Actualizado a las 23:16h.

«¡Jo-sé-An-to-nio-Mo-ran-te-de-la-Pue-bla!», coreaban cuando enterró la estocada al cuarto. Eran las nueve y veinte de la noche cuando volaban los pañuelos pidiendo las dos orejas que le abrían la Puerta del Príncipe, con un ... bajonazo en los sótanos a la Maestranza, sin lujo ni rigor. Hasta mis vecinos decían que había más seriedad en su pueblo, por donde aún no pasa el tranvía. Qué pena de plaza, aunque la felicidad del gentío ahí quedara. Abrazaba José Antonio dos ramas de romero en una vuelta al ruedo clamorosa, mientras los morantistas prendían los habanos más kilométricos y se desgañitaban las gargantas. Morante torea como sus discípulos sueñan, con un sitio y una pureza que aceleran los oles. Pero tal es el fervor que aquel berreo se desbocaba antes de que prendieran los muletazos, lo que no hace ningún favor a un torerazo como el de La Puebla del Río. Sin frenos, los tendidos contagiaron a la presidencia, que tan seria se había puesto por la mañana.

Plaza de Toros Real Maestranza de Sevilla

Morante de la Puebla

Juan Ortega