Un juguete mordisqueado durante horas suele ser una de las primeras señales que llaman la atención de quienes cuidan animales en espacios cerrados. A partir de detalles así surgió durante años la idea de que muchas conductas poco habituales nacen por vivir lejos del entorno natural. Esa percepción se alimenta cuando aparecen movimientos repetitivos, respuestas exageradas o hábitos que parecen extraños para los observadores.

Es cierto que vivir en un espacio cerrado puede cambiar el día a día de un animal. Puede haber menos estímulos, menos interacción con otros individuos y una vida mucho más predecible. Todo eso influye en su comportamiento. Pero no todo lo que parece raro es un problema. Algunas conductas que llaman la atención simplemente forman parte de la forma natural en que una especie se comporta.

El estudio descarta una anomalía ligada al encierro

La masturbación en aves ha sido considerada durante mucho tiempo una posible señal de estrés o de problemas derivados de la cautividad. Sin embargo, una investigación publicada en la revista científica Ecology and Evolution y liderada por la ecóloga evolutiva Chloe Heys, de la Universidad de Lancashire, concluye que esta conducta aparece en numerosas especies y forma parte de su repertorio sexual habitual. Los datos apuntan además a que los casos descritos son más frecuentes en aves silvestres que en ejemplares mantenidos por personas.