Sin una sola montaña en kilómetros, el paisaje mezcla extensos campos recién arados de cereal y forraje con la “infraestructure”. Cada pocos cientos de metros, en medio de los cultivos y las enormes pacas de paja, hay torres petroleras, cigüeñales, pozos de inyección, sitios de producción, depósitos, compresores de gas, enormes llamas, albercas rebosantes de agua negruzca con olor a gas. La mayor parte de estas instalaciones nacieron de 2015 a la fecha, cuando la Administración de Barack Obama permitió que Estados Unidos vendiera crudo a países extranjeros. En la cuenca Pérmica, el nombre técnico de esta zona, una extensión de 194.000 kilómetros cuadrados, al oeste de Texas y sureste de Nuevo México, el fracturamiento hidráulico desató una fiebre del oro negro que ha dejado, junto con más dinero del que se puede contar, un rosario de problemas ambientales encabezados por la contaminación del aire y las aguas residuales. El corazón de esta industria está en la ciudad de Midland, que junto a su vecina Odessa son el centro neurálgico y financiero una de las regiones petroleras del mundo que más contamina: 410 toneladas de metano a la hora, equivalente a unos 100 millones de toneladas de CO2 al año, lo mismo que un país como Colombia entero. Unos pocos kilómetros al sur, hay una instalación donde intentan reciclar una parte de los enormes volúmenes de aguas tóxicas que deja la industria: por cada barril de petróleo que se extrae, se genera de tres a cinco barriles de aguas contaminadas. Con una producción de seis millones de barriles diarios en esta cuenca, son cada año al menos 270.000 albercas olímpicas llenas de agua contaminada. Esta instalación de reciclaje es difícil de describir. Parece una piscina hinchable, pero en esteroides. Circular, tiene 35 metros de diámetro por tres de alto y está tapada por un plástico negro, rodeada de camiones cisterna y tanques de miles de litros, con un sin fin de mangueras negras que entran y salen. La activista Sharon Wilson, que se autodefine como una “cazadora de metano”, apunta el arma con la que lleva décadas documentando las fallas ambientales de la industria: una cámara Flir, que graba imágenes de gas con ópticas que permiten detectar visualmente tanto el calor como los compuestos químicos que tienen absorción infrarroja. Básicamente, permite ver la contaminación invisible.