Hay algo paradójico en la propuesta que Javier Milei formula para la inteligencia artificial. Mientras las principales potencias del mundo consideran que la IA constituye una cuestión estratégica vinculada al poder nacional, la seguridad, la competitividad industrial y la soberanía tecnológica, el presidente argentino propone exactamente lo contrario: reducir la intervención estatal al mínimo posible y confiar en que el mercado resolverá por sí solo los desafíos de la nueva revolución tecnológica. Sin embargo, basta observar lo que está ocurriendo en Estados Unidos, China o la Unión Europea para advertir que la discusión contemporánea ya no gira en torno a cuánto Estado o cuánto mercado requiere la innovación. La pregunta central es otra: quién controla las infraestructuras tecnológicas que organizarán la economía, la información, la producción de conocimiento y, cada vez más, los procesos de decisión colectiva. La inteligencia artificial se ha convertido en una cuestión de poder. Poder económico, porque redefine la productividad y la competitividad. Poder político, porque influye sobre la circulación de información y la formación de preferencias. Poder geopolítico, porque determina la posición relativa de los Estados en la competencia internacional. Y también poder cultural, porque modifica la manera en que las sociedades producen conocimiento, construyen sentidos compartidos y se relacionan con la propia condición humana.