo; las cosas siempre son más complejas. Pero la recurrencia del populismo —que tantos problemas causa a las sociedades latinoamericanas— tiene mucho que ver con la implantación del modelo presidencialista. Ambos, populismo y presidencialismo, se refuerzan mutuamente. Estamos ante una mala noticia: romper con una tradición política tan asentada en la región se antoja imposible. Pero cada vez que nos preguntemos por qué no desaparece el populismo, recordemos que no estamos ante una maldición: las instituciones también cuentan. Y el presidencialismo cuenta mucho.
Sobre la recurrencia del populismo latinoamericano
El populismo clásico que habla del pueblo y sus enemigos sigue gozando de buena salud en América Latina














