A las ocho de la mañana, todas las calles de Madrid son los ríos que van a dar al mar, que es, hoy, la Santa Misa del Papa. A contracorriente van algunos que quieren alargar la noche. También los corredores que no han previsto que decenas de miles de personas saldrían temprano para intentar hacerse con un sitio para la ceremonia. —¡El QR en la mano, que se vea, por favor!—, indica un agente de la Policía Nacional en el Paseo del Prado. —¡Los que quieran cruzar al otro lado, pegados a la pared, por favor!—, añade su compañera. Predominan los tonos blancos, con clara supremacía del blanco. Muchas personas llevan sillas consigo.—Teníamos que haber comprado una, las hay que no ocupan nada—, le dice una señora a su marido. Ya en el Retiro, los corredores levantan las cejas ante la marea humana a la que se enfrentan.—Yo qué sé lo que es un código QR. Si a veces no soy capaz de poner el programa que busco…-, dice una señora mayor que está sentada en una silla pegada a la verja de El Retiro que da a la calle de Alcalá. La cola para acceder al sector W13, en la calle de Villanueva, serpentea por Serrano y se adentra en Jorge Juan.—No sé yo si vamos a entrar, ¿eh?—, comenta una chica.—Dios proveerá—, contesta con sorna uno de sus acompañantes, provocando la risa del grupo. Pasa un grupo de jóvenes con camisetas moradas. Una chica lleva un altavoz en la mano. Suena Para qué me escribes, de Hermanos Martínez. A las 9.24 un rumor recorre la calle. Algunas carreras hacia Goya. —¡Está pasando, está pasando!—, dice la gente.De fondo, se oyen gritos de emoción. Suena también el helicóptero. Una niña lo saluda. Pasado el papamóvil —o al menos su estela— la gente, en la cola, retoma las conversaciones. Hablan sobre las elecciones del Madrid. También de Bad Bunny. —Ahora Bad Bunny coge a feos—, comenta una chica joven. —¿Cómo?—, le pregunta su pareja.—Sí, sí, para la casita. A ver si te coge a ti…—, le espeta antes de darle un beso compensatorio. Regresa a la cola la gente que salió corriendo para ver el papamóvil.—No llegamos por un segundo, ¡qué rabia!—.La cola avanza lentamente.—¿Nos colamos?—, propone un chico.—¿Cómo nos vamos a colar en una misa del Papa?—, le contesta su amigo. La gente abre sus sillas, se sienta y, cuando avanza la cola, levantan el campamento temporal, para sentarse un poco más adelante.—¡Hay cervecita, refrescos, agua fresquita, zumos!—, anuncian unos chicos que empujan un carrito de supermercado cargado de bolsas de hielo. Tres señoras mantienen un debate sobre el mejor momento para ir a misa los fines de semana.—Yo voy el sábado a las 13.00, porque a partir de las 12.00 ya cuenta—, dice una.—Yo prefiero el domingo por la mañana—, tercia otra.—Pues yo los domingos por la tarde, porque si no se me hace el día muy largo en casa—, apunta la tercera. Hay personas que siguen a través del teléfono el trayecto del Papa de camino a Cibeles.—Lo vi pasar ayer por Sagasta y se me puso la piel de gallina—, dice una chica.La cola avanza.—Oye, esto es como aquello que decía Arturo Fernández, aquí solo hay gente guapa—, aprecia una señora. El sector W13 está completo. Centenares de personas se quedan fuera.—Yo soy un currito, dígaselo a los maderos—, responde un voluntario ante las preguntas de varias personas. La gente avanza hacia la gran pantalla situada en la Puerta de Alcalá. Aplauden cada vez que aparece el Papa. “Papá León, te queremos un montón”, reza una pancarta que sujetan unas hermanas trillizas que van vestidas igual. Son las 9.56 y empiezan a escucharse los “schssss” de las personas que piden silencio. Bajan los decibelios y se escuchan con claridad los pájaros y el helicóptero.Un padre le explica a su hijo a lo que han venido:—La fiesta del Corpus Christi es una de las más importantes de las fiestas católicas. Se celebra siempre en jueves, aunque hoy aquí se hace en domingo—, empieza. Ha puesto un tono tan didáctico que varias personas se suman a la explicación.—Suele caer más o menos 60 días después de Semana Santa. Y se celebra la exposición del cuerpo de Cristo, que se saca en una custodia, que es un objeto de oro o de piedras preciosas, pero también puede ser más humilde, ¿eh?— Ahora ya hay más gente escuchando. —Para que los fieles puedan mirarla y adorarla en las calles. Es la única vez que la hostia sale de la iglesia. Cuando se consagra en la misa, el cura la expone, la levanta, ¿no? Pues ahora hace exactamente lo mismo, pero en la calle. Y la forma de transportarla es la custodia. Y es un momento muy importante porque la fe católica se basa en eso: en que en la hostia está el cuerpo de Cristo—, concluye.Y le dan un pequeño aplauso al señor que se hace multitudinario al aparecer en la pantalla los Reyes. —Pero, ¿tú vas a misa todos los domingos?—, le pregunta una chica a otra.— ¿Yo? ¡Qué va! Pero ser cristiano no es ir todos los domingos a misa, ¿eh?—.—Ya… ¿cuántos habrá de misa diaria que luego son más malos que una gripe?—. —Esos son los peores—. —El cristianismo se practica en la calle, no en las iglesias—, les dice una señora que estaba atenta a su conversación.—Eso—, cierra una de las chicas.Pasan dos moteros con sus cascos. Son enormes y van completamente de negro. Complicado no fijarse en ellos. De repente, un “schsssss” de gran intensidad. Empieza la misa. Es el momento de las sillas. Algunas personas se sientan en el suelo.Hay muchos niños. Se escuchan algunos llantos, pero la mayoría guarda un silencio casi milagroso. Los que se aburren, buscan diversión: una niña se pone las gorras de todos sus colegas. Llega a ponerse seis. Y los otros cinco se ríen. En silencio, por supuesto. Una pareja cambia un pañal a un bebé de 21 días. Un niño lleva apuntado con bolígrafo un teléfono móvil en el brazo. Al iniciarse la consagración, algunas personas se ponen de rodillas.—¿Cómo van a hacer para la comunión?—, pregunta un joven.—Ni idea—, responde su madre. Llega el momento de la paz. Una señora asiente mientras gira la cabeza y va repartiendo paz —se entiende— a las personas que tiene a su alrededor.—Yo esto de la paz lo hubiera quitado cuando el coronavirus—, comenta una señora.La gente se mueve hacia unos paraguas blancos bajo los cuales se da la comunión. —Menudo lío todo esto, ¿quién lo organizará?—, se pregunta una señora. —Ni idea, pero seguro que está rezando para que se vaya ya el Papa—, le responde su marido, que va de traje. Tras la comunión, la cosa se desordena un poco. Vuelven los “schssss”. Son las 11.37 y una ambulancia recorre la calle Serrano. —Nunca había visto tanta gente en una manifestación—, comenta un chico.—Bueno, es que no es una manifestación—, le contestan.—Claro, igual es por eso—, concluye él. A las 11.47, el Papa avisa de que se puede ir en paz. Las calles adyacentes vuelven a llenarse de gente.—Dice tu madre que por la tele se ha visto genial—, comenta un señor.—Ya, pero no es lo mismo que estar aquí—, contesta su mujer.Y enfilan la calle de Claudio Coello en dirección al Retiro.
Oído durante la misa del Papa en Cibeles: “Aquí solo hay gente guapa”
Un recorrido por las calles aledañas a la plaza madrileña, de la espera de León XIV a los comentarios sobre la celebración: “Nunca había visto tanta gente en una manifestación”










