Vivimos una transformación tecnológica comparable en magnitud a la Revolución Industrial, pero con una velocidad de propagación sin precedentes. En apenas dos años, la inteligencia artificial (IA) generativa pasó de curiosidad técnica a herramienta capaz de superar a profesionales en análisis financiero, redacción legal, diagnóstico médico y programación. Sin embargo, en medio de este tsunami, observamos una calma inquietante en las instituciones que deberían ser los faros del conocimiento: las universidades.
Lo que presenciamos hoy en la educación superior no es una “adaptación lenta”, sino negligencia profesional sistemática. Al matricular a cientos de miles de estudiantes en programas cuyo valor económico se desploma en tiempo real, sin advertirles del riesgo existencial que corren sus futuras profesiones, las universidades están incurriendo en una falta ética de proporciones históricas. Están vendiendo un futuro que saben que ha dejado de existir.
La Conspiración del silencio
El decano David Marchick, de la Kogod School of Business, admite abiertamente que la IA crea un “riesgo real de desintermediación de la educación tradicional” y confiesa que “no hay una hoja de ruta”. Esta admisión es devastadora: las instituciones están improvisando con el tiempo y el dinero de los estudiantes.











