La escena se repite cada año. Un grupo de turistas entusiasmados con la isla abandona Menorca tras unas vacaciones idílicas, convencidos de su amor platónico por el territorio insular. Antes de partir, reciben el alto del personal de seguridad del aeropuerto tras pasar el equipaje por rayos X. Una maleta de diseño se abre en canal mostrando al mundo un interior fascinante: piedras, arena, fósiles, conchas, caracolas y guijarros de mil colores y formas distribuidos entre los atuendos de lino del verano. Según el Departamento de Medi Ambient del Consell Insular de Menorca, en los últimos 10 años se han requisado más de 15 toneladas de material geológico extraído por turistas de las playas y calas de la isla.
El argumento es el souvenir, el recuerdo, la apropiación de un pedazo de Menorca a modo de obsequio. El daño ambiental, sin embargo, es mucho más grave de lo que se podría suponer. “El problema de la retirada de este tipo de sedimentos no tiene que ver solamente con las cifras de material que se interceptan en el aeropuerto y que son más o menos estables cada año. La erosión más preocupante se produce por lo que llamamos efecto hormiga, es decir, que si cada uno de los turistas que pasa por las playas de Menorca cada verano se llevase 100 gramos de arena, al final de un año tenemos 100 toneladas menos en una playa. Dada la magnitud y el volumen de turistas que visitan la isla cada año. El problema al final es la masificación”, explica Agustí Rodríguez, científico del Centre Geològic de Menorca.








