La transformación de los conciertos de masas ha sido incesante en las últimas décadas. En su significado cultural, en su apuesta por la experiencia, en el tipo de asistentes y, especialmente, en los precios. Los cambios en los distintos órdenes han ido de la mano, y todos guiados desde una concepción del espectáculo que buscaba una rentabilidad mayor. Pero, para llegar a ese objetivo, había que transformar la naturaleza de los conciertos. El primer concierto de los Rolling Stones en el Vicente Calderón dinamitó los precios de las actuaciones en directo en España. 2000 pesetas, 12 euros. Era el año 1982. Por comparar: la actuación de Ramones en Madrid dos años antes costó 350 pesetas, unos 2 euros. La actuación en Rock-Ola de Depeche Mode en 1982 costó poco más de 3 euros. El nuevo disco de un artista exitoso en formato vinilo, el más adquirido en la época, costaba entre 1.100 y 1.200 pesetas, un poco por encima o por debajo de los 7 euros. El concierto de los Rolling supuso un salto brutal, ya que triplicaba el precio de las entradas, pero también porque invirtió el orden que reinaba hasta entonces: lo perdurable costaba más que lo efímero. Los conciertos en estadios en aquella época en España eran infrecuentes y estaban reservados a grandes estrellas, como U2, que actuaron en 1987 en el Bernabéu por 9 euros. La actuación de Bruce Springsteen en el Calderón en 1988, con otro lleno, también supuso un salto cualitativo: 3.250 pesetas, un poco menos de 20 euros. Eran entradas de precio único, de modo que el que primero llegaba elegía sitio. También fue un concierto llamativo por los elevados precios del merchandising, bastante más elevados que los que se llevaban en la época. Diversión, experiencia, socialización Antes de convertirse en espacios segmentados, los conciertos de masas tuvieron que atravesar un recorrido que pasó por los festivales musicales. Su lógica inicial fue transformándose, y de una oferta de elementos identitarios se fueron transformando en lugares de experiencias. El cambio al entorno digital tuvo mucho que ver, ya que las creaciones musicales estaban disponibles mediante plataformas de intercambio, con lo que la industria discográfica comenzó a sufrir una crisis seria. Pero, al mismo tiempo, se liberaron recursos para sus aficionados, lo que llevó al incremento de los precios de la música en directo. La economía del contenedor que sostenía a los festivales terminó concretándose en la oferta principal del mundo cultural (ofertas de cantidad, como Spotify o las distintas plataformas audiovisuales). A la vez, transformó lo que implicaba un concierto. El festival era también un espacio lúdico, de diversión y socialización, de desconexión de la realidad cotidiana, y no solo un conjunto de actuaciones. Requería planificación, ya que había que asegurar el alojamiento, comprar las entradas con antelación y, a menudo, ahorrar para los diferentes gastos. Los padres entienden el elemento identitario que supone para sus vástagos asistir al espectáculo de moda. Por eso les pagan entradas caras Los conciertos en salas y estadios se vieron afectados: los primeros por una competencia obvia respecto de los artistas disponibles para actuar en recintos más pequeños, por los cachés elevados que pagaban los festivales; los segundos porque dejaban a pocos artistas disponibles para actuar en espacios grandes. Una vez que la oferta lúdica, de experiencia y distinción, se asoció a las actuaciones en directo de los festivales, era sencillo que se traspasara a los conciertos en estadios. Algunos artistas famosos habían logrado sus mayores éxitos años atrás, lo que favorecía la compra de entradas por parte de un público de mayor poder adquisitivo. Podían pagar más: tenían más edad y más recursos. Al mismo tiempo, los padres entendían bien el elemento identitario que suponía para sus vástagos asistir al espectáculo de un artista de moda, con lo que no tenían problemas para financiar entradas elevadas. Entradas agotadas que no son reales, reventa organizada, métodos informáticos para acaparar entradas: es un mundo cada vez más feo Esos cambios también favorecieron la segmentación, que era una forma de rentabilizar más aún las actuaciones. Se acabó la entrada única, los estadios se parcelaron, aparecieron las zonas VIP A partir de entonces, ha sido una carrera contrarreloj para generar más ingresos. Los precios de las barras se elevaron, también los del merchandising, y llegaron los precios dinámicos, que contribuyeron normalmente a encarecer el coste. La oferta de entradas para giras que se agotan a los pocos minutos es otra trampa, ya que contribuye a generar la sensación de que se trata de un acontecimiento exclusivo, lo que introduce la necesidad de adquirir las entradas cuanto antes, por lo que se está dispuesto a pagar un poco más para no quedarse sin ellas. No importa que ese sold out sea cierto o no, ya que a veces se anuncia como tal y no es real. Aparecieron las reventas organizadas, a veces con connivencias muy extrañas, la adquisición de tickets a través de bots, un mundo feo, en general. Que viaje el fan Conciertos como los de Bad Bunny en Madrid introducen un punto nuevo en esa lógica. Las diez fechas en el Metropolitano suponen una inversión del planteamiento: en lugar de que el artista viaje, con todo el coste que supone el desplazamiento, montar y desmontar escenarios, traslado de material, etc., se trata de que viaje el fan. Los asistentes a zonas vip son también mercancía que refuerzan el capital simbólico del artista. Bad Bunny los ha llevado a primer plano En segundo lugar, los conciertos de Benito Antonio Martínez Ocasio suponen un paso más en la mercantilización de la visibilidad. Las zonas VIP de los grandes espectáculos se han convertido en un elemento de marketing más. Eran zonas exclusivas que ahora son públicas: tal famoso o tal otro estuvo viendo a Rosalía, a Taylor Swift o a quien sea. Circulan vídeos y fotos de ellos y ellas, que refuerzan el capital simbólico del artista. Bad Bunny los ha llevado al primer plano con la casita. El siguiente paso es lo que podríamos denominar el festival con un único artista. Shakira realizará 12 actuaciones en Madrid, en septiembre y octubre de 2026, en un espacio construido al efecto, Macondo Park, que estará abierto antes y después de la actuación, en el que habrá exposiciones, talleres y conferencias, actividades familiares, moda, mercado y zonas de restauración latina. La segmentación es absoluta: hay entradas para cuatro gradas, para pista, para front stage y distintos grados de paquetes VIP con ventajas añadidas, al margen de la cercanía al escenario. También habrá opciones platinum grada o suplementos para los asientos al lado del pasillo en algunas gradas. Las zonas degradadas Los conciertos para masas, por tanto, son mucho más que un concierto. Lugares de experiencias, parques temáticos, espacios de identidad, pantallas de visibilidad, modas que deben conocerse. En consecuencia, atraen a públicos de distintas clases sociales y de zonas geográficas muy diferentes, desde el rico europeo hasta el fan de clase baja de la España interior. Son espectáculos muy caros, porque además de las entradas suponen desplazamientos, a menudo gastos de alojamiento, el consumo en el recinto. La segmentación del público, sin embargo, no es tan acentuada como podría parecer si se atendiera solo a los precios. En EEUU, la mitad de los asistentes a conciertos de la generación Z se había endeudado para pagar el alojamiento (30%), el transporte (24%), las entradas (21%) e incluso la ropa para el concierto (18%). Muchos de ellos (45%) también adquirieron una nueva tarjeta de crédito o débito para aprovechar las preventas exclusivas ofertadas. Tanto el buen momento económico de las familias con recursos, como la tendencia a vivir el momento de quienes ya no ven ninguna ventaja en el ahorro (con sus escasos excedentes no pueden aspirar a comprar una vivienda, ni siquiera un coche), son motores que animan los conciertos para masas. Sin embargo, este equilibrio es precario. La moda de los conciertos para masas está en lo más alto. Pero tiene el coste de la saturación: los fieles de la música cada vez están más cansados de shows mecanizados, con un sonido que dista mucho del que se escucharía en una buena sala y con asistentes que están más pendientes de tirar (más) fotos que del escenario. Los elevados precios también están expulsando a gente de los conciertos. Los festivales cada vez tienen menos prestigio. Se ha priorizado, en general, la experiencia sobre la música, y una vez que se abandona la base segura, cuesta mucho volver a ella. A pesar de todo, los conciertos para masas son muy exitosos. Pero dependen de las modas, y estas cambian rápido. La casita de Bad Bunny contiene una metáfora: al inicio de la residencia era el sitio VIP en el que quería estar todo el mundo. Ahora es percibido como un lugar degradado, para influencers de segunda fila y para gente que necesita desesperadamente ser vista. Los ricos, que también van a ver el show de moda, aprendieron la lección en la persona de Marta Ortega: huyen de la casita. A los conciertos para masas les puede pasar lo mismo: que la ruleta del aprecio social gire y la sociedad comience a verlos como un espacio sin distinción. Dado que ya han perdido a los amantes de la música, vivirán momentos complicados.