Actualizado Lunes,
junio
02:18Antes de las 11 de la ma�ana de un domingo en Madrid, una, con las carreteras vac�as y el aire limpio, a�n casi de cristal, puede sentirse due�a del mundo, poseedora de un privilegio secret�simo. El domingo de la ma�ana de la Misa en Cibeles, a�n a las 8.15, una solo pod�a entenderse como un peoncillo m�s. En las calles se correteaba bajo sombreros de rafia y banderas vaticanas. Tropel de mujeres con vestidos de lino, ni�as de blanco que agitaban sus paipais, hombres con guayaberas y botellas de agua. El d�a anterior, desde la Corredera Baja de San Pablo a Las Ventas, las campanas de las iglesias se hab�an orquestado en una melod�a extraordinaria. Repicaban sobre la turista que ped�a un pain au chocolat y el anciano que sal�a del supermercado aferrado a un pack de flanes de huevo. El anuncio del j�bilo se infiltraba por los o�dos.Pero Le�n XIV no est� para dar palmas. Existe un cat�lico, lo sabe, que contradice su nombre. Lo combate y lo anula y en lugar de abrirse al mundo se cierra. El universo, a sus ojos, se hace chiquitito y convencido de que el bien y el mal luchan frente a sus narices, se autoimponen ellos el t�tulo de portadores de Los Valores, desde ese momento, insignia tribal. Miran al otro, entonces, solo para cerciorarse de que sus diferencias se mantienen ineludibles.La amabilidad de su rostro -redondo, juampablesco, destinado, en definitiva, a la mitra de Roma- pone un poco de az�car a la p�ldora que da. El catolicismo que se predica y no se practica no entusiasma al Papa. La mujer que se eleva como juez dom�stica y descuartiza la calidad moral de su amiga ahora divorciada, dos ni�os tras 11 a�os de matrimonio, no se llevar� su aplauso. El concejal que desde sus redes proclama que sus hijos deber�n ser de derechas, que se entiende a s� mismo, o sea, due�o de sus criaturas, en lugar de canal por el que Dios les ha dado la vida, se recochinea en la �ideolog�a prefabricada� sobre la que Le�n XIV alerta. Los Valores que zarandean como declaraci�n de independencia se esterilizan: nadie puede, dijo el Papa frente a la Cibeles, arrodillarse ante Dios y despreciar al hermano. Quien lo hiciera, en cualquier caso, no se lograr�a en verdad arrodillarse ante �l: es en el rostro del otro donde Dios se encarna. En las manos de un amigo que, tras una llamada de madrugada, improvisa para otro una cama en el sal�n Dios act�a. En la perseverancia de quien cada semana invita a su prima, ingresada en centro psiqui�trico, a un restaurante y a un helado Dios aparece. En quien renuncia al esplendor econ�mico para levantar a diario al pobre y al abatido Su presencia se materializa.Lejos del altar, mientras apretaba su silla port�til bajo el codo y un grupo de adolescentes con gorritos reciclados de la JMJ botaba al son de Cantando vienen con alegr�a, Se�or, Nacho del Ni�o Jes�s, carmelita reci�n ordenado, desenred� un escapulario y lo entreg� a su interlocutora. Confiaba en que �el Papa nos ayude a fijar la mirada, en lugar de en el suelo, en el otro y en el Otro, con m�s uni�n y con m�s alegr�a. Eso es lo que Jes�s nos promete en el Evangelio: nos env�a al Esp�ritu Santo para que nuestra alegr�a, la de todos, no la de un grupo selecto, llegue a la plenitud�.Ne�fito y veterano resultaron andar sincronizados. Antes de que en la calle Alcal� llovieran p�talos de rosa y clavel al paso del palio del Corpus Christi, mucho antes de que el esp�ritu de la experiencia compartida llevara a las veintea�eras a desga�itarse a coro con la resaca emocional de un concierto, el Papa pidi� que, junto con el Cuerpo de Cristo que paseaba sobre el asfalto, cada uno se saliera de su custodia y se sacara a s� mismo por las calles. Pidi� que la mirada se transformara para construir un mundo con la alegr�a y el amor, �m�s fuerte que la muerte�, de los que hab�a hablado a los j�venes la noche anterior. En las calles de Madrid, rebosantes en una ma�ana de domingo de un aire casi de cristal, revive un privilegio que no est� llamado a ser secreto.











