Autoridades y locales del archipiélago italiano, uno de los lugares que más sufre el turismo de masas, se plantan ante una situación que consideran extrema y aprueban una serie de medidas que buscan frenar su impacto
Con su famosa gruta Azul, la sinuosa Via Krupp, las terrazas mirando al Mediterráneo y villas como la de Tiberio, Capri, en otro tiempo remanso para poetas como Rilke o Neruda y lujoso patio de recreo de personalidades como Jackie Kennedy, Elizabet...
h Taylor y Audrey Hepburn, vive desde hace años una transformación del turismo. Si antes la isla italiana era famosa por su belleza y ambiente tranquilo —y se podría decir que selecto—, ahora se ve devorada por los incesantes turistas que se bajan de los cruceros en los que arriban y la transitan como “rebaños de ovejas y no es agradable verlos”, como lo ha descrito Paolo Falco, el alcalde de Capri, a The Times.
Desde el Consistorio, que se ha hecho cargo de las críticas y el malestar de la población local, acaban de anunciar una serie de medidas para frenar el hormigueo incesante de turistas que, sobre todo en los meses de verano, acaban formando colas larguísimas en los sitios más populares, impidiendo su disfrute natural. “Necesitamos salvar la belleza, no tenemos otra opción”, ha añadido Falco en sus declaraciones al periódico británico. La resolución, aprobada por unanimidad, se pondrá en marcha desde el próximo verano.







