Patricia Bullrich no quería ser senadora. Cuando el año pasado comenzaron a circular versiones sobre una posible candidatura suya para encabezar la lista libertaria al Senado por la Ciudad de Buenos Aires, la entonces ministra de Seguridad hizo saber que prefería otra cosa: seguir donde estaba. Después de todo, llevaba casi dos años al frente de una de las áreas más sensibles del Gobierno y había logrado convertirse en una de las funcionarias con mayor volumen político dentro de la administración de Javier Milei. Cambiar un ministerio por una banca no era necesariamente un ascenso.

La escena ayuda a entender mejor las tensiones que atraviesan hoy su relación con el oficialismo. La discusión por el pliego de Verónica Michelli, que la empujó a reivindicar públicamente la “objeción de conciencia”, y los posteriores gestos de tregua con Karina Milei reabrieron una pregunta que atraviesa toda su experiencia dentro del mileísmo: ¿hasta qué punto Patricia Bullrich es una dirigente libertaria y hasta qué punto sigue siendo una figura política con proyecto propio?

La historia comenzó incluso antes de que Milei llegara a la Casa Rosada. Tras el balotaje de noviembre de 2023, el entonces presidente electo avanzó personalmente para sumarla al futuro gabinete. Fue una negociación que se desarrolló en paralelo y, según reconstruyen quienes participaron de aquellas conversaciones, en buena medida a espaldas de Mauricio Macri, que todavía aparecía como el principal articulador de la alianza entre el PRO y La Libertad Avanza. Bullrich aceptó el Ministerio de Seguridad y se convirtió en una de las primeras figuras de peso incorporadas al nuevo gobierno.