La buena noticiaLo decisivo no es solo cómo salir de la violencia, sino desde qué fundamento puede rehacerse la convivencia.
Estos días de Pascua han coincidido con una escena poco habitual: seres humanos viajando, otra vez, más allá de la órbita terrestre. Desde la misión Artemis 2, a bordo de la nave Orión, uno de los astronautas dejó un sencillo mensaje: “Mientras unos pocos viajan en una nave espacial, todos habitamos otra nave común, la Tierra”. Vista desde lejos, aparece como un oasis en medio de la inmensidad. Y añadió: “No somos distintos unos de otros; estamos en esto juntos”.
La imagen obliga a pensar. Si compartimos la misma casa, la convivencia no es opcional. No hay otro escenario disponible. No existe un lugar al que puedan trasladarse nuestras guerras ni nuestras cegueras colectivas. La mirada desde el espacio deja al descubierto un hecho elemental: la humanidad comparte un destino material, histórico y ético.
Ese dato, que parece evidente, contrasta con el estado real del mundo. La guerra vuelve a instalarse como lenguaje aceptable. La polarización desgasta el juicio. El desprecio por la vida ajena se reviste de razones estratégicas, culturales o incluso morales. Y, a fuerza de repetirse, la violencia termina por parecer














